EL MEJOR ESCRIBANO ECHA UN BORRÓN
Recuerdo (cómo olvidar tan bochornoso y morrocotudo yerro) que fue uno de los mejores compañeros de estudios y de piso que he tenido a lo largo de mi vida (nunca dejaré de estarle agradecido; jamás me libraré de la deuda que otrora contraje con él, pues fue quien, tras haber planteado el trabajo de Psicología del Aprendizaje al alimón, de mancomún, corrió con la redacción en solitario —este menda andaba entonces atareado con otras labores, de las que, por cierto, estuvo, quedó y se sintió muy orgulloso— de dicho menester, asignatura o materia del doble curso del Certificado de Aptitud Pedagógica, CAP, que seguimos juntos en el Instituto de Ciencias de la Educación, ICE, de la Universidad de Zaragoza) quien, muchos años después, tras haberle remitido a su dirección de correo electrónico uno de mis textos en prosa, me afeó un error garrafal, pues el abajo firmante de estos renglones torcidos había confundido un halla (del verbo hallar) con un haya (del verbo haber). La crítica, merecida, me sentó como una coz en la boca del estómago, seguida de un tiro a bocajarro, pero, a la larga (¡de cuánto me sirvió!), me vino de perillas o de perlas (vista ahora, esto es, con una perspectiva distante y distinta a la de otrora). Rememoro, asimismo, otro yerro, que me señaló uno de los mejores docentes que he tenido, Jesús Arteaga Romero, quien, estando estudiando servidor en el seminario menor que regentaban a la sazón los religiosos camilos en Navarrete (La Rioja), hoy Hotel “San Camilo”, me subrayó con la ayuda de un bolígrafo rojo que me había comido la u de pliegue, pues yo había escrito en un examen de Ciencias Naturales “pliege”.
El párrafo anterior viene a cuento de lo que sigue. Antonio Muñoz Molina, AMM, en la tribuna de Opinión que lleva el rótulo de “Primeras y últimas veces” y apareció publicada el sábado 10 de diciembre de 2022 en la página 13 del prestigioso diario EL PAÍS, habla de que (así la arranca él, precisamente) “la vida de cada uno está punteada de primeras veces y últimas veces, casi nunca recordadas, ni siquiera advertidas en el momento justo en que suceden. Yo recuerdo la primera vez y la última vez que fumé un cigarro”. ¿Cabe añadir algo? Sí, amén.
Desconozco si ha sido la primera vez, pero me apostaría con quien fuera doble (caña o café) contra sencillo a que es la última vez que AMM comete el mismo error (si este, a la postre, resulta achacable a él; pues el autor de “Beatus Ille”, apenas unas líneas más abajo de las arriba citadas, las del inicio, asevera que “una primera vez puede ser también una última vez”). Y es que el cuarto párrafo de su colaboración sabatina comienza así: “Llega el tren lleno de gente y no haya (sic, en lugar del correcto halla, seguido de la preposición a) nadie entre los pasajeros que no esté inmerso en la pantalla de un teléfono móvil”.
Está claro, cristalino, que, como dejaron escrito en letras de molde los latinos, “errare humanum est” (“errar es humano”), pero el latinajo continuaba así: “sed perseverare diabolicum” (“pero perseverar —se sobreentiende, en el yerro— diabólico”). AMM es un excelente escritor, uno de los mejores, pero, al ser un ente humano, no está libre de meter la pata hasta el mismo corvejón; eso es lo que viene a decir la paremia española que airea esto, que hasta “el mejor escribano echa un borrón”, como eso le acaeció a Homero (“quandoque bonus dormitat Homerus”, o sea, “de vez en cuando el bueno de Homero se duerme en los laureles”, como se lee en el verso 359 de la “Epístola a los Pisones” o “Arte Poética”, de Horacio) y hasta el propio Cervantes (con el rucio de Sancho Panza), inmortales. Puede que AMM hubiera querido escribir “no hay nadie”; pero, como uno lee lo que está escrito, acaso la culpa la tenga la mala enmienda llevada a cabo por un corrector (humano o maquinal, instrumental).
Del contenido de la tribuna de AMM no tengo nada que comentar o, como mucho, agregaré otro amén aquiescente, para que no le falte pareja de baile al anterior, mencionado arriba.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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