SOY ADICTO A LAS FÉMINAS FETENES
(AUNQUE ALGUNAS RESULTEN SER FATALES)
Pasada una semana del suceso, recuerdo que, hace tiempo, in diebus illis, me preguntó un congénere morboso por mi adicción o afición más renuente, y yo le contesté, siendo sincero, que arrobaban las féminas fetenes, que, amén de auténticas antorchas (dan calor y luz a espuertas), cautivaban.
Bueno, pues doy inicio a tal relato. Y trenzo que allí hallé ángeles custodios (de los dos sexos, dos, en el infierno). Todos los nombres no los rememoro, pero no olvidaré los de Francisco, Javier y Emmanuel, trío competente; ni los de Jak y Cande, del Bellevue; ni los que en ambulancia me bajaron al HUC de Santa Cruz de Tenerife, Antonio y Amador; ni los de Maite e Isabel (a quien hay que amar o amar), que el quid son de que escriba estos renglones.
Acaso a lo que más aprecio tenga en esto, que llamamos vida, sea estar enfrente o al lado de una fémina que irradie que es humana, de primera (con vicios y virtudes, como Encarna, que tiene una sonrisa inmarcesible), y eso a este menda, servidor, conmueva, y mude su visión del mundo, inmundo.
El jueves ocho, mi segundo día de vacación en las Canarias Islas, pasadas las dos treinta de esa data, me desperté sufriendo otro episodio de acelerado corazón sin freno, o sea, auricular fibrilación, rápida, celerísima en extremo. Fui a urgencias; qué descenso yo hice al orco, y, cual Dante, me vi inmerso en tragedia. Fueron treinta angustiosas horas, treinta, pero, como ha pasado una semana (y recuerdo los gestos de esas féminas, sus gestas de mujeres superiores), parece que el infierno no fue tanto, y a censurar prefiero dar las gracias.
De mi agradecimiento ya di muestra el pasado y feliz martes y trece, que volvió a ser aciago para el mismo, para el irracional supersticioso.
Nota bene
La belleza fetén es invisible, pero a tu corazón íntegra arriba por diversos canales o conductos. ¿Acaso has olvidado cuanto urdió Antoine de Saint-Exupéry en su alhaja, para cualquier edad, “El principito”: “Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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