¿LA FAMILIA ELEGIDA? ¡LOS AMIGOS!
A “los Luises” (Calvo Iriarte y De Pablo Jiménez), por ser ambos como ese adagio sueco que tanto me gusta (“una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”), mano de santo (ora sea o se sienta ella, él o no binario).
“Todo lo que he aprendido sobre cómo hacer para que el amor dure lo sé gracias a ella”.
Ana Iris Simón
Está claro, cristalino, que, de todas las posibles definiciones de familia habidas y por haber, cabe hacer una evidente división entre dos grandes grupos; uno, formado por la parentela, el linaje o la estirpe, que proporcionaron el azar o el destino, la impuesta; y otro, por la que componen los elegidos por ti, los amigos, la selecta.
El pasado sábado 6 de diciembre de 2025 tuve oportunidad de leer dos textos que hablaban del tema en cuestión, la familia selecta, los amigos, cuyos componentes de verdad pueden contarse con los dedos de una mano.
En el primero de ellos, Elsa Fernández-Santos, su autora, en el que lleva el título de “Amigos de la calle”, que apareció publicado en la página 114 de la revista ICON, de EL PAÍS, de dicho día, dejó escrito negro sobre blanco que “Scorsese y De Niro se conocieron de críos en las (malas) calles del Towndown de Manhattan y la vida difícil y extraordinaria de aquellas aceras los ha mantenido unidos hasta hoy”.
Antes de ir a estudiar a Navarrete, al seminario menor que regentaban los religiosos camilos (adonde marché con doce años), mis amigos de Tudela eran Juan Pablo, a quien un cáncer se lo llevó a la tumba prematuramente; Juan Félix, a quien hace lustros que no veo; y Miguel Ángel, a quien saludo siempre que me lo encuentro por la/s calle/s. En mi edén navarretano el único amigo verdadero que tuve fue José Luis Álvarez Santaolalla, finado también antes de lo deseado y esperado. En Zaragoza, por diversos motivos, porque nuestros caminos se separaron, al optar por estudiar él ciencias y yo letras, sobre todo, la relación de amistad se enfrió, pero, como donde ha habido fuego, si este no se ha extinguido, aún quedan rescoldos, que pueden avivarlo, permaneció latente, aunque no patente.
Elsa nos informa luego de que “hijo único, De Niro nunca se ha perdonado que su fama como actor eclipsara el nombre de su padre y esa culpa le persigue”.
Mi ausencia de prestigio, qué osadía, sí, me permite afirmar que estoy completamente convencido de que, como todo se hereda, bueno, regular y malo, mi padre me legó su inteligencia, que no era poca (si él hubiera tenido ocasión de ir a la Universidad, hubiera sido doctor, aventuro, sí, auguro, con escasas posibilidades de equivocarme). Yo tuve la suerte de la que él careció; en mi vida aparecieron personas fautoras, los camilos navarretanos, que me despertaron o ayudaron a espabilar mis dones. Como decidí otorgar a mi personaje literario fray Ejemplo los apellidos primeros de dos de ellos, Arteaga y Piérola, determiné que lo cabal era nombrarlo con la gracia de pila de mi progenitor, Eusebio.
Elsa, en el parágrafo que sigue, asegura que “el actor (…) quiere recuperar en ese estudio el tiempo que no pasó junto a su padre, mantener vivo su nombre. Quizá por eso el título del documental es “The Past Goes Fast” (El pasado corre deprisa)”.
Ese rótulo ha favorecido que este menda escribiera, casi de manera automática, los renglones torcidos que forman el siguiente párrafo.
Al pasado, pesado como el solo de tanto repetirse, y pisado, como se hacía antaño, en algunos lagares con la uva recién vendimiada, dentro de una enorme cuba o tonel, le encanta haber posado ante los mass media, mientras recorre la alfombra roja del festival, aunque pocos minutos después, dentro del recinto donde se entregan galardones, corone el protagonista, el pasado una performance que, salvo el susodicho, no entiende nadie más, y es expulsado por orden del presidente de la academia, presente en la sala, que impone su criterio, no por la fuerza de su razón, sino por la razón de su fuerza, poco importante, pero, al acarrear miedo cerval, tan contundente.
El segundo texto lo firma Ana Iris Simón y porta el título de “Algo de verdad importante”; lo leí el mismo sábado en la página 11 de EL PAÍS. Recomiendo que se lea de cabo a rabo. Es un estupendo regalo de cumpleaños. Acaso no haya otro mejor.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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