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Talavera de la Reina, mucho más que la «reina» de la cerámica 1/2

Juan Luis Recio 10 Ene 2024 - 07:55 CET
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Poco podían imaginar los humildes artesanos que hace 600 años comenzaron a elaborar vistosa cerámica en Talavera de la Reina que aquellos colores –azules de óxido de cobalto, negros de manganesos, verdes de cobre, amarillos de antimonio y naranjas de óxido de hierro– con los que componían bellos dibujos, llegarían a ser reconocidos como Patrimonio de la Humanidad, que esas obras simples que nacían de sus manos manchadas de barro serían piezas de museos o adornarían los salones de la nobleza y la monarquía –Felipe II hizo grandes encargos para la decoración de El Escorial, el Alcázar de Madrid o El Pardo, y azulejos para conventos, iglesias o palacios de la nobleza cortesana– y alcanzarían precios inimaginables en las subastas de arte. Hablaremos hoy de todo lo vinculado con la cerámica y mañana continuaremos, porque no todo es cerámica en Talavera de la Reina.

Menos aún pensarían que ese arte (lo de artesanía parece rebajar su mérito) se seguiría realizando con el mismo amor y dedicación con el paso de muchas generaciones y que los avances de la tecnología sólo contribuirían a que el pedal del torno se mueva con electricidad en lugar de con el pie del alfarero, o que el horno alcance en minutos los más de 1000 grados que se necesitan, en lugar de calentarlo durante horas con leña y carbón… Pero la esencia sigue igual: la arcilla se sigue mezclando con agua a mano y se tamiza hasta obtener un barro sin impurezas, la pella de barro se calcula a ojo y con los dedos se matiza su densidad, en el torno se le da forma mientras se observa, como una especie de magia, cómo se estiliza o engorda a voluntad del artista que con los dedos expertos crea ondulaciones en los bordes, o añade asas o pitorros según sea su utilidad, y cómo después las piezas, una vez secas en la solera y tras un primer cocido en el horno, se bañan de esmalte blanco sobre el que se harán los dibujos con la ayuda imprescindible de una caña seca que dé seguridad a la mano con el pincel bien afilado, para que no tiemble y el dibujo quede perfecto (lejos ya los tiempos en que esos pinceles se hacían con pelos de la barba de los chivos, atando a un mango un manojo de seis o siete pelos largos). De ahí pasan las piezas de nuevo a un horno donde quedan terminadas y se comprueba, con cierta intriga, si el resultado se corresponde con lo que el artista quiso plasmar.

Ahora solo falta venderlas, que es la tarea más difícil. Sorprende comprobar que muchas de estas piezas, con la complicada elaboración que tienen detrás, se vendan a precios ridículos en las cada vez más escasas tiendas especializadas. Parece que los objetos de plástico o cristal barato están ganando el terreno a estas obras de arte… Una pena.

No fue fácil conseguir que en 2019 se reconociese a la “loza” (así se nombra en la declaración oficial) de Talavera de la Reina como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. De hecho, se trató de una candidatura conjunta entre España y México, entre Talavera y Puente del Arzobispo por parte española y Puebla y Tlaxcala de México, donde llegó este tipo de cerámica de la mano de una familia talaverana a finales del siglo XVI. No son frecuentes este tipo de candidaturas, aunque el año siguiente, 2020, el dátil y la palmera datilera se consideró también Patrimonio Inmaterial en una candidatura avalada por… 14 países.

El argumento de la UNESCO para reconocer la cerámica de Talavera como Bien de Interés Cultural (BIC) fue: “Las profesiones de alfarero o barrero y pintor conviven en una organización gremial que permanece inalterada desde hace siglos, y sus conocimientos se han transmitido de generación en generación a través de una clara organización gremial de maestros, oficiales y aprendices”. Y añade que “la relación de los talaveranos con la cerámica trasciende a la búsqueda de un modo de vida. Este patrimonio inmaterial dota de personalidad a la población”.

Y, en efecto, al pasear hoy por Talavera de la Reina, la cerámica sale al encuentro. Por supuesto, se puede descubrir en el interior de varias iglesias, en el hall de algún hotel, en las fachadas de las tiendas (hay uno precioso en una céntrica churrería) y en muchos otros lugares. Pero lo más original son los murales de grandes dimensiones al aire libre, muy próximos entre sí y todos cerca de la ribera del Tajo. Hay una ruta organizada por siete de ellos. Entre los más espectaculares y de trazado tradicional, está el de la Historia de las Mondas, una fiesta tradicional que tiene lugar en abril, que se encuentra junto a la Iglesia de Santa Catalina. Realizado por Antonio G. Cerro, tardó más de año y medio en su creación y elaboración. Nada menos que 1515 azulejos cubren una superficie de más de 20 metros de largo por 3 de alto. Muy cerca está el de Pescadores del Tajo, frente al Puente Romano y al lado del Museo Etnográfico, del mismo autor y de dimensiones parecidas. Como curiosidad, simulando olas del río y redes, se encuentran los nombres del millar largo de ciudadanos que abonaron 15 euros para apoyar el trabajo, que era el coste de cada azulejo. De estilo más moderno y de menor tamaño, llaman la atención el Mural de los Deportes de Nicolás Varas y el Mural Libertad, otra vez del polifacético Antonio Cerro.

