A mediados del XIX, un Siglo lleno de pobres por todas partes, apareció en escena el concepto político de izquierda.
Se trataba de una ideología pretendidamente igualitaria, opuesta por completo a la propiedad privada.
Diversificada en tres ramas, anarquistas, socialistas y comunistas, sobrevivió, aproximadamente, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Los anarquistas, que para entonces habían pasado a ser grupos terroristas, en Occidente desaparecieron del mapa.
Los comunistas, tras el triunfo de su Revolución en Rusia, enredaron todo lo que pudieron en el mundo libre, pero triunfar, lo que se dice triunfar, aliados al narcotráfico, sólo lo están logrando en cada vez más países de Hispanoamérica.
Los socialistas, por el contrario, evolucionaron rápidamente hacia la corrupción y el totalitarismo.
Y siguen en ello. No en todas partes: países como Francia o Italia se han hartado de ellos hasta hacerles desaparecer del mapa.
Apareció un problema; ciertamente, el socialismo había dejado de ser una ideología izquierdista; pero para el Poder, el de toda la vida, convenía que siguiera existiendo, pues bajo esa falsa apariencia, ejercía de tapón para que no aparecieran en escena Partidos realmente de izquierda.
¿Solución? La de siempre: manipular el lenguaje; se redefinió el concepto de izquierda y todos contentos.
Pasó ahora a ser la creencia en la lucha de clases y, en ella, tomar partido por los menos favorecidos.
Pero aún ésta no tardó en quedárseles grande. El enorme progreso tecnológico que se produjo en los años sesenta, dio lugar al llamado Estado del Bienestar en que aquello de la lucha de clases tenía ya poco sentido.
Pues vuelta a lo mismo. Ahora pasaron a ser Partidos de izquierda aquellos que buscaban algo tan gaseoso como una mejor distribución de la riqueza.
No transcurrieron muchos años sin que también aquello se quedara vacío.
De nuevo había que manipular a la gente hasta hacerla creer que seguía habiendo Partidos de izquierda; lo importante era cerrar el paso, una vez más, a la aparición de grupos verdaderamente revolucionarios.
Con el cambio de Siglo, la cosa se les complicó todavía más.
En principio, el Poder pensó en redefinir, como de costumbre, el concepto de izquierda.
Pronto se dieron cuenta de que eso ya no les iba a funcionar.
Como quiera que había desaparecido completamente cualquier atisbo de ideología izquierdista… ¡tuvieron que borrar del Diccionario hasta la propia palabra!
Hoy ya sólo quedan Partidos auto-proclamados “progresistas”.
No les va mal, eso debemos reconocérselo. Cuentan con una enorme ventaja: al no tener más remedio que mentir, se han hecho los amos de los Medios de Comunicación; sin embargo, sus adversarios están obligados ceñirse a la verdad porque como se les escape siquiera sea una pequeña imprecisión, les caen encima Radios, periódicos y televisiones lo que se dice en tromba.
Por cierto, la palabra ”izquierda”, que ya no se adjudican a sí mismos los partidos “progresistas” ¡agárrense! ha sido adoptada para definirlos ¡por sus propios adversarios! Vamos, que les están haciendo el juego (como de costumbre)
¿En qué consiste el llamado “progresismo”? Pues, por lo general, en un conjunto de camelos que, eso sí, consiguen vender a buen precio: un pretendido feminismo que no es otra cosa sino la lucha mediante las peores artes por colocar a las mujeres por encima de los hombres; pues bien, aunque parezca mentira, el número de memas que se lo creen es tan enorme, que las dirigentes “feministas” se están forrando a recibir subvenciones y a manipular a tanta incauta como anda suelta por ahí.
Otro de sus pretendidos objetivos, un nuevo camelo, en realidad, es su lucha contra el llamado “cambio climático”.
Del que nadie ha tenido noticia, precisamente porque todos contamos con evidentes pruebas del susodicho: el clima nunca ha dejado de cambiar; a esta gente, la realidad les trae el fresco; lo que realmente cuenta para ellos es la cantidad de incautos a los que puedan embaucar y el dinero que consigan robar. También predican un cierto ecologismo, irracional, generalmente; y, por si fuera poco, ahora les ha dado por ¡dotar de derechos a los animales! O, más grave todavía, deshacer la obra del hombre con la disculpa de que hay que regresar a la Naturaleza. En la práctica, eso ha supuesto el destrozo de la agricultura, la ganadería, la pesca y la minería en la Unión Europea; y todavía queda su penúltima “gracia”: acaban de conseguir que “Bruselas” promulgue una Ley que va a obligar a los Países miembros ¡a desmontar sus presas! Supongo que querrán matarnos de sed; por lo menos, triste consuelo, no lo veremos; no porque no suceda, sino porque como tampoco tendremos suficiente energía eléctrica, nos iremos a la mierda a oscuras.