RELATO DE SUCESOS FEHACIENTES (I)
Y ALGUNAS REFLEXIONES AL RESPECTO
La tarde del pretérito 20 de marzo de 2021, pasadas las ocho menos cuarto, por tercer sábado consecutivo, Diana, Pío, Pacho y el abajo firmante nos juntamos en el interior de una cafetería del Paseo de Invierno (la terraza estaba vacía, porque Eolo soplaba con fuerza y aun con furia —aunque, de un tiempo a esta parte, no me canso de hacerme y hacer a otros (sean ellas o ellos) la misma pregunta, nadie ha sabido argumentar razones de peso y, por ende, convencerme, de en dónde se genera o nace el viento y dónde pierde fuelle y muere—) para comentar cómo nos había ido la semana (yo recuerdo que hice referencia a la última ficción que había ideado y urdido esa misma tarde) y tomar lo que cada quien quiso: una infusión la fémina, y sendas cañas de cerveza los tres varones. Nosotros repetimos consumición. Estuvimos allí una hora escasa. Luego, cada cual regresó a su casa.
A mediodía del miércoles 24, Pío me llamó por teléfono para comentarme, grosso modo, que el día anterior, tras regresar del trabajo, a eso de las seis de la tarde, estando tomando un café en compañía de Diana, se había sentido cansado, sin fuerzas; que había pasado mala noche; y que había ido al centro de salud, que le habían hecho la PCR y había dado positivo en COVID. Le había referido al rastreador que Pacho y un servidor habíamos coincidido con él y su pareja, Diana, como queda arriba expresado. Diana también había dado positivo.
Pío, desde que tuvo confirmación del hecho, seguramente, no ha dejado de especular en torno a dónde pudo contagiarse y de quién, pero no le consta, de manera fehaciente, a quién achacarle el marrón; además, entiende que quien lo contagió lo hizo sin querer (eso, al menos, es lo que quiere creer y seguir creyendo, claro, y a pies juntillas).
A las 16.15 horas recibí un SMS del rastreador, en el que me decía: ÁNGEL (sin tilde) S. G. ha sido identificado como contacto estrecho de persona con COVID. Debe permanecer aislado”. A renglón seguido, un minuto después, el rastreador se puso en contacto telefónico conmigo para decirme que tenía que subir a uno de los dos módulos anejos al servicio de Urgencias del Hospital “Reina Sofía”, de Tudela, para que me tomaran una muestra (en realidad, dos; una, de la garganta y otra de las dos fosas nasales) a fin de hacerme la prueba de PCR; y que, fuera el resultado de la misma el que fuera, positivo o negativo, debía permanecer aislado en casa hasta el día 30, día de mi cumpleaños, que me hicieron la segunda PCR.
Subí y bajé de allí andando, para evitar contagiar, en el caso de ser un positivo asintomático, a quien me subiera y/o bajara (pues no podía coger el autobús urbano, y yo no tengo coche; por no tener, carezco hasta de carné de conducir), ya deudo o familiar, ya taxista.
A las 14 horas del jueves 25, recibí el segundo SMS del rastreador, que decía así: “El resultado de la prueba COVID de ÁNGEL (ídem) S. G. del 24/03/2021 ha sido negativo. Siga las recomendaciones que le han dado en cuanto a aislamiento”.
Confieso que la noche del miércoles al jueves no descansé bien (pero, en esta ocasión, por otras circunstancias o razones distintas a las asiduas, los ruidosos vecinos de arriba). Me noté inquieto (y es que la duda, la incertidumbre, no es un estado ideal para conciliar el sueño; no es una buena pareja de baile para alcanzar la tranquilidad del alma y saborear luego sus mieles; a pesar de que no dejaba de repetirme un razonamiento que otras veces me había servido y calmado: “Si tiene solución, por qué te quejas; si no la tiene, por qué te quejas”). Sentía los latidos del corazón en mis sienes. Mientras encaminaba mis pasos en dirección a los citados módulos, llevando la americana doblada en el brazo izquierdo (había quedado una tarde estupenda) iba hablando por teléfono con unos y otros, para atenuar o mitigar la tensión acumulada. Intentaba poner en práctica la lección que colegí o extraje de un impar adagio sueco, en concreto, el que recomienda compartir lo bueno y lo malo que nos ocurre así: “una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena”.
(Continúa.)
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home