Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

¿Todos portamos al que fuimos niño?

Ángel Sáez García 02 Sep 2021 - 14:00 CET
Archivado en:

¿TODOS PORTAMOS AL QUE FUIMOS NIÑO?

“Prolongar la infancia, juntar al niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a ser, en eso consiste el secreto del arte y de la lucidez, tal como tantas veces les recordaba a mis alumnos”.

Luis Landero, en la página 105 de “El huerto de Emerson”.

Está claro que, seamos plenamente conscientes o no de ello, todos (hembras y varones) acarreamos, mejor o peor arropado, al niño que otrora fuimos; y ¡ay de aquel (ella o él) que no lo porte consigo! Seguramente, quien haya leído completamente, de cabo a rabo, la obra elegida por servidor para entresacar de ella un epígrafe, que saludara y diera la bienvenida a los párrafos que componen este texto, habrá llevado a cabo una de estas tres acciones: o apuntar en su libreta, o subrayar en su ejemplar, o ambas cosas, una detrás de otra, siempre que el susodicho fuera de su dominio o propiedad, en las páginas 104 y 105, esto: “en la escritura he encontrado acomodo para que viaje conmigo, en calidad de polizón, el niño de fui”. Una de esas tres cosas (puede que las tres, que, en puridad, cabe reducir a dos) hubiera culminado, asimismo, el abajo firmante, si el ejemplar de la mencionada obra de Luis Landero (que estuvo, está y estará, con razón de peso, ayer, hoy y mañana en el candelero), que he tenido entre mis manos, habría sido suyo y no un préstamo de la biblioteca pública de Tudela, como ha sido el caso, su verdadera propietaria o dueña.

Estando estudiando en Navarrete (La Rioja), entre los 13 y los 14 años, yo di un enorme estirón. A una de las monjas que nos lavaban la ropa en el convento de clausura de Entrena (allí íbamos los sábados con un educador, que conducía la furgoneta, a entregar la ropa sucia semanal y llevarnos la limpia y planchada, que iba estupendamente colocada o puesta en aquellas navetas de plástico duro, de color blanco, que usábamos para dichos menesteres y portábamos entre dos) le dije en uno de aquellos viajes (se lo pedí por favor) que me echara los dobladillos, porque los vaqueros, de color azul oscuro, que entonces utilizaba y vestía, se me habían quedado cortos. Se lo referí en voz baja a la sor que ese sábado nos franqueó la puerta y atendió y entendió el número, 135, de mi ropa.

Al sábado siguiente, comprobé, tras hacer el preceptivo reparto en el cuarto de la ropa, donde había unas estanterías y un lugar para colocar la de cada estudiante y, en el frente, su número asignado, que la monja, amén de gastar buen oído, una de dos, o tenía buena memoria, o anotó correctamente, para no olvidarlo, mi número; y, sobre todo, lo que me interesaba sobremanera, que el trabajo se había realizado de manera competente.

En Navarrete crecí todo lo que mido actualmente, 170 centímetros, si no he menguado alguno de los tales, que no me extrañaría nada (de nada), desde la última vez que fui tallado (que acaso ocurriera eso en el Ayuntamiento tudelano, con ocasión del sorteo para la mili).

Recuerdo, como si el hecho hubiera acaecido ayer, con una fidelidad pasmosa, que, durante la mañana de una fecha señalada, San José, día del padre y del seminario, en el que era tradición que nuestros progenitores se desplazaran al colegio para hacernos una visita y asistieran a la representación de las obras de teatro (que habíamos ensayado con tesón) y a otras actividades deportivo-lúdicas, que habíamos preparado también con mimo para dicha jornada especial, el padre de uno de los alumnos más jóvenes, al verme de espaldas (entonces quien redacta estas líneas hacía mucho deporte y estaba fuerte, como un toro de lidia), me confundió con uno de nuestros formadores, llamándome “padre” y pidiéndome información sobre dónde podía encontrar a su hijo, que no esperaba su visita, y él deseaba darle una sorpresa. Cuando me da por visionar fotos de aquel feliz trienio en Navarrete, mi cielo en el planeta Tierra, acabo reconociendo lo obvio, que aparentaba más edad de la que en realidad tenía.

El hecho mentado al final del parágrafo precedente siguió acompañándome durante algunos años más. Y, así, verbigracia, recuerdo que el día que fui al cine Versalles con mi difunto (a la sazón no, claro) hermano José Javier a ver la película “Fiebre del sábado noche” (1977), dirigida por John Badham y protagonizada, en sus principales papeles, por John Travolta (Tony Manero) y Karen Lynn Gorney (Stephanie Mangano), el portero le pidió el carné de identidad a él, a mi mecenas (seguro que pagó él las entradas de ambos), no a mí.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by