RELIGIOSOS CAMILOS, ¡MUCHAS GRACIAS!
Durante mi más que mediada vida (habrá quien piense que me hallo al final de mi otoño; no faltarán quienes opinen que ya he estrenado o llevo bueno mi invierno), me he topado con congéneres o semejantes de todo jaez. Entre las personas (ellas y ellos) que habían estudiado con monjas (ellas) y con curas (ellos), grosso modo, abundaban las que hablaban mal (había incluso quienes largaban pestes, y no les faltaban razones de peso para pensar así, si lo que me contaron acaeció tal cual, de verdad) de los educadores (hembras y varones) que les tocó en suerte. Yo, indefectiblemente, tras ser bendecido, sin duda, por la diosa Fortuna, siempre hablé, hablo y hablaré bien y aun óptimamente de los religiosos Camilos, que fueron mis formadores, quienes me desasnaron y se dedicaron a despertar o espabilar mis dones, dotes o talentos que, hasta entonces, hasta que estuve entre ellos en Navarrete (La Rioja), habían permanecido adormecidos, aletargados. Independientemente de cuál sea mi actual ideario, de cuáles sean los pensamientos que defienda o sostenga ahora servidor, que poco deben importar a los demás (a mí, al menos, escaso aprecio es el que me merecen, pues asumo que puedo estar equivocado; asimismo, me consta que la verdad tiene carácter provisional, o sea, es interina, como eso mismo suele predicarse de los diversos paraísos; quien tuvo la dicha de gozarlos, como sabe de qué hablo, seguramente, abundará o coincidirá con mi criterio o parecer; por eso sigo conjeturando que tengo que escribir una novela sobre los tres años, de Sexto a Octavo de EGB, que disfruté a tope allí, en el edén del seminario menor que los religiosos Camilos regentaron, durante muchos años, en la citada localidad riojana, mi cielo en el planeta Tierra, hoy hotel “San Camilo”), un bledo, nada, siento que soy un bien nacido cuando me muestro cabal, justo, esto es, e(vi)ternamente agradecido con los tales.
Ergo, a todos los profesores, sin excepción, que me instruyeron en Navarrete; a quien me recomendó que me aprendiera de memoria el avemaría en latín (Daniel Puerto) y en francés (Salvador Pellicer), que rezaba, de buena gana, en voz alta, junto al resto de mis compañeros, al inicio de cada clase de tal; a quien promovió que hiciera tres cuartos de lo propio con aquellas retahílas de primeras sílabas de palabras (tri-, tur-, nu-, su-, cu-, ca-, ga-, ver-, si-,…; di-, jo-, le-, en-, cla-, se-, con- mo-, fa-,…, junto con las excepciones; de un tiempo a esta parte, juzgo que si este menda, el abajo firmante de estos renglones torcidos, fuera director de cine, iniciaría la película, basada en la novela que aún no he redactado, mediante un trávelin: elevaría la cámara, desde el suelo de la entrada principal del edificio, repleto de hojas secas, que no deja de mover el viento, hasta una de las ventanas de una de las aulas del primer piso, donde, en lugar de las clásicas, esperadas y ordinarias tablas de multiplicar, los alumnos canturreaban o recitaban aquellas letanías o rosarios de primeras sílabas de palabras de aquellas presuntas reglas de ortografía, sui géneris, que se había sacado de su creativo caletre, chistera o manga ese religioso y/o mago que fue Pedro María Piérola García; poco importa que estas nunca fueran tomadas en consideración por los filólogos de la RAE y, por ende, aún menos que fueran aceptadas por los académicos de tan digna casa), Jesús Arteaga Romero, debo darles y les doy hoy las mismas que les di ayer: ¡gracias!, ¡muchas gracias!
Ha pasado casi medio siglo, 47 años cabales, de cuanto acabo de contar aquí. Me doy cuenta de que he olvidado un montón de cosas, pero constato con asombro que recuerdo aquello que aprendí con doce años de ellos con una fidelidad y una nitidez pasmosas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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