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Don Carlos me enseñó un montón de cosas

Ángel Sáez García 19 Ene 2023 - 14:00 CET
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DON CARLOS ME ENSEÑÓ UN MONTÓN DE COSAS

HASTA CÓMO MORIR SIN DAR LA LATA

Hace bastantes años comprobé que, del total de barruntos, intuiciones y sospechas que me nacían con respecto a las personas nuevas que entraban en mi existencia, en una mitad acertaba y en otra marraba morrocotudamente. A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, de la experiencia, madre y maestra de la ciencia, así la llamaba mi piadoso padre, Eusebio, esos mismos porcentajes se han seguido dando; en una mitad, aproximadamente, daba de lleno en el blanco o centro de la diana y en otra erraba; por dos motivos o razones de peso concretas, sobre todo, porque pensaba que las personas eran mejores de lo que resultaron, pésimas; y, a la inversa, porque las que pensaba que eran malas devinieron, inopinadamente, fetenes, oro puro.

Eso es, poco más o menos, lo que me pasó con un matrimonio de personas maduras, mayores, que vino a vivir a nuestro edificio. Al principio, me cayeron gordas, mal, porque todos los miembros de la familia nos llevábamos bien con los inquilinos anteriores, pero, más tarde, con el lento paso de los días, comprobé y constaté, de manera fehaciente, que tanto ella como él eran dos excelentes personas. Él se llamaba Carlos, pero en casa todos lo llamábamos con el don por delante de su gracia de pila, don Carlos. Estaba jubilado y era un lector empedernido de periódicos y libros. Él me dejaba que leyera uno, solo uno, de su extensa biblioteca, hasta que lo terminaba. Luego me hacía varias preguntas para cerciorarse de que, efectivamente, lo había leído; y luego me proponía dejarme otro en las mismas condiciones y con idéntico propósito, que lo leyera de cabo a rabo.

Mientras Natividad, su esposa, estaba en mi casa, ayudando a coser a mi madre cuanto se hubiera descosido, a mí me gustaba acompañar a don Carlos en la suya. De él aprendí esto: a todo bicho viviente, como a cualquier otro lector de Cervantes, como al propio autor alcalaíno, y hasta a su personaje inmortal, Don Quijote, fueran conscientes de ello o no, les pasaba tres cuartos de lo propio, que se inventaban pasiones, presiones, posesiones, prisiones, mociones, emociones y pulsiones para probarse, para ejercitarse. Y más tarde tomar esas experiencias como si hubieran sido las labores o tareas propias, culminadas por él por ser competencia de su cargo u oficio. Don Carlos me enseñó un montón de cosas; de entre ellas, nunca olvidaré esta, que “callando se aprende a escuchar, escuchando se aprende a hablar y hablando se aprende a callar”, que adujo Diógenes, no el cínico de Sínope, sino Laercio. Y que uno puede morirse escuchando, como le ocurrió a él, cuando le vino a visitar la parca o sobrevino el fin de sus días escuchándome a mí, sin decir ni mu, sin dar la lata.

A mí, aun un año después de haber muerto don Carlos, cuando me preguntaban por mis amigos, siempre solía incluirlo a él en las listas que hacía. Mientras que otros salían y volvían a entrar (y salir y …), él siempre seguía en ellas. Y es que don Carlos fue, allí donde me hallara, en todo momento y lugar, un amigo extraño, extraordinario, al que le gustaba más oír que hablar. Aunque yo hablara y me equivocara tres y hasta cuatro veces más que él, cuánto aprendí a su vera. Fue un raro repartidor o diseminador de perlas. Le gustaba repetir una frase/gema de Baltasar Gracián: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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