¿TODOS LOS SALUDADOS SON AMIGOS?
Para el abajo firmante de estos renglones torcidos la respuesta a la cuestión formulada en el rótulo, lejos de haber sido concienzudamente meditada, reflexionada, le ha venido como impuesta, y se ha visto obligado a aceptarla y darle curso sin chistar ni mistar, al haberla calificado por cuanto ha resultado, diáfana: no todas las personas que saludamos en la calle, ni todas con las que nos paramos a refitolear unos minutos sobre el asunto que sea, son amigos nuestros; ni todos los amigos son amigos del alma. ¿Que qué es un tal? A mí me sirven las palabras que, convenientemente traducidas, juntó en griego clásico Aristóteles. El estagirita peripatético, para dar cuenta del mismo, un gozoso misterio, dejó escrita en letras de molde esta idea concluyente: “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita (a mí, lo reconozco sin ambages ni requilorios, desde la primera vez que me llevé esa gragea a los ojos y luego me la eché al coleto, siempre me apetece hacer lo mismo, mudar el segundo verbo “habita” por “palpita”, al entender que este le cuadra y encaja mejor a la píldora y, por ende, es más cabal usar) en dos almas”.
Confesaré, a renglón seguido, algo que he constatado, de manera fehaciente, en lo tocante al (por lo general, plácido y tranquilo, pero que puede devenir y/o mostrarse) espinoso tema de la amistad, Sí, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, puedes considerar amigo a alguien y no gozar de esa misma categoría o condición por él. Tengo asumido, claro y cristalino, que, en el ámbito de la amistad, no conviene exigir nunca nada, ni siquiera la confianza y la reciprocidad, que muchos consideran condiciones imprescindibles, necesarias, sine qua non. Urdiré lo mismo de otro modo, con distintas palabras; he comprobado la coincidencia de pareceres en algunos casos y la manifiesta e inconcusa discrepancia de opiniones en otros. Cada quien tiene su punto de vista, su perspectiva. Y nadie con dos dedos de frente se la puede negar a(l) otro, y aún menos siendo este amigo.
A mí me consta que hay amigos que abundan en uno o varios criterios, pero, asimismo, que disienten en otro/s. Esa innegable asimetría, hija de las distintas gradaciones que cada quisque hace entre quienes conforman (pues así lo considera él) el conjunto o grupo de sus amigos, no es buena ni mala en sí misma, desde el prisma ético/moral o estético; simplemente, es lo que hay, y no conviene negar lo público y notorio, aunque a uno o a los dos les broten las ganas de hacerla desaparecer, por inconveniente, en un santiamén. Hay amigos que la saben controlar y gestionar, echando mano, sobre todo, de la ironía, del sarcasmo; y amigos que no. Esas fricciones, si no se barren o borran, si no se corrigen o enmiendan, si no se consiguen disfrazar de esperpentos, de fiestas desopilantes, hilarantes, risibles, tras pasar por el madrileño callejón del Gato, logrando salir uno de los dos amigos indemne, ileso, de la quema, por la tangente, pueden cargarse, antes o después, esa envidiable relación de amistad.
La amistad acostumbra a surgir cuando hay un balón u otro objeto lúdico delante de los dos, en medio de los dos. No es extraño que nazca cuando a dos personas les cae mal otro congénere o semejante, que toman al alimón por enemigo; y es que nada une más, no hay pegamento mejor, que tener un contrario u oponente común.
Hay amistades que duraban apenas los días del estío que pasabas en el pueblo, escasas fechas; y amigos que duran y duran y duran, como antaño se publicitaba en la tele de las pilas Duracell, las del conejito de marras, que eran duraderas, diuturnas, casi casi eternas.
Los amigos que hiciste de crío en el pueblo de tu padre y en el de tu madre siempre serán tus amigos, aunque los veas, casi exclusivamente, en los funerales a los que acudes, de ciento a viento. En Cornago (La Rioja), verbigracia, Jesús, “el Chapela”; Chus, “el Chuzo”; y Carlos, “el Canca”, serán mis amigos hasta el día en que a la parca le dé por hacerme el guiño fatal, letal. En Cabretón (ídem), por ejemplo, lo propio ocurre con Javi, “el renuevo de Blanca”, y Santos, “el vástago de Julia”.
Como le he escuchado aducir más de una vez a fray Ejemplo, “la amistad es la certeza de que algo que no nos pertenece nos beneficia solo con barruntar su pronta presencia”. Tengo para mí, o sea, creo, a pies juntillas, que es una mera variante de esa frase que tanto se cita y se lee en “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, que dice así: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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