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Ventajas en todo hay e inconvenientes

Ángel Sáez García 07 Mar 2024 - 14:00 CET
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VENTAJAS EN TODO HAY E INCONVENIENTES

TAMBIÉN TIENE ESCRIBIR SUS PROS Y CONTRAS

Reconozco, sin ambages, que me gusta escribir, porque me divierto un montón haciéndolo, ejerciendo de semidiós; ahora bien, me molesta sobremanera tener que explicar (fungiendo de exégeta, no como vino a hacer ayer en su comparecencia pública la presidenta de la Cámara Baja, que, después de aseverar cuanto se entendió: “Quiero explicar bien el contexto en lo que los estoy explicando las cuestiones que voy a explicar”, Francina Armengol dixit, no aclaró, ninguna de las tres veces que se le preguntó al respecto, quién o quiénes del Ministerio de Transportes, con José Luis Ábalos al frente, les aconsejó contratar las mascarillas con la empresa Soluciones de Gestión y Apoyo a Empresas SL, otra SGAE; ¡qué bochorno, sí!) por qué escribí cuanto quedó recogido, negro sobre blanco, sobre el papel (o azul sobre gualdo en una versión anterior, a mano), y no otras cosas; y aún más me enoja destripar, mutatis mutandis, como hace en una sala de disección el catedrático de Anatomía, mis textos. ¿Por qué he de prestarme, si no es mi deseo, a participar de ese juego perverso que es tener que defender mi selección?

He trenzado muchas veces que el escritor está solo (aunque no he olvidado, por supuesto, las numerosas excepciones que cabe objetar a dicha norma, entre ellas, los casos proverbiales de los hermanos Machado, Manuel y Antonio, que decidieron juntarse para escribir teatro —¿por qué este sí, pero poesía no?—, ni el de los hermanos Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín, ídem; ni el de Dominique Lapierre y su colaborador Larry Collins; ni el de Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero, que han firmado, al alimón, varias obras con un nombre de mujer, Carmen Mola, su seudónimo; ni…); bueno, en diversas ocasiones, he dejado constancia de que lo hacía bien acompañado por la soledad y el silencio (“la doble ese”, ha dado en llamarla servidor), o por los imprescindibles e inexcusables BIC azul y la media cuartilla amarilla (en mi caso); ni tampoco he echado en saco roto, cuanto no ha dejado de parir sin parar, fueran imágenes, nombres, anécdotas, colores y olores, saberes y sabores, etc., mi mente fantasiosa.

Aunque, siendo adolescente, durante los tres años que estuve interno en el camiliano seminario menor de Navarrete, formé parte del grupo de estudiantes que ayudaban a confeccionar la revistilla (ora con colaboraciones propias, ora con trabajo manual) y a representar sobre las tablas del escenario las obras de teatro que estrenábamos, según inveterada costumbre, el día de San José, festividad del padre y del seminario, teniendo a nuestros progenitores, que solían acudir en dicha fecha al colegio como público, à la première, no formo parte de ningún colectivo literario o pléyade, tampoco de ningún orfeón (Jesús Arteaga Romero, director del coro, no me escogió, como sí había hecho con mi hermano José Javier, años antes, para su selecta escolanía de voces). Me conformo con escribir lo que me apetece o sale con mi estilo, sin verme obligado a elogiar a un gerifalte ni tener que dorar la píldora a un jefe o superior jerárquico.

Quisiera que mis piezas literarias se leyeran más, pero con haber urdido cuanto tenía que decir sobre el tema que fuera, quedo complacido, satisfecho (ahora bien, si me pagaran por ello, eso ya sería miel sobre hojuelas, la repanocha). Tener más lectores acaso lleve aparejado estar más expuesto al juicio desaprensivo, a ser muñeco del pimpampum o, aún peor, carne de cañón.

Está claro, cristalino, que la experiencia es un grado (“madre y maestra de la ciencia” la catalogaba o etiquetaba mi piadoso progenitor, Eusebio). La madurez concede oficio al artesano, mejora sus capacidades y cualidades, sus facultades o habilidades para resolver problemas (de esa guisa definía, poco más o menos, un compañero mío del edén navarretano la voz “inteligencia”), incluso en el ámbito de la literatura (aunque la estela o el rastro que deja la duda sobre el particular no llega nunca a disiparse del todo).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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