Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

¿Existo, porque un ósculo me lanzo?

Ángel Sáez García 15 Feb 2022 - 14:00 CET
Archivado en:

¿EXISTO, PORQUE UN ÓSCULO ME LANZO?

¿PUEDE QUE SEAN DOS Y DOS LOS GUIÑOS?

Está claro, cristalino, que pensar es una actividad más compleja que sentir, sea por cualesquiera de los clásicos o proverbiales cinco (vista, oído, olfato, gusto y tacto), o por el excepcional e intuitivo, el sexto. Puede que me engañe, sin pretender hacer tal cosa, por supuesto, pero he advertido, por ejemplo, que verme reflejado en las pupilas azules de los ojos de mi amada o, en su defecto, hacerme visajes ante un espejo, son razones de peso suficientes para aducir que existo.

Los días de la semana que escribo por la mañana en casa (con la inestimable ayuda de un bolígrafo BIC azul sobre las medias cuartillas blanquiverdes que me trae mi hermano, “el Chato”; las próximas, ¿qué?, ¿las espero verdigualdas?) y bajo por la tarde a pasar lo trenzado a ordenador en uno de los de uso público que hay en la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, sita en la tudelana calle Herrerías, donde termino de forjar mis textos en prosa o verso y, asimismo, donde Pilar y Luis me tratan, como al resto de los usuarios que acuden al recinto susodicho por este, ese o aquel menester, ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos, de manera amable y exquisita, suelo acudir a “Bajo Cero” a por el pan a eso de las diez de la mañana. A dicha hora, los martes, indefectiblemente, acostumbro a ver cómo un joven, que viste mono de trabajo y exhibe ufano la multicolor cresta que corona su testa, se afana en limpiar y dejar impolutas las amplias cristaleras de la Farmacia “Pascual”, donde adquiero los medicamentos del mes y un día a la semana, casi siempre los miércoles, me toma la tensión una de sus solícitas trabajadoras, “Txaro”, Raquel o Sonia, o la dueña, “Mertxe”.

Le estoy muy agradecido a la titular de la citada botica por lo expresado en el párrafo precedente, pero, sobre todo, por lo que insisto en destacar, por invertir parte de su guita en tener y mantener impecables los cristales de su negocio, porque siento que debo reconocer, sin ambages, lo obvio, y aprestarme a hacerlo sin demora, ya que me gusta ver reflejado mi rostro en el espejo, de medio cuerpo, que se halla colocado en un lateral del local y allí, frente a él, suelo detenerme a comprobar o constatar que existo, o sea, a identificarme, al lanzarme, no sin haberme asegurado antes de que no son muchos los testigos presenciales del hecho, uno o dos besos, según lo espléndido o generoso que ese día esté este menda o se sienta, y hace, antes o después, uno o dos guiños, jeribeques o muecas.

Así que cabe aseverar que, si René Descartes llegó a probar su existencia, tras darse cuenta de que el acto de pensar (en su “Discurso del método”, 1637, dejó escritas en letras de molde las líneas que decidí aprenderme de memoria en COU, por considerarlas imprescindibles para sacar buena nota en la asignatura de Filosofía, y aún las recuerdo con pasmosa fidelidad: “Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esta suerte, que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad ‘pienso, luego existo’, era tan firme y segura que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos eran capaces de refutarla, juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando”) era la incontrovertible razón de peso que nadie podía batir ni abatir, el abajo firmante de estos renglones torcidos reparó en que el argumento irrebatible de su existencia estribaba o radicaba en que me caigo bien y eso lo viene a demostrar el espejo mencionado de la farmacia que regenta Mertxe, donde yo, los martes, sobre todo, por la tarde, a mi regreso de la biblioteca, a eso de las dieciocho horas, suelo acudir al lateral mentado y ver reflejado en él cómo me lanzo uno o dos ósculos, precedidos o seguidos de uno o dos guiños, jeribeques o muecas, o a guipar dentro a mi yo de fuera, el que se halla pisando en esos momentos la acera de los pares de la avenida Santa Ana.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by