¡QUÉ COMPAÑEROS TUVE EN NAVARRETE!
Los colegas que tuve en Navarrete viajan conmigo con sus rostros de entonces, a pesar de que, posteriormente, a varios de ellos les vi las caras que portaban en cada ocasión, ya fuera en la localidad riojana mencionada, ya en Cornago, ya en Soria, donde quedamos para juntarnos, saludarnos, compartir caldos y viandas y departir de nuevo de lo divino y de lo humano; y, asimismo, no obstante, de manera regular, cada sábado, a eso de las diecinueve horas y cuarenta y cinco minutos, aproximadamente, vuelvo a verle la faz que gasta, últimamente, sin tener que portar la obligatoria mascarilla, a Pío Fraguas, que, haciendo honor a su nombre de pila, se muestra piadoso en todo momento y lugar conmigo (o a mí así me lo parece), o sea, siempre es bienhadado, bien hallado y/o bienvenido por servidor, como el apodíctico y auténtico amigo que es.
Lamentablemente, más de uno ya no puede procrastinar, esto es, dejar para mañana lo que cabe hacer hoy, porque ya no puede aducir ahora lo que sí pudo otrora y resultaba fácil y hasta era usual pronunciar, enunciar o formular: mañana haré la traducción de latín; o mañana leeré las veinte páginas que me faltan para rematar “El principito”. Sin embargo, a todos ellos, vivos y muertos, sin excepción, acarreo sobre mis hombros, como hacía el titán Atlas, a quien Zeus condenó a cargar la bóveda celeste sobre la primera vértebra cervical de su raquis, llamada así anatómicamente en su nombre, atlas, según la imagen mitológica que hemos visto representada ene veces, de diverso jaez o modo.
Viajan conmigo, como he apuntado (sin disparar) arriba, a mi vera, sobre todo, cuando duermo y sueño, pues, en el ámbito onírico, vivo, revivo y varío o combino anécdotas ciertas, hechos fehacientemente sucedidos, con otras/os probables, posibles y aun imposibles. Me citan a horas normales o intempestivas y proponen un abanico de planes o proyectos que van desde el más heroico y solidario hasta el más descabellado, por fraudulento (en realidad, “fraudurrápido”).
Cuando la realidad me muestra su faceta más esquiva, la menos favorable, a la laguna de la nostalgia, que ocupa, mientras me hallo en los brazos de Morfeo, el lugar que ocupó otrora la extinta chopera, le suele caer un chaparrón inopinado y rápido, abundante en lágrimas, y este depósito natural de agua se acrecienta y propicia, al ensancharse, que se imponga el pasado, el eterno retorno al edén, donde la felicidad se apoderó del entorno, se encastilló y se hizo fuerte, bastión, baluarte inexpugnable.
Así que esta tarde otoñal levanto mi copa de vino y brindo por mis compañeros de aula y por quienes lo fueron de cursos superiores e inferiores (cuando yo estudiaba Sexto de EGB, tenía colegas de dos cursos superiores; cuando yo estaba en Octavo, tenía compañeros de dos inferiores), con quienes jugué un sinfín de partidos de fútbol, sobre todo, pero también de balonmano; con quienes me divertí un montón jugando a pelota a pala en el frontón; con quienes me bañé en la piscina; con quienes fui de acampada al León Dormido y a la Sierra de Codés; con quienes fui y vine andando de Sotés, Clavijo, Nájera, etc.; con quienes entrené y corrí los domingos pruebas de cross o a campo traviesa (o través); con quienes actué en varias obras de teatro (por ejemplo, recuerdo que representamos el sainete “La bolsa o la vida”, de Joaquín Castro Les, amén de durante una festividad de San José, en un par de ocasiones más); con quienes ayudé a conformar hogueras; con quienes eché partidas sin cuento de ajedrez, damas, parchís, pimpón, futbolín,…; con quienes conviví (desayuné, comí, merendé, cené, barrí, fregué, limpié el polvo, recé, dormí, estudié,…) y disfruté de más ratos de dicha que de tristeza (aunque los instantes de pena no faltaron, fueron tan copiosos los momentos de felicidad plena, que los de pesadumbre han devenido inapreciables, insignificantes, y su conjunto parece vacío).
Asimismo, levanto mi copa por quienes contribuyeron con su granito de arena a desasnarme (me refiero aquí a mis propios colegas, compañeros de aula o émulos, pues doy por supuesto que lograron tal fin los excelentes maestros que allí nos aleccionaron).
En Navarrete coincidí con quienes llegué a aprender mil y una cosas bellas; así que para mí sean estrellas no extraña a quien ve canas en sus sienes.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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