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Mi patrimonio son deudos y amigos

Ángel Sáez García 24 Nov 2023 - 14:00 CET
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MI PATRIMONIO SON DEUDOS Y AMIGOS

El único patrimonio personal que merece la pena atesorar y cuidar como oro en paño en esta vida no lo conforman, como mucha gente lo cree así, a pies juntillas, los bienes muebles, inmuebles y semovientes que hayas acopiado o acumulado a lo largo de tu existencia, provengan de tu denodado esfuerzo, de la herencia de tus padres o de un tío rico que hizo un fortunón en el Perú, sino el que suma el total de las relaciones humanas, verdadera tela de araña que deviene en red de seguridad, que te aporta/n un caudal más valioso que el dinerario y ayuda/n a seguir peregrinando por este valle de lágrimas con una sonrisa en la faz, que, como dejó escrito en letras de molde William Makepeace Thakeray, “es un rayo de luz en la cara”.

Esa es una de las razones por las que en mis urdiduras y “urdiblandas” discurro o diserto tanto de mis familiares (hermanos: Javier, que, aunque finado, sigo recordando y queriendo igual, Jesús María, Miguel Ángel, Eusebio y María del Pilar; cuñados: Elena, Alicia, María José y Jesús; sobrinos: Raquel, Lucía, Rocío, Natalia, Alba, Adrián, Jorge e Íñigo; y primos) y de mis amigos: sobre todo, “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), Diana, Pío Fraguas y Pacho, etc.

Desde que me jubilaron por enfermedad (me concedieron la incapacidad permanente absoluta para todo tipo de trabajo), me dedico, en cuerpo y alma, exclusivamente, a coronar las dos actividades que más placer intelectual y satisfacción personal me reportan: leer y escribir. Y esas dos labores susodichas me empeño en realizarlas con esmero y primor a diario. Por las tardes, escribo el primer borrador del texto en prosa en casa y, a renglón seguido, hago dos más; luego escribo poesía (antes una décima, que, de un tiempo a esta parte, he mudado por un soneto). Ese es el trabajo literario que me autoimpongo; una vez lo he culminado, salgo a dar (ahora, en otoño, y en invierno) mi primer paseo vespertino, que suele ser, además de benéfico para mi salud, inspirador (me ocurre como al peripatético filósofo estagirita, Aristóteles), pues suele resultar enriquecedor.

Como yo no tengo ordenador (carezco incluso de acceso a internet en mi móvil, que, si no es de primera, lo es de segunda generación, y puedo asegurar a quien lee ahora estos renglones torcidos que vivo dichoso, sin agobios), bajo a diario, de lunes a viernes, salvo los días de fiesta, claro, a la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, donde sus competentes responsables, Pilar, Teresa y Luis, pueden dar fe, aunque no sean notarios, de que cuanto relato aquí es la fetén, verdad pura y dura, sin objeción posible.

Durante la semana, después de llevar a cabo mi segundo paseo vespertino (en primavera y verano) o nocturno (en otoño e invierno), antes de subir a mi piso, doy dos timbrazos en el de mis primos Manuela y Jesús Manuel, “los Manolos”, y departo con ellos un rato, una media hora larga, de lo divino y de lo humano; asimismo, suelo llamar por teléfono cualquier día, si no me ha llamado antes él, a mi primo Miguel Jiménez; los miércoles, a mis amigos Pío y Pacho; los jueves, a mi prima Justina, “Justy”; los viernes, por la tarde, a varios familiares y amigos; ese mismo día, a las siete y media, acostumbro a quedar, para “pinchopotear” y charlar, con Diana, Pio y Pacho (a veces, se arrima a acompañarnos en el “Sweet Sisters Coffee”, siendo siempre bienvenida, la benjamina del último, Ana Rocío); en nuestro coloquio no hay temas prohibidos, tabús. Los sábados, salvo que haya algún evento que mude nuestra rutina, salgo a tomar un par de cañas y darle a la mui o sinhueso con Diana y Pío, casi siempre, en el “Viticas”.

Y así van transcurriendo los días, hasta que “los Luises” se ponen de acuerdo y nos juntamos a comer y a reírnos un buen rato (de nosotros mismos, sí, también). Esa jornada, aunque no sea un día de fiesta, nosotros hacemos que lo sea, porque “los Luises” no son mis hermanos, pero como si lo fueran.

Así que me veo empujado u obligado a iterar lo que dejé escrito en el arranque de este texto: el único patrimonio que merece la pena atesorar y cuidar como oro en paño es el de las relaciones interpersonales que mantenemos vigentes, que, junto con nuestra actividad creativa, la que sea, dirigida o presidida por una de las nueve hijas de Mnemósine, las musas, son cuanto da sentido a nuestra existencia.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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