La cerámica es, otra vez, el hilo conductor para seguir descubriendo los secretos que guarda Talavera de la Reina y que está deseando mostrar a sus visitantes. Y ahí está, por ejemplo, la Basílica de Nuestra Señora del Prado, patrona de la ciudad, que fue denominada por el rey Felipe II “Reina de las Ermitas”, y alberga una larga tradición devocional y artística. Los talaveranos la conocen como la “Capilla Sixtina” de la cerámica, aunque el título procede también de Felipe II. A lo largo de todos sus paneles exteriores e interiores se puede contemplar un recorrido por la historia de la cerámica talaverana. En el pórtico principal hay un friso con escenas muy bellas de Adán y Eva y varios motivos religiosos, y destacan también los púlpitos. Junto a la basílica están los Jardines del Prado, lugar de devoción religiosa, esparcimiento, ocio y belleza natural, con una arboleda ordenada, que junto con la frondosa alameda que existía en los jardines adyacentes, junto al Tajo, constituyen un verdadero reclamo para el aprovechamiento ocioso y el disfrute de los talaveranos. Lamentablemente algunas podas excesivas, problemas con el presupuesto y el cambio de gobierno en el Ayuntamiento, han obligado a que buena parte del parque se encuentre cerrado al público y en obras.

También hay bellos murales de cerámica, aunque en menor medida, en la Iglesia de Santa María la Mayor, conocida como La Colegial, aunque ya no es Colegiata. Son el retablo del Cristo del Mar y en el de los Santos Mártires, obra de Ruiz de Luna. El espectacular claustro, alberga los restos de Fernando de Rojas, autor de La Celestina, nacido en La Puebla de Montalbán y notable habitante de la ciudad de la cerámica debido a que ejerció varios cargos, como el de alcalde mayor de la villa. Lo recuerda una escultura frente al antiguo Ayuntamiento a unos pasos de la iglesia en la Plaza del Pan, uno de los espacios más bellos de Talavera y centro neurálgico de la ciudad. Una plaza de rústica apariencia y de estilo renacentista, que fue embellecida por los colores de las cerámicas que se encuentran en bancos, fuentes, zócalos y cenefas.

No faltan bellas iglesias en el recorrido por Talavera: el Convento de Santa Catalina, la Antigua Iglesia de San Salvador de los Caballeros hoy convertida en Centro Cultural El Salvador, el convento de Santa Catalina, que estuvo cerrado durante 44 años y que se ha rehabilitado y abierto de nuevo en 2018. Entre sus joyas patrimoniales, destaca la escalera volada que da acceso al coro, su sacristía de planta octogonal, los grandes contrafuertes que construyó Juan de Herrera, el afamado arquitecto del monasterio de El Escorial, el retablo barroco con dos impresionantes ángeles de mármol en lo alto y los frontones segmentados de gran belleza del altar mayor. En la terraza superior se obtiene una espléndida vista de Talavera, presidida por el sinuoso cauce del Tajo y sus puentes. El aspecto actual de la iglesia es de 1620. También la antigua iglesia San Agustín el Viejo del siglo XVII, con la fachada en el estilo llamado «Barroco de ladrillo», arquitectura muy típica en Talavera, en el corazón del Casco Antiguo y uno de los lugares más entrañables, proyectada hoy como ampliación del Museo de Cerámica Ruiz de Luna.

Por cierto, si se quiere conocer la historia y los diferentes estilos de la cerámica de Talavera, el Museo de Cerámica Ruiz de Luna es el lugar adecuado. El museo alberga en su mayoría la colección personal del ceramista Juan Ruiz de Luna (1863-1945), compuesta por valiosas piezas y paneles salidos de sus propios talleres de Nuestra Señora del Prado abiertos desde 1908. La colección sirve de recordatorio tanto del esplendor vivido por la ciudad durante los siglos XVI y XVII gracias a su producción cerámica como de la ingente obra de Ruiz de Luna. Esta última se desarrolló desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX y su objetivo era recuperar, junto a otros ceramistas de la ciudad, la fama para la alfarería talaverana, inspirándose en los modelos que la dieron prestigio en siglos pasados.

Y mañana seguiremos con el tema, como anunciábamos al principio, porque no todo es cerámica en Talavera.

Juan Luis Recio

Blogger gastronómico y de tendencias, crítico de vinos (XL Semanal), letrista, sociólogo, mensista, poeta

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