LA VIDA, COMO EL ORBE, DA ENE VUELTAS
¡CUÁNTO PROVECHO EXTRAES AL PROVERBIO!
La anécdota que estás empeñado en cazar al vuelo o pescar sin anzuelo para escribir el relato por el que la crítica literaria te elevará, si no a un altar, sí, al menos, a la hornacina de una capilla menor, no es el episodio que tratas de cazar o pescar, sino el que está enfrente del que intentas, con exclusivo DES, acrónimo de dedicación esfuerzo y sacrificio, atrapar. Y la razón es clara; descansa o estriba en que la peripecia que estás obcecado en cazar o pescar no es la que te conviene para alcanzar esa pretendida cumbre; la que te va a venir de perlas o perillas para lograr dicho fin es la que te intenta apresar a ti.
Otrora, hace casi tres décadas y media, en la clase inaugural que impartí de creación literaria, cuando quedaban diez minutos apenas para que el timbre sonara y, por ende, la hora lectiva acabara, en el turno de comentarios, dudas y/o preguntas, una alumna levantó la mano y formuló la primera: ¿Qué asuntos son dignos de ser tratados o vertidos en literatura y de cuáles no conviene discurrir o disertar? Si no recuerdo mal, le contesté que, dentro del ámbito del arte de la palabra selecta y colocada en la línea con cierta belleza, todo tema es narrable, incluso lo que otros literatos consideran inefable.
La compañera que tenía a su derecha me preguntó esto otro: ¿Qué requisito es el necesario o imprescindible para escribir? Le respondí lo obvio, haber cazado o pescado previamente una idea y disponer de los útiles, papel y boli, para ponerse a ello.
Otra discente me interrogó: ¿Qué método sigue usted para cazar o pescar esas ideas y que estas le resulten provechosas a usted y, una vez leídas, rentables también para sus lectores? Le contesté que basta con estar atento a la realidad, concentrado en la circunstancia que nos rodea, para que ese menester sea fecundo o fructífero para ambos, hacedor e intérprete.
Por ejemplo, el sábado 3 de octubre de 2026, A., literato, como servidor, me invitó a tomar un café. Le agradecí y rechacé el convite, pero no, asimismo, el rato de conversación, mientras él lo degustaba. Seguimos charlando, sentados en dos de las sillas que rodeaban una mesa de la terraza del bar que ahora, jubilado su hermano Ignacio, regenta solo Fernando, “La esquina”, sito en la tudelana plaza del Padre jesuita Jesús Lasa, promotor del barrio de Lourdes, donde resido.
Mientras le dábamos a la sinhueso, se acercó a donde estábamos C., que se sumó, de buena gana, al debate o diálogo que manteníamos entonces sobre el, si no imposible, difícil arreglo que tienen los numerosos problemas que acucian a los ciudadanos españoles, verbigracia, el de la vivienda.
Cuando salió a relucir el asunto de la inmigración, a mí se me ocurrió aducir una razón o verdad a medias, que los españoles emigramos, durante los años de la posguerra a Francia, Suiza y Alemania, sobre todo, con contrato de trabajo en regla; sin embargo, C. me objetó con la experiencia que había vivido. Él, con 14 años, acudió tres años consecutivos, durante los correspondientes meses de verano, a trabajar al norte de Francia con sus padres en el cultivo de la endibia. Y pudo constatar in situ, en la parisina Gare d’Austerlitz, junto al río Sena, de manera fehaciente, que la mitad de esos españoles desplazados al país galo lo habían hecho sin el preceptivo contrato de trabajo.
Luego nos contó una anécdota que es la causa, origen o razón de este texto, que me dispongo a narrar a continuación, como él nos la refirió, grosso modo, al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos. Allí, en la citada estación ferroviaria parisina, un paisano del padre de C. le pidió dinero para volver a España. El progenitor de C. le entregó cuanto llevaba encima, quinientas pesetas, que le fueron devueltas religiosamente, sin intereses.
El jefe de los padres de C. les regaló una radio que funcionaba con pilas (y escribió una carta/documento en la que reconocía que era un obsequio que les hacía él, personalmente). De regreso a España, al cruzar la frontera, en la aduana, se originó un tira y afloja entre el guardia civil y el padre de C., ya que el primero le exigía que tenía que pagar la correspondiente tasa por pasar el aparato, y el progenitor le exhibió la carta, en la que se reconocía que era un obsequio. Al final, el resultado fue venturoso para los padres de C., que salieron airosos del trance, porque apareció por allí otro guardia civil, que era, pásmese, el paisano del padre de C. al que este le había prestado antaño las quinientas pesetas, y no tuvieron que pagar nada por la radio. Y es que, ciertamente, la vida da ene vueltas. Y donde vayas de los tuyos halles. Sin sarcasmo, poética justicia.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home