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'Pesadilla en la cocina' reflota 'El Gran Café' en Coslada

A Chicote le cuesta sangre, sudor…y lágrimas sacar adelante el ‘Gran Café’

Guerra de cuñadas, muchos lloros y la cocina más pequeña de la historia del programa

Sergio Espí 01 Abr 2014 - 16:05 CET
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Dueños pasotas y/o gritones, trabajadores pasotas y/gritones, una deuda enorme, asquerosidades varias, momento de catarsis, reconciliación forzosa, reforma gratis, reapertura medio tensa, final feliz y un Chicote que, simplemente, grita. Este es la previsible e inamovible estructura de todos y cada unos de los capítulos de ‘Pesadilla en la cocina’. El que vimos el 31 de marzo de 2014 en laSexta no fue distinto. ¿Se está agotando la fórmula Chicote? Según la audiencia, no porque el episodio se hizo con un buen 11,8% pero eso sí, el espectáculo no fue bueno. Eso sí, por primera vez, el chef más famoso de la tele rompió a llorar. ¿Por qué?

Alberto Chicote: “No solamente os queréis, es que encima os necesitáis”

¿Qué debe de tener un capítulo de ‘Pesadilla en la cocina’ para que sea bueno? Entendemos que el formato es así y que acepta pocas variaciones. Además, doy fe de que el equipo se mata a trabajar y que los tiempos están muy controlados, por lo que no todo se puede hacer como debiera. Vale. El problema es que llega un momento que ver un episodio es como tener un dejá vù. Es como un eterno día de la mamota en el que todo se repite una y otra vez.

Eso sí, de vez en cuando, Chicote y compañía nos devuelven la confianza en el formato con capítulos redondos y sorprendentes. Palabra clave: sorprendente. Y ¿cómo sorprender con una escaleta inamovible? Muy simple, buscar conflictos novedosos y encontrar un tema. No me vale con un casting de personajes histriónicos. No.

Pongamos como ejemplo el último capítulo emitido en laSexta, el dedicado a un local de nombre ‘El Gran café’. ¿Cuál era el tema? Arañando mucho, podríamos decir que la incomunicación. ¿Es suficiente? ¿No es esa la madre de todos los problemas?

Repasemos los hechos: Ubicado en un barrio residencial y tranquilo de la localidad madrileña de Coslada, el «Gran Café» abrió hace más de 10 años gracias al espíritu emprendedor de Juanjo, un empresario que posee también otro restaurante en la misma población, ‘La Dolce Vita’. Sin embargo, mientras éste es todo un éxito y va viento en popa, el ‘Gran Café’ era sólo una fuente de pérdidas y de problemas. ¿Por qué? Hace unos años, el buen funcionamiento del ‘Gran Café’ le permitió al empresario dejarlo en manos de su mujer y su hermana para abrir así una nueva aventura gastronómica. Confió en ellas la dirección del que siempre había sido un lugar de éxito, pero un pequeño detalle entre las cuñadas al que apenas dan importancia pero que resulta gravísimo está hundiendo el negocio: no se dirigen la palabra. De hecho, como cada una tiene turnos distintos, se comunican mediante un cuaderno. Y mientras, el dueño, todo capataz él, no pasa por allí ni por equivocación del GPS.

Alberto Chicote: “¿Le ponemos una solución o le pegamos fuego?”

 

Hay que decir que lo más novedoso del capítulo es que por primera vez en la historia…. ¡atención!… ¡a Chicote le gustó la comida! Bueno, sólo las croquetas y encima no las había hecho el cocinero, sino una de las camareras.

El caso es que la que más sufría allí era la mujer del dueño mientras que la cuñada era como una estatua de sal. Daba hasta miedo (y encima tenía un aire a María José Campanario. Inquietante, inquietante).

Chicote: “Gracias a que he comido hace tres horas, sino estoy con la cabeza metida en la pila”

 

Otro problema es que el concepto del local era confuso. Parecía una cafetería, entrabas y era un bar de copas, pero con pretensiones de restaurante. El caso es que el dueño, por fin llegó, puso algo de orden en una primera comanda, pero la cosa no terminó de cuajar (principalmente porque Teresa, la esposa, se puso a dar gritos).

La solución de Chicote fue curiosa. Se llevó a Teresa a hablar a solas mientras que la cuñada escuchaba la conversación desde otra sala y luego repitió la jugada al revés. . Todo muy ‘Confianza ciega’. Ellas aceptaron las críticas de la otras, hablaron, lloraron y, ¡milagro! Chicote también echó alguna que otra lágrima.

El final, el de siempre: reforma, tensión y final feliz.

 

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