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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (XIV)

Ángel Sáez García 30 May 2013 - 14:00 CET
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EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XIV)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

De todo hay en la viña del Señor; como en botica.

Nadie (ninguno de los seres humanos que fueron, que somos o que serán), independientemente de que nuestro comportamiento haya sido, de manera asidua, habitual, digno de leer y de loor, esto es, exquisito, está libre de tener un día malo y hasta pésimo. Si a ti o a mí nos conocen el peor día de nuestras respectivas vidas, aquel en el que se nos cruzaron los cables o no demos pie con bola, la opinión que las/os demás tendrán de nosotros no sólo será mala sino deleznable, y, en lógica consecuencia, nuestra estima, prestigio y/o reputación se encontrará/n (los hallaremos), evidentemente, por los suelos.

Si te contara lo que viví ayer (si dispusiera de más tiempo, lo haría minuciosamente, al detalle, pero ahora lo principal es cuidar de quien me alumbró), quince de abril, desde las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde a las siete y media, dirías que exagero, que soy proclive a la hipérbole. Pues sí, pero, excepcionalmente, sin duda, en este caso concreto, no. Grosso modo, a mi madre le tienen que hacer mañana un análisis de sangre (así se lo pedía el urólogo en el informe de alta —le habían tenido que inyectar insulina en el hospital— al médico de familia de mi progenitora, para controlar el azúcar y seguir el protocolo de la metformina). El galeno, tras hacerle el abajo firmante un pormenorizado relato de los diversos dolores y males de mi madre, me envió al mostrador del Centro de Salud “Santa Ana”, de Algaso, con el papel de color verde para que una de las dos señoras o señoritas que lo atendían me lo gestionara. La que me tocó en suerte me dijo que la asignación de día era imposible, porque ellas estaban citando para el siete de mayo y me largó un papelito que contenía el teléfono de cita previa del recinto hospitalario algasiano. Tras acudir a la farmacia habitual para que me dieran las referencias (que desconocían tanto el nuevo médico de mi progenitora como la enfermera —fue así, tal y como te lo cuento— de las bolsas de la orina —de día y de noche— y marchar uno de mis hermanos, “el Chato”, al “Reina Sofía” para ver qué pasaba con el análisis, sin conseguir solventar el affaire, volví al citado Centro de Salud, acompañado de mi hermano, esperamos a que saliera, al parecer, el último de los pacientes y, de consuno, le hicimos saber y/o ver (yo le leí de nuevo la parte pertinente y relevante del informe) qué le mandaba el especialista. Escribió estas tres letras versales, tres, URG, o sea, urgente, en el papel y lo firmó y, a renglón seguido, los tres fuimos al mostrador. De allí se había ausentado la señora o señorita que me atendió la primera vez y la diligencia la realizó la otra. Casi tres horas nos costó a mi hermano (a él, menos, es cierto) y a mí clarificar el proceso, darle la apetecida solución al asunto.

Si Franz Kafka estuviera aún entre nosotros y hubiera tenido conocimiento del hecho y a quien nació en Praga le hubieran nacido ganas de trenzar sobre el caso, podría haber escrito otro texto absurdo, parecido a “El proceso”.

He decidido no hacer mención en esta epístola de los nombres y apellidos verdaderos de algunos de los protagonistas del sinsentido que vivimos y sufrimos “el Chato” y yo por la razón que he aducido arriba. Tal vez, ni el galeno, ni la enfermera, ni una de las dos señoras o señoritas del mostrador tuvieron ayer su mejor día.

Así es; como urdes. A veces, la realidad supera a la ficción, a la novela o al cuento más inverosímil.

Como tengo claro, cristalino, mi orden de prelación, me extraña en extremo por qué otras/os, una de dos, o no lo han establecido, o lo han coronado desastradamente.

En todos los sitios (esté uno en un parque o una plaza de Zaragoza o se halle el mismo en una calle de Gerona) en las relaciones interpersonales lo que debe primar es procurar no molestar a las/os demás, hacerles la vida más fácil. Bueno, pues, en ocasiones, uno tiene la sensación refractaria de que el principio que parece regir las actitudes humanas y/o seguirse es el incorrecto o torticero, quiero decir, perjudicar, a todo trance, a las/os otras/os.

Como he sido un paciente paciente, tengo asumida la doble condición del (o de la) ídem, pero no la del acompañante o familiar del (o de la) tal.

Te agradece tus palabras taumatúrgicas (poseen propiedades lenitivas) quien te saluda, aprecia y abraza,

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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