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La edad enseña qué es lo preferente

Ángel Sáez García 21 Jun 2026 - 14:00 CET
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LA EDAD ENSEÑA QUÉ ES LO PREFERENTE

A mi amigo del alma Luis Quirico Calvo Iriarte, porque hoy, domingo 21 de junio de 2026, cumple años; por seguir siendo ejemplo de lealtad y espejo de generosidad, y haber aprendido servidor a quererlo, como se merece, a lo largo de los cuarenta y tres años que lo conozco.

Aunque toda verdad es interina, provisional (es evidente que algunos textos del padre del falsacionismo, el pensador y politólogo austríaco-británico Karl Raimund Popper, pasaron por mis ojos sin pasar de largo, pues dejaron una impronta o rastro indeleble en mi cacumen o caletre), me consta que hubo certezas que un día coloqué sobre una peana o pedestal y ahí siguen en pie, imperturbables, inamovibles. Por ejemplo, el par que sigue: En esta vida, a pesar de la multiplicidad o variedad, sensu stricto, solo hay dos tipos de familia, y únicamente los incautos, unos pocos, se van a atrever a poner en tela de juicio dicho aserto; a saber, la creada por lazos de consanguinidad y afinidad, y la creada por lazos de amistad. Y que la población envejece paulatinamente, un día sí y otro también, es otro hecho, otra certeza, que nadie con dos dedos de frente va a osar refutar, porque es inobjetable.

Como lo hice hace casi tres meses, no volveré a cumplir 64 años. Cuando yo tenía doce o trece, una persona con mis tacos, de mi actual edad, era mayor, me parecía un anciano. Yo, a pesar del cúmulo o largo rosario de achaques que acarreo y padezco, sin embargo, me siento joven. Y repito, hasta la saciedad, el mismo argumento, que aún porto conmigo al adolescente que vivió el cielo en el planeta azul, la Tierra, durante los tres últimos cursos, de Sexto a Octavo, de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), regentado por los inolvidables religiosos Camilos.

Ahora, con más de sesenta, tengo la impresión refractaria de que es cuando mejor escribo. A cada urdidura o “urdiblanda” le dedico un día, veinticuatro horas como mucho, y sanseacabó. Antes, con veintitantos les dedicaba días, semanas y hasta meses, y lo único que conseguía con ello era complicar su historia y su estructura tanto que, cuando al abajo firmante, sí, servidor, su autor, le daba por volver a releerlos, visitarlos, resultaban esotéricos, intrincados y difíciles de desentrañar, hasta para mí.

Que la experiencia es un grado o una licenciatura y hasta un doctorado nadie lo desmiente. Son los años vividos, la edad, los que nos enseñan qué es lo preferente o prioritario, las familias señaladas arriba, las personas que queremos, y la salud (física y mental, del cuerpo y del alma). Nuestros pensamientos actuales, más que un muestrario de herramientas, son una colección de sabidurías, de haber aprendido a proceder o comportarnos correctamente.

Lo que me ha enseñado la verdadera amistad es que no es bueno cerrar nuestras puertas y ventanas, sino mantener ambas abiertas. No se puede decir no a un amigo por prejuicios. Ahora bien, para considerar a alguien amigo, con las cinco letras, uno ha de dar tiempo al tiempo. Es este juez, que da y quita razones, el que va a dictar sentencia y decidir y decir en el fallo si la relación de amistad ha cuajado, tras superar los primeros aprietos o últimos bretes, o ha quedado en agua de borrajas o cerrajas, en nada.

A esta edad, como en cualquiera de las pasadas y futuras, lo principal, precipuo e/o importante es conocerse, saber qué te apetece hacer o gusta en determinados momentos de ocio y qué detestas o disgusta realizar. Prefiero comer con mis amigos y departir con ellos durante la sobremesa, a ir a un mitin político o a ver la tele.

Sea porque estés eufórico o porque estés deprimido, tener a alguien con quien hablar es mano de santo, la panacea. Sigo considerando una bendición ese adagio sueco que dice así: Una alegría compartida es una alegría doble, una pena compartida es la mitad de una pena. Si compartes esos pensamientos y sentimientos, emociones y sensaciones, con un amigo del alma, Luis Quirico Calvo Iriarte, verbigracia, comprobarás que la alegría deviene en triple y la pena queda reducida a un tercio.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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