HE VUELTO A SER DICHOSO, MUY FELIZ,
CON CUANTOS CONOCÍ ALLÍ, EN NAVARRETE;
CON CARCELLER, CON QUIEN REÑÍ, TAMBIÉN
Aunque, a eso de las cinco de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, acostumbro a merendar (regularmente, fruta, casi siempre una manzana Golden Delicious), hoy, ignoro el porqué, me ha apetecido cambiar y he optado por cortar con el cuchillo de sierra un trozo de pan y partir de la tableta de chocolate (suelo tener una, al menos, en la nevera) una tira de tres onzas o porciones.
Ergo, acaso haya sido el arranque o principio de este texto una mera copia o imitación de la magdalena proustiana, pues la sencilla y mentada merienda, pan con chocolate, asidua o habitual durante los tres años que estuve estudiando en el seminario menor de Navarrete, educado por los inmejorables religiosos camilos que me deparó el azar o tocaron en suerte, es, sin duda, la razón que ha favorecido o propiciado que, tras volverla a tener y sostener con mis manos, me retrotrajera en el tiempo cuarenta y muchos años, a mi tierna adolescencia en la localidad riojana citada arriba, donde fui inmensamente dichoso. Así que a nadie le debería extrañar que considere el trienio que pasé allí mi cielo o edén en el planeta Tierra. Los trozos de pan blando, del día, solían estar dentro de una banasta de mimbre y las tiras de porciones de chocolate en una bandeja enrejada de plástico verde (supongo que con el paso de los años esos utensilios mudarían, pero yo hoy recuerdo esos alimentos dentro de los mencionados recipientes). Dos o tres compañeros del último curso de la Educación General Básica, EGB, el octavo, se encargaban de hacer el reparto equitativo de dichas viandas.
Mientras le daba al chocolate y al pan sendos mordiscos, he tenido varios chispazos memoriosos y/o memorables, o sea, varias imágenes fotográficas del pasado han devenido presentes. Y me he visto dando vueltas y más vueltas a la chopera, tras haber ido y venido de Fuenmayor corriendo. ¿Cuántos kilómetros hacía a diario de esa guisa entonces? ¿Diez, doce? Me he visto sacando el balón del área pequeña de mi portería y llegando al área grande de la contraria (cuando había dos campos de fútbol, claro; luego estos se fundieron en uno, de dimensiones casi casi reglamentarias). Me he visto metiendo goles olímpicos, sí, desde los dos córneres de la portería opuesta, tras pegarle a la pelota con efecto con los pies de ambas piernas (alguno de ellos fue grabado). Y aquí no miento ni siquiera un ápice o pizca, porque mis compañeros de otrora, salvo los tristemente finados, si gastan mi memoria de elefante y son preguntados, corroborarán o ratificarán, punto por punto, cuanto acabo de narrar aquí, pues todo ello es indubitablemente cierto, fetén.
He vuelto a ver cómo mi mejor amigo allí, José Luis Álvarez Santaolalla, que seguirá estando vivo mientras lo recuerde (aún sigo soñando esporádicamente con él, reviviendo algunas de nuestras gestas de antaño), partía la manzana del postre con la ayuda del cuchillo en cuatro partes y las pelaba e ingería así, una porción tras otra. Su forma de trocear y mondar la susodicha pieza de fruta me ha servido luego como estrategia o procedimiento (no, no miento) para hacer otro tanto con los problemas (si estos eran susceptibles de ser divididos), que he intentado achicar para solucionarlos más fácilmente, cuanto antes, sin tener que procrastinarlos.
He vuelto a escuchar el ruido característico que hacía Jesús Arteaga Romero, a la sazón director del colegio, cuando caminaba por los pasillos del edificio, acercándose o alejándose, pues coronaba tal menester ayudado de una prótesis. Y su insólita referencia a que le dolía el dedo gordo del miembro amputado o fantasma, asunto que a nosotros, sus alumnos, meros iniciados o pipiolos, nos llamaba poderosamente la atención, pues resultaba increíble.
He vuelto a ver cómo blandía nuestro profesor de latín allí, Daniel Puerto, la proverbial varilla (¿de fresno?) que usaba en clase para medir los tres segundos que nos concedía a nosotros, sus discentes, para que pudiéramos dar respuesta certera a la pregunta que nos había formulado (si no lo hacíamos en ese breve lapso de tiempo, pasaba el turno al siguiente colega o compañero), cuando formaba corro con nosotros, ad libitum. Recuerdo que Santaolalla, de natural nervioso, un día le agarró la varita, no para arrebatársela, sino para que dejara de computar los tres segundos de rigor. Ese hecho enfadó sobremanera a Daniel. Acabada la clase, Santaolalla, contrito, le pidió perdón y Daniel, conocedor del percal, se lo concedió ipso facto.
He vuelto a ver la sonrisa en el rostro de quien nos dirigía, Pedro María Piérola García, mientras quienes formábamos el elenco de la obra, remozada, ensayábamos y nos salía a la perfección, redondo, el sainete versionado de Joaquín Castro Les, “La bolsa o la vida”.
He vuelto a recordar anécdotas con Salvador Pellicer, con Ezequiel Julio Sánchez, con “Chema”, con “Lanse”, Baquero (con be, sí) y José de las Heras (cuyo cadáver, colocado dentro del féretro, en el recibidor, donde estaba el teléfono, que usábamos cuando recibíamos llamadas, fue el primero que vieron mis ojos), con el “matraco”, con…; cómo me aprendí las reglas de ortografía (las canónicas y las originales, que no he olvidado y se sacó de la manga ese ilusionista que fue Piérola, a quien le viene como anillo al dedo y encaja o cuadra el mote de “Golosinas”, que, hace décadas, ideé para él, pues era cuanto acostumbraba a llevar encima, una bolsa de chucherías, que repartía entre nosotros, mediaran previos juegos de mesa o de otro jaez); cómo le daba vueltas a la manivela de la multicopista para sacar las páginas que compondrían la nueva revistilla. Por cierto, ¿dónde cabe hallar o están los ejemplares de los números editados durante los tres años que estuve allí, que necesito, de manera perentoria, para espabilar un montón de recuerdos adormecidos y poder escribir así la novela que anda rondándome, desde hace tantos años, mi caletre?
En definitiva, itero lo que dejé apuntado arriba, he vuelto a ser inmensamente feliz, como dichoso fui entonces, mientras transcurrían los tres últimos años de la extinta EGB, que cursé con cuantos formadores y compañeros tuve allí; con Carceller, con quien reñí, también.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home