No me considero una persona temeraria, posiblemente porque no lo soy.
Sin embargo, sí que es cierto que siempre he tenido un cierto gusto por las emociones fuertes; afición esta que me ha llevado desde niño a buscar los límites de la emoción, pisando con descaro, todas las líneas rojas.
Al final llega un momento en que alcanzas esa frontera virtual que marca dónde acaba la sensatez y comienza la locura; y es entonces cuando, al darte cuenta que no hay ninguna barrera física que te bloquee el paso, te decides a cruzar a ver qué pasa. Y entonces pasa.
Y cuando lo que tenía que pasar, pasa, y las piernas dejan de temblarte, te das cuenta que eres mucho más audaz de lo que creías, pero también muchísimo más idiota de lo que sospechabas.
Y es que tan solo una delgada línea roja es lo que separa el final de la emoción, del principio del espanto.
Lo que marca el final del sueño, del principio de la pesadilla.