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¿Enseñan las lecciones de la historia?

Ángel Sáez García 20 Jul 2021 - 14:00 CET
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¿ENSEÑAN LAS LECCIONES DE LA HISTORIA?

POR LO VISTO Y OÍDO, SOY ESCÉPTICO

RELATO FEHACIENTE DE SUCESOS

“Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia”.

Aldous Huxley

Los hechos que me dispongo a narrar aquí, a continuación, acaecieron el viernes pasado, 16 de los corrientes (mes y año), escasos minutos antes y unos pocos después de las 16 horas y 40 minutos (la llamada que hice a la Policía Nacional, al 091, quedó registrada en mi teléfono móvil a las 16 horas y 38 minutos; al parecer, me puse en contacto con Pamplona y el agente que me atendió derivó la llamada a Tudela).

Algunos minutos antes, como queda dicho arriba, de la hora indicada, pulsó el timbre anejo a la puerta de mi piso Ricardo, un vecino de la finca donde ambos vivimos; él es el dueño del Primero E. Abrí la puerta y, según le entendí, el niño que lo acompañaba, que solo vestía pantalones y calcetines (advertí restos de las lágrimas vertidas en sus pómulos) había tomado solo el ascensor (“descensor”, en este caso) de la comunidad y había bajado a la planta baja y se disponía a salir por la puerta de entrada (de salida, en este caso) del edificio a la calle.

Ricardo, aunque tenía prisa, se comportó humana y solidariamente (tiene un hijo de su misma edad); dedujo que el infante era hijo, sobrino o nieto de un propietario o inquilino (ella o él) de alguno de los pisos y anduvo buscando y preguntando. No sé si mi timbre fue el primero que tocó.

Por los rasgos de la cara de la criatura, de entre uno y dos años, al que le pregunté cómo se llamaba y creí entender que me respondió “Ney”, que no dejaba de gimotear y llamar a su madre, colegí que podía ser deudo, hijo o nieto, de la familia que vive en el piso inmediatamente superior al mío, esto es, el Cuarto A. Ricardo subió, llamó al timbre, pero nadie contestó ni abrió la puerta, que, si la había dejado el niño entreabierta, se había cerrado. Como Ricardo volvió a tocar mi timbre, decidí, antes de llamar a la Policía Nacional, pulsar el timbre del Tercero C, pero, igualmente, nadie contestó ni abrió la puerta. Así que me vi impelido a llamar al 091, para que los agentes de dicho cuerpo intentaran solucionar el desaguisado o desmán.

Mientras Ricardo se quedaba con el “muete” (así llamamos en Tudela al que en otros sitios nombran mocete o muchacho), yo bajé a la puerta de entrada para abrirles la susodicha a la pareja de agentes que se desplazó hasta la finca. En el preciso momento que abría la puerta vi que había llegado la presunta madre del niño con el perro, que había sacado a pasear (en puridad, a que hiciera sus necesidades).

Un policía se quedó con la madre y su hijo y otro con nosotros. Este nos pidió (primero a mí, y luego a Ricardo) que le entregáramos el DNI (Ricardo, tras aducirle que tenía mucha prisa, se fue), que le di. Cuando terminó de tomar mis datos, me lo devolvió y lo guardé en la cartera.

Como el hecho entrañaba una evidente indigencia ética/moral (esto lo reputo inobjetable), le comenté al miembro del citado Cuerpo de Seguridad del Estado, quinto mío, según me adujo, pero él no había cumplido aún los 59 años, que la madre merecía por su comportamiento irresponsable una reprimenda y hasta un rapapolvo.

No tengo perro; no sé cómo se comportan los canes, pero la madre procedió de un modo equivocado, porque, inconscientemente (quiero pensar así, del modo menos lesivo para ella), prefirió dejar a su hijo solo en casa (no sé si durmiendo la siesta; la vestimenta no sé si era la adecuada para dicho fin; o despierto y jugando a lo que fuera) ¿a sacar al perro para que hiciera sus necesidades? ¿No tendría que haberse llevado también al niño (por lo que pudiera pasar, como así ocurrió)? Todo lo acaecido me lleva a preguntar al atento y desocupado lector, sea ella o él, y a preguntarme a mí si no nos estaremos volviendo idiotas, imbéciles. Lean, si pueden, “La fábrica de cretinos digitales: Los peligros de las pantallas para nuestros hijos”, de Michel Desmurget; acaso entre sus páginas encuentren más de una razón de peso. ¿Por qué del abierto abanico de posibilidades la madre optó por la varilla u opción peor?

Sea o se sienta él, sea o se sienta ella, esto le recomiendo, lector cauto, mediante endecasílabos sin rima, que anote la lección en su libreta (o guarde ese diamante en su memoria): entre dejar a su hijo solo en casa y al can sacar para que cacas haga, ojalá usted siempre opte por lo justo.

Aunque uno sabe que hizo lo adecuado/oportuno, que elogie alguien su gesto nunca sobra. Supongo que el bochorno le ha impedido a la progenitora coronar lo que hace el bien nacido, agradecer que culminaran otros su tarea.

Como colofón, por si a alguien le sirve alguna vez de algo, dejo apuntados los preceptos del derecho, según la siguiente definición que dio Ulpiano: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere suum cuique tribuere” (“Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no dañar/molestar a nadie y dar a cada uno lo suyo”).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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