Cuentan que cada vez que Alec Guinness llegaba a su camerino, sacaba una avellana y la ponía a la vista. Decía que después de leer a Santa Elena de Norwick (1), le impresionó una de sus visiones en donde Dios le puso una avellana en la mano, y ella preguntó:
- – ¿Qué significa esto tan pequeño?
- Y Dios le respondió: – Es todo lo creado.
- – ¿Tan pequeño?… ¿Cómo se sostendrá?
- Y Dios le respondió: – Se sostendrá eternamente porque lo amo.
El principal argumento a la hora de negar la existencia de Dios, por parte de los ateos, es que éste es intangible… que nadie lo ha visto, ni tan siquiera aquellos que creen en Él. Y digo yo que por la misma regla de tres, podríamos negar la existencia del amor de pareja entre dos seres humanos; ese amor irracional, impetuoso y ardiente, que atrae a dos seres, como el fuego atrae a las polillas, y que provoca que éstos abandonen el – hasta ese momento – confortable orden cotidiano de sus vidas, despreciando convencionalismos y asumiendo peligros, en aras de poder estar con la persona amada.
El amor es un intangible; no se puede ver, ni tocar, ni oler, pero sin embargo sabemos que existe por sus irracionales efectos sobre los seres humanos. Y no estoy hablando de hambre atrasada de sexo, ni de soledades insatisfechas que buscan, en la compañía de otra persona, el remedio que palie el vacío que entristece sus vidas. No.
El amor parece ciego a la hora de bendecir, o maldecir, a los que toca. Así, atacará tanto al corazón solitario, como a aquel que no lo está; abrasará con su fuego, tanto al célibe forzado, como a todos aquellos para los que el desahogo sexual compartido lo tienen resuelto con creces. El amor es irracional. El amor, quien lo vive en sus carnes, no lo piensa sino que lo siente, y ahí está, con sus locuras, con su rebeldía hacia todo lo políticamente correcto; ahí está, deliciosamente insensato, absurdo y disparatado. El amor no lo podemos ver, pero sí sus maravillosos y devastadores efectos en aquellos que lo sufren y gozan.
A Dios no podemos verlo pero si sentirlo en nuestro interior y percibir sus efectos; el Amor Divino cuando te inunda, te cambia desde dentro… nada que ver con el amor profano; el Amor Divino te hace mejor persona hasta el punto de llegar a amar a tus enemigos. Estalla en tu interior inundandote de una calidad paz que ahoga todos los miedos y disipa todas las dudas, y no porque nos dé respuestas – que no las da – sino porque sentimos que ya no necesitamos de ellas, al carecer ya éstas de importancia.
La historia está plagada de grandes pensadores a los que la lógica y la razón les llevaron hasta el ateísmo militante, pero que en un momento determinado de sus vidas sintieron el amor de Dios en su interior. Su conversión no fue fruto del pensamiento o la razón, sino del sentimiento más profundo. Aunque también existen casos como el del filósofo inglés Antony Flew (*), uno de los ateos más famosos de la Era Contemporánea, que llegó a la conversión no por la vía de la Revelación, sino por el camino de la razón.
¿Significa esto que Dios se muestra caprichosamente a aquellos que lo niegan? ¡No! Dios se muestra a aquellos que lo buscan honradamente, tanto para afirmarlo como para negarlo; conozco a demasiados ateos honestos que dedican más tiempo a buscar inconscientemente a Dios que muchos orgullosos creyentes de carné que con su materialista testimonio diario lo único que hacen destrozar la fe de los espiritualmente más volubles.
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(1) Santa Elena de Norwick, en mayo de 1373, probablemente el 13 de aquel mes, fue afectada de repente por una enfermedad gravísima que en tres días pareció llevarla a la muerte. Después de que el sacerdote, que acudió a su cabecera, le mostró el Crucifijo, Juliana no sólo recuperó en seguida la salud, sino que recibió dieciséis revelaciones que después consignó por escrito y comentó en su libro, las Revelaciones del Amor Divino. Y fue el propio Señor quien, quince años después de estos acontecimientos extraordinarios, le reveló el sentido de esas visiones. “¿Quieres saber lo que pretendía tu Señor y conocer el sentido de esta revelación? Sábelo bien: amor es lo que Él pretendió. ¿Quién te lo revela? El amor. ¿Por qué te lo revela? Por amor… Así aprenderás que nuestro Señor significa amor” (Juliana de Norwich, Il libro delle rivelazioni, cap. 86, Milán 1997, p. 320).