¿ADICTA AL DOLCE FAR NIENTE ES TU MENTE?
TE ACONSEJO, LECTOR, QUE LE DES CAÑA
Desconozco qué hacen los demás jubilados y/o pensionistas, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, de este país. No creo, sinceramente, que el grueso de los tales se dediquen a contemplar cómo otros congéneres más jóvenes, en edad de currelar, llevan a cabo obras, las que sean y donde sean, como suele ser la proverbial respuesta que dan cuando son preguntados al respecto (confío, deseo y espero que ninguno se moleste con este menda por haber echado mano de su caja de herramientas y que haya extraído de ella y usado el recurso literario de la ironía, de la burla mordaz). No ignoro qué me sucede a mí, que me enfrento todas las jornadas al desafío de escribir una urdidura o “urdiblanda” nueva en prosa, de un folio y medio de extensión, cuando la paso a ordenador en la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, que es lo que acostumbran a ocupar las dos medias cuartillas gualdas, por ambas caras, del borrador o sucio que trenzo la tarde anterior a bolígrafo en casa.
Son legión los que me han preguntado alguna vez por qué sigo, como Felipito Takatún (el personaje hilarante al que dio vida en Televisión Española el cómico argentino Jorge Alberto Rípoli, conocido artísticamente como Joe Rígoli, que tenía a todas las horas en la boca esas dos palabras: Yo sigo), erre que erre, con dicha dinámica o labor; y la respuesta que les doy a todos ellos es idéntica, porque, cuando culmino esa tarea y le pongo mi firma, me siento plenamente satisfecho. No hay una emoción o sensación parecida, comparable a esta. No es un orgasmo, pero casi, pues tiene todo lo beneficioso o positivo del apogeo o clímax, que lleva aparejado, excepto el hecho de la eyaculación. Quizá sea una buena, por cabal, exégesis.
A algunos les agrego que no soy un genio, pero tengo momentos geniales (a mí, al menos, así me lo parecen, sin advertir en dicho comentario ni un ápice de presunción o soberbia). Y aún les añado más, que, de las tres potencias del alma, insisto, sin jactarme una pizca, conjeturo que tengo una inteligencia media, no mediocre, una memoria notable y una voluntad sobresaliente. Acaso esté en la última la clave de mi prolífica creatividad.
Empecé a escribir relatos de ficción y crónicas fieles en el seminario menor navarretano. En las revistillas de aquellos años, desde el estío del 74 al verano del 77, están diversas pruebas fehacientes de cuanto afirmo, pero yo no las puedo exhibir para demostrar que cuanto asevero aquí es verdad, porque carezco de ellas. Desde que gestiono mi bitácora en Periodista Digital, el blog de Otramotro, allá por febrero de 2006, trenzo textos a diario. A mí me brota decir que todas las jornadas del año, pero transijo con la realidad, que quizá quince o veinte días, como mucho, al año no haga tal cosa. No he ganado un solo euro con dicho menester, ninguno, y, si eso hubiera acaecido, hubiera sido reputado por servidor la repanocha, miel sobre hojuelas.
Yo no ambiciono hoy ganar el Premio Nobel de Literatura; esa no es mi meta actual, pero aspiro a que, dentro de diez años, cuando haya publicado media decena o más de una docena de libros, pues he escrito mucho, alguien valore la posibilidad de que pueda ser candidato, que, ríase usted, atento y desocupado lector, si le apetece, eso es, precisamente, lo que me predijo, la única vez que he estado, por el momento, en Granada (y tuve la inmensa suerte de contemplar la Alhambra, impresionante), una gitana, que me pidió que le enseñara la palma abierta de mi mano izquierda. Entiendo que usted, escéptico, se esté riendo ahora, a mandíbula batiente, porque yo, internamente, hice lo propio otrora; sin embargo, cabe preguntar y preguntarse: ¿Cómo sabía ella que este menda acababa de terminar la carrera de Filosofía y Letras en la facultad de Zaragoza? ¿Y que tenía inquietudes literarias, que, asimismo, me adujo, como si nada? ¿Cómo?
He constatado que la mente (en un número ingente de casos, incluido el mío, durante escasas jornadas al año) es muy tuna o tunanta; y, si puede pasar sin hacer ningún esfuerzo intelectual, nada de provecho, durante el día, pasa; ese y no otro es el fundamento del dolce far niente italiano; hay quien lo sigue hasta sus últimas consecuencias, sin sentir ni tener ningún remordimiento de conciencia.
Si alguna vez la suya acrece el coro, le aconsejo, lector, que le dé caña.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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