Este libro contenía 11 acertijos casi imposibles de descifrar, que prometían guiar a los aventureros hacia un tesoro oculto en algún rincón de Francia.
La recompensa: una pequeña lechuza de oro, una joya tallada en metales preciosos y con un valor incalculable.
Por años, decenas de miles de chouetteurs —como se autodenominaban los buscadores de la lechuza— intentaron resolver las intrincadas pistas, explorando colinas, bosques y campos.
Sin embargo, la resolución final de este enigma se materializó esta semana cuando un buscador afortunado desenterró una réplica de bronce de la lechuza dorada, sellando el fin de una de las aventuras más largas de la historia.
Las primeras señales de éxito llegaron a las 6:11 a.m. del jueves, cuando en la página oficial del juego apareció un mensaje que anunciaba que se estaba verificando una solución potencial. Horas más tarde, un segundo mensaje confirmaba la noticia:
“No sigan excavando. Confirmamos que la réplica de la lechuza de oro fue desenterrada en el transcurso de la noche de ayer, y que simultáneamente se presentó una solución”.
El anuncio, publicado por Michel Becker, el ilustrador y escultor original de la pequeña estatuilla, sacudió a la comunidad de aventureros.
Resolver el misterio no fue tarea fácil. Los acertijos que guiaban a los participantes incluían enigmas enrevesados como:
“No hay peor ciego que el que no quiere ver 1 = 530, 3 = 470…”, o “Apertura. Mi primera, primera mitad de la mitad de la primera edad, precede a mi segunda y tercera, buscando su camino…”.
Cada pista escondía claves para llegar al lugar exacto donde la réplica estaba enterrada, pero no todos lograban seguir el rastro.
El creador del juego, Max Valentin, cuyo verdadero nombre era Régis Hauser, fue el cerebro detrás de estos acertijos.
Tras su muerte en 2009, Michel Becker tomó el relevo y, aunque en un principio no conocía la ubicación exacta del tesoro, tuvo acceso a la solución que Valentin había dejado en un sobre sellado. Becker viajó al lugar para asegurarse de que la lechuza seguía en su sitio, y en los últimos años, compartió nuevas pistas que avivaron la búsqueda, atrayendo a una nueva generación de cazadores de tesoros.
Las reglas del juego eran claras: quien encontrara la réplica tendría derecho a reclamar la lechuza original, una joya de oro, plata y piedras preciosas valorada en cerca de 165,000 dólares según un documental de Canal+. Pero la tarea no era solo desenterrar la estatuilla; el ganador debía demostrar que había resuelto los acertijos y no que se había valido de herramientas como detectores de metales.
El anuncio del hallazgo despertó tanto alegría como escepticismo. “No pensé que viviría para ver este día”, comentaba un aventurero en el foro oficial del juego.
Otro añadía:
“Curiosamente, me siento aliviado. Ahora estoy desesperado por conocer las soluciones para ver si iba por el buen camino”. Sin embargo, algunos participantes dudaron, sugiriendo que quizás se había utilizado un detector de metales para encontrar el tesoro.
En medio de esta hazaña, la historia de la lechuza dorada también estuvo marcada por una saga legal tras la muerte de Valentin.
Las disputas sobre la herencia del juego y su continuidad causaron incertidumbre entre los buscadores.
Eventualmente, Becker asumió el papel de guardián del misterio, y tras la resolución de los problemas legales, se convirtió en el guía final de esta épica búsqueda.
El enigma de la lechuza de oro ha llegado a su fin, pero aún quedan muchas preguntas sin responder.
La identidad del buscador afortunado y el lugar exacto del hallazgo permanecen en secreto, dejando a los chouetteurs ansiosos por conocer todos los detalles de esta legendaria aventura.