ES EVIDENTE QUE UN DÍA ES UN DÍA
Está claro, cristalino, que un segundo dura eso, un segundo; que un minuto lo conforman sesenta segundos y que una hora son sesenta minutos. Esta verdad, incondicionalmente cierta, necesariamente válida, apodíctica, no hay quien la refute. Es evidente que un día es un día, pero cuando el abajo firmante de estos renglones torcidos era un crío de corta edad, durante los meses de verano, estando de vacaciones en Cabretón o Cornago, los pueblos riojanos de los que eran originarios su madre y su padre, donde era precipuo, principal o prioritario y más importante disfrutar jugando con los amigos estivales que comer o vestir ropa limpia, impoluta, una jornada duraba entonces tanto como hoy lo hace una semana, que se me pasa volando ahora, que tengo sesenta y tres años (una de las primeras frases en latín que traduje en Sexto de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor de Navarrete, La rioja, fue esta: tempus currit ut volet, el tiempo corre —que parece— que vuela, que uno de mis compañeros o colegas, de manera original, literaria, tradujo de esta guisa: el tiempo corre que se las pela —como si este tuviera también pezuñas, como el ciervo, animal que fue el primer vocablo latino que escribió con tiza blanca el profesor de dicha asignatura o materia, Daniel Puerto, como ejemplo o arquetipo, en la pizarra—).
Bueno, pues, cabe trenzar que exactamente lo contrario u opuesto acaece en la actualidad, que una semana se me pasa ahora como otrora lo hacía un día entero, como si solo hubiera habido un amanecer y un atardecer, o sea, un orto y un ocaso.
Hoy, verbigracia, el día se me ha ido o ha huido de mis manos (en el supuesto de que lo tuviera agarrado o atrapado con ellas) en un pispás o santiamén; como así transcurre, en Punxsutawney, Pensilvania, “El día de la marmota” (filme que se estrenó en España con el título de “Atrapado en el tiempo”), un 2 de febrero machacón, reiterativo, al meteorólogo Phil (que tiene el mismo nombre que el citado roedor), Connors, interpretado por el actor Bill Murray, sin pena ni gloria, sin hacer nada extraordinario, esto es, algo de provecho, salvo lo asiduo o habitual, sin que haya coronado o culminado una acción digna de recuerdo y, por ende, descollante, destacable.
Este menda se había puesto el pijama y estaba sentado en el sofá del salón, viendo la tele. Antes había cenado, fregado los cacharros y, una vez secados estos y colocados en su sitio, se había lavado los dientes. Había regresado al edificio, después de realizar el segundo paseo vespertino, y había llamado al timbre y entrado en casa de mis primos Manoli (hipocorístico de Manuela) y Manolo, para cambiar con ellos algunas impresiones y comentar las noticias del día, mientras escuchábamos y veíamos el telediario de las 21 horas, presentado por Vicente Vallés, en Antena 3.
El día llevaba todas las trazas de ser como el de la película dirigida por Harold Ramis en 1993, pero, en un giro inesperado de guion, ha devenido en memorable, como Ireneo, el protagonista del famoso cuento borgiano “Funes el memorioso”, que necesitaba un día entero para recordar otro, íntegro. ¿Qué ha pasado? Que he rememorado unas palabras escritas por quien fue fiscal de Sevilla, el literato emeritense Juan Pablo Forner y Segarra, polemista recalcitrante, autor de dos de las obras más destacables de la Literatura española del siglo XVIII: la “Oración apologética por la España y su mérito literario” (1786) y las “Exequias de la lengua castellana” (publicada póstuma, en 1871).
¿Qué palabras son esas? Tras buscar y rebuscar sin hallarlas, tras llevar a cabo muchas indagaciones, de manera infructuosa, haciendo memoria de ellas, que tienen que ver con la oportunidad de pedir perdón, tras haber incurrido en un morrocotudo error, he juntado estas, que se le parecen bastante: Si deseas, como es cabal, que siga considerándote persona de inteligentísimo cacumen, no rechazarás reanudar nuestra relación de amistad cuando el mismo que la quebró equivocadamente, vuelve atrito, compungido, contrito, a ella. Sabes que me cuesta Dios y ayuda pedir perdón, pero si hoy me avengo a ello es para que veas qué pronto me pongo a los servicios de la verdad, cuando la conozco.
Nota bene
Al fin, la dedicación, el empeño o el sacrificio, tiene su recompensa, porque, en una misiva que Forner escribió y dirigió a uno de sus amigos, que, por la razón que fuera, había dejado de serlo, en concreto, al sacerdote y poeta José Iglesias de la Casa (1748-1791), con la clara pretensión de retomar la amistad orillada, le trenzó lo siguiente:
“Si deseas, como es justo, que te tenga por hombre de buen juicio, no rehusarás renovar nuestra amistad, cuando el mismo que erradamente la rompió vuelve a ella. A mí se me hace no poco dificultoso dar satisfacciones; mas hago esto ahora para que veas, sobre el conocimiento que tienes de mí, cuán fácilmente me allego a la verdad siempre que la conozco”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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