PAREJA DE DIOS FUE SIEMPRE EL MISTERIO
Desde que tomé conciencia de cuanto con certeza ocurría a mi alrededor hasta ayer, vengo constatando, un día sí y otro también, lo obvio y, al mismo tiempo, irrefutable, que el ser humano, bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él, espoleado por la necesidad (madre y maestra del ingenio), puede convertirse, sin haber tenido que acudir, traspasar ni pisar las aulas de la facultad de una universidad (¡menuda es la vida!) en catedrático/a de esta disciplina, esa especialidad o aquella materia, y hasta en rector/a.
A algunos artículos de opinión recién publicados les acaece o pasa tres cuartos de lo propio que a los bebés (hembras y varones), que, si los hueles, adviertes ese aroma dulzón, característico de los tales, que la sabia naturaleza les confiere, gratis et amore, a fin de que sobrevivan, pues resulta embriagador a las membranas pituitarias de los adultos.
En la interviú que le hizo Noelia Ramírez a la filósofa y profesora Marina Garcés, que vio la luz en la página 5 del número 381 del suplemento ideas de EL PAÍS, correspondiente al domingo 28 de agosto de 2022, la ensayista y pensadora barcelonesa asevera que “vivimos una inflación del yo alimentada por el hecho de no saber cómo pensar el mundo. El yo es el único mundo posible en una sociedad incierta que imposibilita los lugares comunes”.
Desde el mentado domingo 28, he seguido coronando o culminando los dos menesteres o tareas que más satisfacciones me reportan, que son leer y escribir. Intentando averiguar por dónde pasa la recóndita senda por la que suelen andar peripatéticamente, pariendo ideas, los pocos sabios que en el mundo han sido, el pasado sábado 3 de septiembre de 2022, obrando entre los dedos de mis manos un ejemplar del diario EL PAÍS de dicho día, volví a reparar en lo imbatible e irrebatible y, por ende, concluí que los buenos textos son aquellos que conversan (y conservan hilos o líneas de diálogo) abierta e interminablemente con otros buenos textos (siempre que sus autores, ellas o ellos, no se hubieran confabulado previamente para tal fin, claro), enriqueciéndose mutuamente, y especulan, de manera especular, como sendos espejos.
Recomiendo encarecidamente al atento y desocupado lector de estos renglones torcidos que lea, en la página 10, el artículo titulado “Destejer el arcoíris”, que firma su hacedora, Ana Iris Simón, de cabo a rabo, pero que se detenga en estas líneas: “(…) la realidad es que fe y razón han ido de la mano a lo largo de toda la historia, de los antiguos como Pitágoras a los modernos como Newton, por mucho que lo acusaran de asesino de misterios”. Y que no se olvide de la frase que corona la pieza: “O que tras esos siete colores intuyamos, incluso, la mano juguetona de Dios”. Le aconsejo, asimismo, que haga lo mismo, en la página 11, con el artículo que rubrica Carla Mascia, rotulado “La lección de Jim Carrey”, sobre todo, cuanto afirma en su parte central: “El exhibicionismo en internet ha destruido uno de los elementos más sagrados y consustanciales del estrellato hollywoodiense: el misterio. Como recalcaba en 2019 un artículo de la revista Slate, la exposición sin límites de la intimidad y la proximidad ―real o fingida― con los fans ha ido diluyendo esa dosis de secreto y de distancia que confería a los mejores intérpretes una dimensión casi divina”.
¿No le parece que Marina Garcés, Ana Iris Simón y Carla Mascia abundan en la misma idea en ese (más que evidente) coloquio que mantienen, del que las tres salen enriquecidas?
¡Cuánto aprendemos los varones que acostumbramos a escuchar y leer con suma atención a las féminas! Este menda, verbigracia, el viernes 2 estuvo hablando, desde las nueve de la noche hasta las once y media, mientras tomaba la fresca, con Ángeles (como le suelo dar las gracias de viva voz, pero se las he dado escasas veces por escrito, ahí van, negro sobre blanco, mis ¡muchas gracias!, por cederme, de ordinario, un asiento, a la vera de su casa). ¡Qué bien discurre (sin haber tenido que pasar ni pisar una sola aula de la facultad de una universidad) o diserta Ángeles! ¡Cómo habla! Como (acaso tenga horror vacui, horror al vacío) deja pocos huecos al silencio, es lógico y normal que, de vez en cuando o de cuando en vez, se equivoque. Ojalá servidor marrara, al narrar, tan sabiamente como acostumbra a hacerlo ella.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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