EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Así es; como bien deduces, dichas fórmulas árabes contienen un saludo y una despedida que destilan o rezuman paz. Como sabes, solo quien es fiel a su conciencia halla la paz omnímoda, esa paz serena, sumo deleite del espíritu, que es el galardón que lleva aparejado todo comportamiento decente, decoroso, la pura prez. Solo quien está en paz consigo misma/o logra estarlo también con sus semejantes, las/os demás.
Para pensar bien, conviene conocer la historia (los hechos concretos y fehacientes que acaecieron, no los falaces o legendarios). Quienes la/los conocen acaso puedan obrar más acertada y convenientemente en el futuro que quienes no. Así que puede que iteren los mismos yerros o puede que hayan aprendido de ellos y no los repitan.
Para solucionar un problema complejo, poliédrico, como el que nos ocupa, no hay soluciones ni fáciles, ni sencillas, ni simples. Ahora bien, te daré mi opinión, aunque para otro/s esté equivocada en todo o en parte, al respecto, por si sutilmente me la reclamabas.
Siempre y cuando uno (Occidente, Europa, Francia) haya decidido que lo lógico y normal, ante un ataque de DAESH (ISIS), es defenderse de otro, probable, la única táctica defensiva posible contra el terrorismo, como hemos aprendido en España, tras sufrir los rigores de casi medio siglo de atentados (de) etarras, de erratas, de ratas, es la firmeza de que nada van a conseguir con el uso del terror y tener las cosas claras: solo quienes tienen la razón de su parte, si demuestran que no son cobardes, sino fuertes (porque a la razón de la fuerza oponen la fuerza de la razón), ganan la partida a quienes mueren acribilladas/os, inmoladas/os o, tras ser juzgadas/os, en el trullo.
Me temo que tú, cuando seas mayor, no vas a ser una excepción a la regla; ergo, lamento confirmarte (sin ser obispo ni un sacerdote especialmente habilitado por el susodicho para llevar a cabo tal menester) que difícilmente (salvo cuando recuerdes sucesos que —te— acaecieron durante aquella etapa de tu vida, volverás al divino tesoro de tu juventud) serás joven, aunque desees serlo con todo tu ser. Si me permites hacer una paráfrasis con una frase certera del genial Miguel Ángel Buonarroti (“Es un pobre hombre quien manifiesta gran anhelo de ser rico”), es un anciano con alzhéimer el ángel que reivindica su derecho a ser, de nuevo, joven o, seguramente, Jesús (ese que yo sé), mi escoliasta predilecto, el más coñón de mis amigos cornagueses.
No te recomiendo esos orgasmos que refieres, inanes, insustanciales; suelen cursar con sendas y sumas tristezas tras los “aquí te pillo, aquí te mato”, quiero decir, los vanos y raudos coitos, aunque, ciertamente, los romanos no distinguían entre los mentados y solían aducir que siempre, o sea, siempre, “post coitum omne animal triste est”.
Lo que se rompe, si tiene arreglo (si en “La celestina”, su autor, Fernando de Rojas, habla de quien tenía por oficio recomponer virgos, hímenes, debe haberlas/os hoy tan buenas/os y aun mejores que entonces), es susceptible de recomponerse; ahora bien, tengo para mí que, si lo que se hace añicos no se arregla a su debido tiempo, se pudre, se corrompe.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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