EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCIV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Ayer hubo actuación en el cíber-café “Praga” y esa es la causa o el porqué de mi retraso en contestar tu comentario.
Si no leíste el soneto antes es por la simple razón de que no te lo envié, como tal acción, hasta hace apenas unos días, solía hacer (con uno, dos y hasta tres días de antelación sobre la fecha de su publicación). La atención y el cuidado de mi señera y señora madre, Iluminada, enferma, es el quid de dicho hecho. No dispongo de tanto tiempo como antes para dedicarle a mi amada y amante literatura y a mis dilectos deudos y amigos. Ergo, insisto, tú no eres culpable (no te reproches tal cosa) del mentado acontecimiento, que no miento.
Te agradezco el elogio (pero dos párrafos enteros acaso sean demasiada alabanza). De cuando en vez (o de vez en cuando), el halago viene como impar truco de mago, que te deja estupefacto. No resulta moco de pavo verse comparado con el genial Garcilaso.
Acepto tu parecer de que debía haber pulido el tercer verso más de lo que lo hice. Ahora bien, discrepamos (no abundamos en todo), porque, para el crítico que (también, sí) contengo y dio por bueno el citado endecasílabo, el susodicho no solo lo estaba, sino que lo sigue estando, pulido.
Parece mentira, pero no lo es, porque hoy he coronado o dado por bueno o ultimado otro soneto. Lo he titulado “Amar es el cimero mandamiento”.
Ciertamente, en la piel de toro puesta a secar, durante los muchos años que duró la dura posguerra, ocurrió así, tal y como refieres. Ahora bien, donde no había fábrica y sí campo, se iba indefectiblemente al segundo, acompañando al padre, si el muchacho aún era tierno, o solo, si ya conocía el percal y había dado el definitivo estirón.
De esa guisa aconteció con nosotros. Unos, quienes aprovechamos los años de estudio, seguimos con ellos; y otros, quienes no, se tuvieron que poner, pues no había otra alternativa por la que optar, a trabajar (en lo que fuera). De esa época, los primeros años de la recién estrenada democracia, es la clásica, por proverbial, pregunta de discoteca que hacían muchas féminas en edad de merecer: ¿Estudias o trabajas? Muchos, entre los que me incluyo, que no tuvimos juventud (quiero decir, que no la disfrutamos tanto como otros jóvenes coetáneos o contemporáneos), hicimos ambas cosas: estudiar (durante la semana) y trabajar (los fines de semana).
Como no tengo hijo/s, carezco de criterio (la experiencia es un grado) al respecto. Si lo/s hubiera tenido, acaso hubiera homenajeado a John Wilmot, al recordar lo que sigue, que él aseveró: “Antes de casarme tenía seis teorías sobre cómo educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría”.
La vida sigue demostrando un día sí y otro también que, o te dedicas en cuerpo y alma a algo, o te esfuerzas en lograr esto, eso o aquello, en definitiva, o te sacrificas (en resumen, cumples con el requisito inexcusable del DES) o no conseguirás nada (de nada). Acaso puedas tener un golpe de suerte (te toque el premio gordo o máximo en cualesquiera juegos de azar), pero eso siempre les ocurre a los demás, nunca a uno/a, servidor/a.
No le deseo el mal a nadie (incluidos la Panto y el Wert, como tú los llamas o nombras).
No sé si has usado la ironía (el sarcasmo o la sorna) para despedirte (al hacerlo casi, casi, como un “nini”) en el comentario que se ha cortado, pero a mí, por otra vía, me ha llegado entero (“Abrazos, sin que me cueste trabajo dártelos”).
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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