Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Si me jacto hoy de algo, es de ser su amigo

Ángel Sáez García 21 Jun 2023 - 14:00 CET
Archivado en:

SI ME JACTO HOY DE ALGO, ES DE SER SU AMIGO

Hoy me gustaría hablarles (en sentido estricto, escribir) a todos los atentos y desocupados lectores (ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos) de estos renglones torcidos de una persona fetén, que ha sido fundamental en mi vida (aunque él estuviera a miles de kilómetros de distancia de donde yo me hallaba, gracias a mi excelente memoria, continuaba ejerciendo su benéfica influencia). He llegado a la conclusión provisional de lo que considero cabal, que tendría que llamarse Pilar, pero como este nombre lo suelen llevar, de manera asidua, las mujeres (entre ellas, verbigracia, mi hermana, “la Nena”), y él es un hombre hecho y derecho y con pelo en el pecho, pues ahí sigue, interina, aspirando, pero sin haber logrado nunca ser lo que pretendía, definitiva. Aunque aquí no tengo la intención de mencionar su compuesto nombre de pila, estoy completamente seguro de que los lectores habituales de las urdiduras y “urdiblandas” de Otramotro, servidor, mediado este texto, ya sabrán de quién se trata. Me apostaría, de buena gana, con quien fuera, doble contra sencillo, a que es así.

El guía y líder de quien les hablo (insisto e itero, trenzo), uno de los pocos seres humanos, de carne y hueso (si exceptuamos a un par, trío o póquer de religiosos Camilos, a quienes, aun fallecidos, sigo adorándolos, profesándoles una inusitada devoción, que lo fueron antes que él, y un tocayo suyo, del que intento hacer aquí una etopeya fiel, amigo del alma, a su vez, de ambos, de él y mío, asimismo), a quien he venerado y respetado o tolerado (y sigo en ello, sin desmayo), de quien, si yo hubiera sido una fémina heterosexual, me hubiera enamorado hasta los huesos, aquel sábado de primeros de agosto, inicio de las fiestas patronales en aquel lugar (recuerdo perfectamente el nombre de dicha localidad navarra, pero también quiero que quede en este escrito sin mentar, para que la bruma creada por este menda favorezca o haga al lector más estimulante e interesante indagar y gozar averiguando la verdad y sus circunstancias), tenía boda, a la que él estaba invitado, y me mandó a mí en su lugar para que cubriera su baja, le supliera o sustituyera en el puesto.

Como los camareros extras que había contratado (es un decir; más bien apalabrado) aquel año el dueño del local doble (restaurante y bar) eran unos pipiolos, meros aprendices (yo también lo era entonces, por la edad, pero había hecho varias ferias y, sobre todo, había currado en el bar “El Andaluz”, de Rincón de Soto, La Rioja, para sus dueños, Joaquín y Teresa, junto con el no dicho personaje y otros estupendos camareros; y es que una feria en el local indicado era o valía como (o por) diez en otros y, por ende, comparado con el grueso de los tales, novatos, principiantes, yo era un experto en las referidas lides), me quedé dos días más de los previstos, hasta el martes (me había presentado allí con solo dos camisas blancas, impolutas, planchadas por un perito en dichos menesteres, mi piadoso padre, Eusebio). Volví el segundo fin de semana, para dar oportuno remate a la feria, los dos últimos días de las fiestas patronales, en los que, por supuesto, trabajamos mucho, a tope.

Había aprendido del guía y maestro en actitudes o comportamientos a aprovechar y sacar el máximo partido a las pocas horas de asueto que disponíamos, dedicándolas a descansar del curro, extenuante. Y así lo hicimos. Pero el último día de trabajo, el domingo, me propuso que disfrutáramos esas dos horas departiendo con un grupo de lugareños, conocidos suyos de otros años, y yo acepté, de buen grado. En esas dos horas, por lo que vi, oí y colegí, el líder del que hablo (urdo, urdo) era un tío que conocía a todo cristo y al que cada quisque conocía o haría bien en conocer para aprender a cómo se puede confraternizar con unos y con otros, los “hunos” y los “hotros” (según las expresiones que gustaba usar otro de mis maestros dilectos y predilectos, don Miguel de Unamuno y Jugo), y más siendo estos oponentes y aun enemigos acérrimos entre sí, quiero decir, estar a la altura del “cronotopo” y salir airoso del brete, surfeando la ola sin problemas, como él, sin hesitación, hizo, y yo puedo dar fiel testimonio de ello, pues lo presencié in situ. Lo mejor de todo fue que me presentaba con entusiasmo como a uno de sus mejores amigos y a mí me enorgullecía oírlo y me hinchaba, cual globo, al escuchárselo confirmar o ratificar. Lo propio ocurría a la inversa. Me sentí, durante esas dos horas libres, un privilegiado.

Bueno, pues han transcurrido casi cuatro décadas de cuanto acabo de narrar con leal exactitud, y sigo opinando lo mismo. Si me jacto hoy de algo, es de ser su amigo.

Ahora bien, para joder la marrana (locución verbal coloquial, cuya clamorosa ausencia me ha extrañado, pues he comprobado que no la había recogido aún el Diccionario de la lengua española, DLE), pues le gusta cantidad fastidiar, como he levantado la guardia y dejado que me tentara, el insistente y cargante demoñuelo, que suele colocarse detrás de mi hombro izquierdo, ha vuelto a hacer de las suyas y me he visto empujado por él a poner un poco de vinagre en el plato donde había tanta miel sobre hojuelas y, por ende, obligado a dejar apuntada aquí una frase de Friedrich Nietzsche en “Ecce homo” (que aparece, asimismo, en “Así habló Zaratustra”): “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by