EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXLV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
¿“Menudo tocho”? Pues, discrepamos. Ahora bien, como considero que es algo normal que abundemos en nuestras opiniones, no tomaré como algo anormal que nuestros pareceres difieran. Si, en verdad, se da o existe el eterno retorno, es lógico que unas veces volvamos a coincidir y otras a disentir. La sátira apenas ocupa dos folios largos. Ergo, tiene poco que ver con una montaña de apuntes. Puede que sea, de entre los últimos doscientos textos que he trenzado, al que he dedicado más tiempo y espacio. Me ha costado sobremanera domesticarlo, que, como sabes, si has leído el capítulo XXI de “El Principito”, significa “crear lazos”, tener “necesidad uno del otro”.
Como, que yo recuerde, al menos, no hemos hablado a propósito de mis intenciones sobre la presente urdidura, ni he escrito sobre el particular, salvo la escueta referencia a su brevedad (que no faltará a quien le parezca, decía en ella —acaso sea esta, ahora caigo, una de tus coñas—, larga), que hice aquí en una de mis apostillas, tengo para mí que concordamos en el inicio de la frase, la “mucha enjundia”, pero discordamos en el resto: “para la pretensión de un pedazo de regocijo y esparcimiento”, que no miento, porque es mera cosecha o pura creación tuya. O la has soñado o la has imaginado. O la has intuido o la has sospechado. Pero, sobre el particular, yo no te he hecho nunca dicha confidencia.
RIP (Descanse en paz) doña Cayetana, quien se puso el mundo por montera y, pudiendo serlo, fue libre y hasta libérrima.
Que Isabel Pantoja sobrelleve de la mejor manera posible la doble y aun enésima pena.
Gracias, muchas gracias. Quien hace todo lo que puede (me consta que, en esta ocasión, ha sido tu caso) no está obligado a más. Así que itero el arranque de este parágrafo: gracias, muchas gracias.
En la décima, entre la evolución (“mudanza de conducta, de propósito, de actitud”) y la revolución (“alboroto, sedición”), que muchos ven como la solución más fácil y factible para cambiar el estado de cosas que padecemos, me decanto por la primera. Es también un sacrificio, pero incruento.
Cierto. No marras. No sé de nadie que conozca en profundidad, quiero decir, que haya tratado durante un prudencial tiempo, que no haya incurrido en el yerro de la hipocresía, que es el vicio que cabe identificar en el uso de la doble (o enésima) vara de medir que aduces. Ni siquiera el menda se libra de la reprensión que precede. Desde que tomé conciencia del hecho, procuro (me esfuerzo en) no merecer otra vez la reprimenda anterior.
En mi poema aconsejo al lector (sea ella o él) del mismo (y me recomiendo) esto: aspirar siempre a ser honesto, porque tengo constancia de que no siempre se corona dicha cumbre. De la obligación de ser honestos solo reflexionan las/os decentes. Las/os indecentes están a otros menesteres, tienen otras prioridades.
Haces bien en traer a colación a don José Ortega y Gasset, pero hay que rememorar la frase completa: “Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Hay quienes deciden condenarse antes de serlo por un juez. ¿Qué debemos hacer con las/os tales? Recordar una y mil veces qué les puede ocurrir si les pillan in fraganti o en un juicio con garantías se demuestran sus delitos.
En el cíber-café “Praga”, desde donde te contesto, a partir del sábado pasado, los susodichos días habrá actuaciones. Ergo, no podré contestar tus comentarios, si los hay, hasta los domingos. Que conste.
Te saluda, aprecia, agradece (hoy la razón es más que evidente) y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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