¿POR QUÉ ME ENAMORÉ DE AQUELLA NÍNFULA?
Si no era mi arquetipo femenino, ni era despampanante su belleza, ¿por qué me enamoré de aquella joven, cuya gracia de pila Nieves era? ¿Porque fumaba Ducados, la misma marca de cigarrillos negros que yo? Quizá fuera esa trucada puerta la que se abrió de par en par para mi disfrute, y el humo, que salía por su boca y sus narices, que hacía las veces de imán, me atrajo.
La noche que me la llevé por vez primera a los ojos en mi piso compartido me obsequió, “sin querer queriendo”, como solía decir el Chavo del 8/Ocho, velis nolis, una marea de sensaciones que me recordaron otra de la infancia, combinada con otras que me animaron a conocerla más, fueran archiconocidas o ignoradas, que contenían el estribillo, el meollo o la miga, del “pobre de mí” sanferminero (todos queremos más, / todos queremos más, / todos queremos más / y más y más y mucho más). Ese fue el núcleo o quintaesencia por el/la que me sentí seducido: la singularidad preñada de algo exótico, cuanto desconocemos, pero ansiamos entender, el líquido elemento que se escapa entre las grietas que dejan los dedos de las manos, pero queremos atrapar, como eso nos ocurre con las ideas o Costanzas, que unas las cazamos al vuelo y otras las pescamos sin anzuelo.
Noté que Nieves tiraba de mí con un hilo irrompible, invisible. Desconocía la razón, pero deseaba averiguarla, como el motivo en el que se fundamentaba mi notorio enamoramiento.
Nieves era distinta a mí, y su orden de prelación distante a mi escala de principios y valores; ahora bien, que tuviera (y eso, además de verlo, lo sintiera con otros sentidos corporales) cuanto yo carecía y deseaba poseer, quizá nos acercó e hizo las veces de cemento, de pegamento. Es la misma y proverbial trampa de la seducción que sirvió, sirve y servirá para que otras/os, sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, se embelesen o hechicen mutuamente en la primera cita.
La segunda ocasión tardó en llegar un mes, pero, con paciencia, quien pone empeño en cuanto hace suele conseguir, antes o después, su propósito, resultados.
Escuchar con atención el relato que hace la una al otro, y viceversa, favorece que se abra un pasadizo insólito en el aire, por el que circulan, sin darse cuenta, informaciones personales varias, de una y del otro, que, antes de que dejen poso en nuestros respectivos cerebros, ya han hecho buenas migas en ese imperceptible hueco.
El amor surge cuando advertimos (puede que por mera intuición) que la otra (el otro) acarrea un enigma, un misterio, que nos placería sobremanera desvelar; se parece a la charada típica con la que el religioso camilo Pedro María Piérola García nos retaba a los lectores de la revistilla “Navarrete”, que nos veíamos implicados, de buena gana, en dicho desafío y nos esforzábamos en resolver.
El desamor brota cuando ese castillo de naipes, que hemos levantado en el aire, se viene abajo con la primera muestra de impiedad de nuestra amada, que deviene en detestada, porque no la entendimos ni entendemos ni entenderemos jamás.
A la tramoya que erigí le faltaba verdad; era una patraña sin visos de credibilidad; y al daño resultante, la herida que nos dejó, se sumó la pena por nosotros, desangelados, desbordados, y la rabia contra el modo de hacer de ella, reprensible, indecente, censurable.
No sé si existe, o no, la presunta ley del karma, de la que mucha gente habla, pero reconozco que, si unas veces fuimos víctimas, no faltan tampoco aquellas en las que fuimos verdugos. Y quien vivió y tiene memoria de lo acaecido lo sabe, le consta que es una certeza incontrovertible, apodíctica.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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