¿QUÉ DESTINO TENDRÁN MIS VACACIONES?
El mismo que tuvieron otras tantas; el Puerto de la Cruz, de Tenerife. No las he comenzado todavía. Eso sucederá al fin del estío, pero el trayecto lo llevé ya a cabo el día que la estancia en el hotel contraté, sí, y los vuelos de ida y vuelta. Realicé ese viaje con el dedo, recorriendo tres puntos en el mapa: Tudela, Madrid, Puerto susodicho.
El destino del viaje es “Los Rodeos”, que es el aeropuerto que está al norte de la isla, si no existe inconveniente. Recuerdo que el piloto del avión, que de esa aeronave estaba al mando, nos avisó que nuestro aterrizaje, por causa de una niebla que cegaba, en el sur de tal isla ocurriría, como así sucedió en unos minutos, y de ese menester fuimos testigos todos los pasajeros presenciales.
Si todo va según lo calculado, cuando la aeronave tome tierra, cogeré el autobús, esto es, la guagua, que me trasladará a la patria chica del autor de las “Fábulas literarias”, el hacedor portuense Tomás de Iriarte. El intercambiador queda muy cerca del hotel habitual, a unos minutos. Así que, transcurridos los mentados, llegaré sano y salvo a mi destino, la deseada e impar calle Cupido.
Salvo el año que conocí a Pilar, una mujer amable y admirable, el angelito que lanza sus flechas, llevando los ojos vendados, no ha vuelto a ensartar mi corazón con el de ninguna otra fémina fetén, aunque solo fuera durante los días de asueto en la mayor de las islas canarias. A ver si en el remate de este estío, Cupido se muestra propicio y acertado (da de lleno en los blancos o centros de las dos dianas).
Como la isla, grosso modo, ya la conozco de las primeras vacaciones de verano que pasé allí en los años iniciales del presente siglo XXI, no necesito realizar un croquis o planificación de cuanto voy a hacer. Sé que me despertaré a la misma que lo hago en la península, antes de que suene la primera alarma del móvil, a las siete horas y veinte minutos de la mañana, y a las ocho bajaré a desayunar al restaurante del hotel. Cuando termine de despachar la primera ingesta del día, ataviado con una camiseta blanca de deporte y el pantalón azul del chándal, calzando lo que haya elegido, zapatillas deportivas o sandalias, dando un paso tras otro, llegaré a Playa Jardín, como, cuando estoy allí, culmino a diario, a hacerles la proverbial visita de rigor, habitual, a los caballos de espuma que, alegrándose de nuestra presencia en tan plácido entorno, piafarán en honor de los presentes, incluido servidor, a esa hora de la mañana, las nueve.
Puede que, antes de las nueve y media, haya llegado a la biblioteca “Tomás de Iriarte”, y haya solicitado usar una de sus computadoras de la primera planta, tras escribir mi nombre, apellidos y los números y la letra de mi DNI en la hoja correspondiente de control. Cuando termine de pulsar las teclas del ordenador con las yemas de mis dedos, me preguntaré: ¿Qué te apetece hacer?; y me contestaré repentizar.
Puede que haya advertido la carencia de algún útil y, si no lo hecho la víspera, que suelo ir a un supermercado cercano a comprar agua mineral y jabón para lavar mis prendas delicadas, aprovecho para subsanar cuanto antes esa/s falta/s.
Coronadas las compras pertinentes, se impone degustar una caña de cerveza, mientras paso mi vista por las líneas de las páginas del libro que haya previsto leer bajo una sombrilla. Y más tarde acontecerá lo que solo Dios sabe qué con absoluta certeza. Así que, solo cabe esperar, dar tiempo al tiempo, para que este (de)muestre cuando deba ser (de)mostrado.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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