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¿Velarás mi odisea mientras sueño?

Ángel Sáez García 29 Oct 2021 - 20:00 CET
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¿VELARÁS MI ODISEA MIENTRAS SUEÑO?

   “No me dejes morir. / En tanto alientes, / víveme en tus recuerdos, / llévame de la mano hasta tu muerte, / cobíjame en tus sueños / donde yo velaré mientras tú duermes” son los seis versos (¡con qué poco puede decirse tanto!) del “Poema final” del libro que tituló “Poemaciones” su autor, el poeta aragonés, hijo predilecto de Paniza, Ildefonso Manuel Gil.

   Hoy, a eso de las cinco de la mañana, me he despertado ¿porque mi vejiga de la orina estaba a punto de estallar o reventar (las ganas de miccionar eran tantas y tan imperiosas que, aun con sordina, reclamaban a voz en grito que servidor procediera con perentoriedad a su raudo vaciamiento) o porque las menudas gotas de lluvia, que caían y golpeaban en ese momento con machacona suavidad los tejados de uralita de los pisos primeros A y E, hacían el mismo ruido que otras veces favorecieron que este menda pudiera conciliar más fácilmente el sueño?

   Me he decantado, sin dudarlo un instante, por la primera opción, porque llover, salvo que lo que caiga del cielo sean chuzos de punta, o sea, un aguacero o chaparrón, me calma o colma de paz, propiciando que Hipnos me dé amparo en sus mullidos brazos, me lleve a su palacio y tienda sobre la cama de una de las habitaciones destinadas por él para sus invitados y, a la vera de esa puerta (no delegará esta función en ninguno de sus centinelas), velará mi descanso, mientras duermo plácidamente y sueño que hago el amor con Amanda, que, qué cosa más rara, no tiene el cuerpo (no gasta la anatomía) de la fémina con la que yo solía retozar últimamente, el de Iris, sino, qué sorpresa, el de la mujer que no me echaba a los ojos desde hace mucho tiempo y volví a ver ayer (reparé en ella, en su estilizada silueta, cuando servidor doblaba una esquina), cuando me dirigía al Centro Cívico “Lourdes”, adonde acudí para recibir una clase teórico-práctica básica, a fin de poder auxiliar, con las pautas de actuación que nos dio Irene, una enfermera del Hospital “Reina Sofía” (HRS), de Tudela, a quien hubiera podido sufrir una parada cardiorrespiratoria o un atragantamiento, y proceder, de la manera correcta, a hacer una reanimación cardiopulmonar o una maniobra Heimlich, dependiendo de la edad del paciente (bebé, niño o adulto), claro.

   A mí, que hasta los veintitrés años, la lluvia no me gustaba (nunca lo había hecho; es más, la odiaba con todas mis fuerzas), empezó a hacerlo, a agradarme, de veras, mientras estaba en Zaragoza estudiando la carrera de Filología Hispánica y compartía piso, entre otros compañeros y colegas, con Javier Sanz, un defensor a ultranza de ella, que fue la persona que me sensibilizó al respecto e hizo el esfuerzo intelectual de invertir unos minutos de su tiempo en enseñarme a apreciar sus variopintas bondades. Por aquel entonces, mediados los años ochenta, comprobé y concluí que, además de la lavadora de carga superior que usaba mi madre para lavar las sábanas (seguramente, los sonidos que emitía la susodicha, cuando estaba en marcha, me recordaban o retrotraían a las ondas vibratorias que recibía este menda mientras estaba en el seno materno, durante mi estado fetal), oír llover (siempre que no fuera de manera impetuosa y recia) me ayudaba a dormir.

   Recuerdo un viaje relámpago (una escapada estival, de tres días, entre feria y feria, por el norte peninsular, Cantabria y Vizcaya) con mi amigo Luis Quirico Calvo Iriarte (pues ambos trabajábamos los veranos de camarero para poder sacar el dinero que nos permitiera seguir estudiando en la Facultad, él, en la de Medicina; y yo, en la de Filosofía y Letras), su novia, hoy esposa, Amaya, y la hermana de esta, en el que, durante el trayecto de ida, en su coche, estuvo lloviendo y a mí me dio por escribir un poema que titulé “TUS MORREOS SABÍAN A CANELA” y, si la memoria no me falla, decía, poco más o menos, así:

   Aquí los versos empáticos, / como límpidos espejos, / reflejan oda al llorar. / Aquí el celícola oscuro / resbala con sucesión / por el huso de mi rueca. / Aquí me reprocho, indigno / de vos, pasajero olvido. / Devolvedme mis desvelos. / Aquí el néctar de los dioses / y el estro ubérrimo de Iris / son de hacer gemir capaces, / tras resucitación rauda, / a quienquiera que respire / y recuerde ensimismado / a qué sabían tus besos.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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