Cartas desde el Purgatorio, por Antonio Gil-Terrón Puchades
Lo que voy a publicar hoy va dedicado a todos aquellos que ahora están transitando por la noche oscura del alma: «Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?» [“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Marcos 15:34]. (Obviamente me refiero a todos aquellos que tienen alma, no a los desalmados.)
Cuando más solos y desvalidos nos encontremos, será el momento en que sin saberlo, más cerca estamos de encontrarnos con Dios, en la oscura noche del alma… La noche oscura del alma, esa que no se busca, sino que te cae encima de repente y te aplasta con el dolor que más duele; aquel que hiere, una y otra vez, pero no mata.
LA NOCHE OSCURA DEL ALMA:
Primero llega la oscuridad de los sentidos, en la que ya te son indiferentes todas aquellas sensaciones que hasta ese momento te agradaban y motivaban. Es la negación de los sentidos.
Luego llega la noche de la mente, en la que muere la curiosidad y el deseo por saber. Ya nada importa. Es la mente en blanco.
Finalmente sobreviene la noche de la voluntad, en la que se apagan como una vela marchita todos tus proyectos de futuro; el querer ser. Es el reencuentro con el alma desnuda.
Es en ese momento cuando estás más cerca de Dios, de lo que jamás has estado. El nacimiento del nuevo hombre [varón/hembra].
Se pasa muy mal en esa larga noche, que puede durar meses o años, pero vale la pena, porque a partir de ahí ya no volverás a ser el mismo que eras, al desplomarse como un castillo de naipes todo lo que hasta ese momento era importante para ti.
NOTA: Para este parto no existe epidural que valga, pero claro, siempre se puede aplazar y empeorar ese Getsemaní del alma, mediante la injerencia de alcohol o drogas. Pero al final el cáliz hay que beberlo, sí o sí.