JOAQUÍN QUÉ SALERO HUMANO TUVO
Quien contrate, dirija y lidere a las personas que conformen su plantilla, el grupo humano que tenga que culminar o llevar a cabo las múltiples tareas que genere su negocio, el que sea, solo por criterios crematísticos, económicos, y olvide otras motivaciones, tanto o más importantes que las dinerarias, como que los trabajadores se sientan implicados en el proyecto empresarial y, sobre todo, que se encuentren a gusto, para que, de este modo, se hallen en la disposición idónea de dar lo mejor de sí mismos, echa en saco roto o por tierra una remuneración intangible, pero distintiva, pertinente y relevante, sin duda.
Quien haya trabajado para Joaquín Félix Martín y su esposa Teresa, en el bar “El Andaluz” (en alguna de las dos localizaciones que tuvo en Rincón de Soto, La Rioja), sabrá con total seguridad a qué me refiero.
Yo, verbigracia, hice mi primera feria, lejos de Tudela (me refiero a trabajar de barman o camarero), en dicho bar, durante las fiestas patronales de la citada localidad riojana, en honor de san Miguel, nueve días de mucho trabajo, pero que con el modus vivendi de Luis Quirico, mi ejemplo actitudinal a seguir (partíamos la jornada laboral en dos, pues las dos horas libres que teníamos, tras servir el café, él las solía dedicar a estudiar los apuntes de alguna asignatura de Medicina, mientras que yo aprovechaba para sestear y darme una ducha relajante, antes de retomar, de nuevo, las diversas labores que llevaba aparejadas dicho oficio), se hicieron llevaderos.
Como la mitad de la plantilla nos conocíamos, ya que yo convivía durante el curso académico con “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez; desde entonces son dos de mis mejores amigos), en un piso que compartíamos otrora con otros cuatro jóvenes más (convivíamos siete, sí, pues el susodicho era amplio) en la zaragozana Avenida de Valencia, cerca del recinto universitario, los inicios, siempre difíciles, en mi caso y la experiencia que ahora narro someramente fueron fáciles, pues si, como era de esperar, los conocidos me apoyaron y ayudaron, eso mismo ocurrió también con el resto de los compañeros, que me vi y sentí arropado por ellos.
No he olvidado qué cobramos, seis mil pesetas al día, que, multiplicadas por nueve días de trabajo, supusieron el no desdeñable monto de 54 mil pesetas, todo un capital entonces, pues recuerdo con fidelidad que poníamos, a la sazón, mil pesetas a la semana para comer (desayunar y cenar) por cabeza (solo cinco, porque dos lo hacían por su cuenta) y cinco mil pesetas cada uno al mes para pagar el alquiler, más los gastos de agua, luz y demás, prorrateados proporcionalmente, claro.
Está claro, cristalino, que el salario que recibíamos en “El Andaluz” era igual o menor que el que percibíamos en otros bares, pero el salero emocional, humano, que derrochaba Joaquín, que no era dinerario, contaba mucho, pues, aunque no fuera contante y sonante, era importante, tanto que hacía que nos decantáramos, invariablemente, por él y, año tras año, durante muchos, no faltamos a las fiestas rinconeras (que cambiaron de fecha), a la cita, con Teresa y Joaquín, en “El Andaluz”.
Yo siempre me he sentido orgulloso de haber trabajado para una “bella y buena persona” (como calificó a Joaquín mi padre, la persona más ponderada y ecuánime que me he echado a la cara), quien me abrió, de par en par, las puertas de sus dos casas, la propia y la de su negocio, “El Andaluz” (él era originario de Huelva), bar al que algunos empezaron a denominar por entonces “La Facultad”, pues más de la mitad de sus trabajadores extras acudíamos a alguna de las de Zaragoza a estudiar durante el curso académico.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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