SIETE AÑOS DE LA VIDA DE “EL SANTITO”
TESELA INAUGURAL DE ESE MOSAICO
Reconozco que solo puedo biografiar, de manera histórica, sí, pero escueta, por el montón de lagunas u olvidos que acarreo, ese septenio de la existencia del sujeto en cuestión, de “el Santito”, no todos los itinerarios de su vida y milagros. Me consta que determinados hechos (incluyo, por supuesto, entre los tales, los dejados de hacer, sus abstenciones u omisiones) que protagonizó este personaje real, el sujeto de marras (del que no aparecerá aquí su filiación, tan solo su alias), a más de un atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) de estos renglones torcidos le parecerán inverosímiles, pero son, como puedo y debo certificar que son, se lo aseguro, apodícticos.
El primer recuerdo resaltante que tengo de él corresponde al primer domingo que compartimos otrora allí (en el dormitorio común de un lugar que recuerdo, pero cuyo nombre callo, siguiendo la estratagema que ideó Cervantes, porque poco importa dejar constancia expresa en este punto del nombre concreto de dicho paraje). Él estaba dormido en la parte inferior de la litera compartida (hoy no recuerdo exactamente con quién; el dato o detalle no es imprescindible para inteligir oportunamente la forma y el fondo de este texto) y un rayo de luz, que se colaba, a esa hora de aquella mañana dominical, de rondón por una de las ventanas, la más cercana a dicha posición, permitía ver, en todo su esplendor, con entera nitidez, cuando yo acerté a pasar por su lado, tras regresar de los servicios, adonde había acudido con ganas de evacuar la orina y/o las heces (tampoco recuerdo este pormenor; se confirma, por tanto, cuanto advertí arriba, mis numerosas lagunas o vacíos) sobrantes, su rostro, su llamativa cara de ángel; y allí, en ese mismo momento, le puse, porque así me brotó o nació, de manera natural, el sobrenombre que obra en el rótulo que encabeza estos párrafos, “el Santito”.
Sentí el impulso irrefrenable (no faltará quien hubiera preferido que servidor se hubiera decantado por usar otro término, por ejemplo, tentación, por considerarlo más cabal con el caso, según su parecer) de tocarle con las yemas de los dedos índice y corazón de mi diestra su faz, pero me incliné por llevar a cabo una acción aún más arriesgada, acariciar levemente, o sea, rozar con el pómulo derecho de mi cara su contrario, el izquierdo de la suya. Y entonces, solo entonces, tras coronar dicho hecho, confirmé mi impresión visual con la táctil, es decir, que su tez era la de un ángel (a pesar de asumir lo obvio, que jamás había palpado este menda hasta entonces la de un mensajero divino). Así que juzgué que el mote que le acababa de adjudicar o poner le venía que ni pintado, pintiparado, como alianza al dedo anular, y, como consecuencia lógica de todo ello, “el Santito” fue ratificado como ajustado y exacto apodo, aunque, si no lo recuerdo mal, no lo he usado (aunque sí pensado utilizar) hasta hoy en ningún escrito para referirme a él.
Está claro, cristalino, que otros colegas nuestros de aquellas fechas (que no hayan finado sus días en el planeta Tierra), del biografiado y del abajo firmante, pueden hacer sus propios relatos. Acaso la mejor de las posibles biografías del sujeto sea la reunión de los mejores pasajes de cada una de ellas, en el supuesto de que los haya coincidentes entre las presuntamente escritas, como los evangelios sinópticos, verbigracia.
Independientemente de que la biografía, como narración, esté en boga, de moda (eso es, al menos, lo que se divulga y uno está harto de escucharlo por doquier), mi primer propósito, a la hora de ponerme a redactar las líneas de esta inaugural y primera tesela del mosaico, era abochornarlo, dejarlo feo (que es la locución verbal coloquial que admite el Diccionario de la lengua española, DLE, no la que yo venía usando y considerando permitida, dejar en feo a alguien; acaso haga eso en otros textos que trence), por achacarle a él un injusto proceder conmigo, pero he desistido o renunciado a seguir esa senda, porque alguien (ignoro quién, de veras) me ha convencido de que marraría morrocotudamente, si así lo hiciera; tal vez haya sido, barrunto, intuyo o sospecho, mi nueva musa, Isabel, quien puede que haya corrido con la onerosa tarea de persuadirme de ello, tras recordarme, quizá, quizá, quizá, una frase proverbial, por la que tengo un cariño y dependencia especiales, del mejor filósofo español del siglo pasado (acepto discrepancias, no soy dogmático), José Ortega y Gasset, esta: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home