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¿Contra quién se dirige esa alabanza?

Ángel Sáez García 11 Feb 2025 - 14:00 CET
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¿CONTRA QUIÉN SE DIRIGE ESA ALABANZA?

QUIEN QUIERA QUE LO ENSALCEN QUE SE MUERA

Salvo mejor criterio (ya sabe el asiduo, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, a los que acostumbra a colocarles su firma y rúbrica servidor, Otramotro, mi parecer, que es idéntico al que dejó escrito en letras de molde, negro sobre blanco, el filósofo austríaco-británico Karl Raimund Popper, o sea, que, como la verdad goza de carácter interino, esto es, resulta provisional, pues dura en pie mientras no es contradicha o refutada por otra, que viene a ocupar en ese mismo momento su pedestal, siempre tiene que estar uno abierto a nuevas perspectivas, prismas o puntos de vista sobre cuanto acaece en la realidad) u opinión, soy partidario de usar el elogio como un cuchillo de cocina, con sumo cuidado, porque, sin querer, podemos herir en sus pensamientos y/o en sus sentimientos, o en una mera alianza o fusión de ellos, si eso es posible (para mi maestro Miguel de Unamuno y Jugo sí, pues “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento” es el primero de los versos de un poema suyo, “Credo poético”, conformado con treinta y seis, no del 36), a quienes no deseamos lastimar, e incluso tú, que eres quien lo usas, puedes verte perjudicado por él.

Si nos hallamos dentro de un coro o grupo, tenemos que ser sumamente prudentes con qué decimos y/o escribimos, para que los miembros restantes del conjunto, escolanía u orfeón no se sientan denostados, menospreciados, ninguneados, ultrajados o vilipendiados. Puede que el acto encomiástico realizado sea una heroicidad y, al ser altruista, salvar a un compañero de morir ahogado en una piscina o río, verbigracia, no reciba el rechazo ni la objeción de nadie del grupo, pero esas situaciones suelen ser excepcionales. Destacar a un individuo del conjunto entre los demás lleva aparejado que puedan brotar rencillas, y yo no descarto que ese proceder termine generando odio.

Recuerdo, por ejemplo, que, cuando mi difunto hermano José Javier estaba estudiando en Navarrete, en la revista homónima aparecía un recuadro de honor con los nombres y apellidos de los alumnos más destacados de cada curso y la nota media que habían obtenido. Bueno, pues, dos años después, cuando yo fui al seminario menor camiliano, a los responsables algo les había hecho mudar de opinión, porque el susodicho recuadro no aparecía en los números de la citada revistilla, que los seminaristas ayudábamos a componer y confeccionar. No conozco el motivo exacto que llevó a los religiosos camilos, magníficos educadores, a cambiar de parecer, pero me apostaría doble contra sencillo a que la razón mayoritaria o ganadora del supuesto debate, en el caso de que lo hubiera, fue constatar, de manera fidedigna, los malos rollos que provocaba.

Tengo, a veintitantos centímetros de la punta de mi nariz (admito que no he procedido a medir la distancia con un metro, sino que me he limitado a hacer los cálculos aproximados que suele llevar a cabo el buen cubero), al alcance de mi vista, el número 173 de la mentada revista, correspondiente a la Navidad del año 1973. En las páginas 16 y 17 aparecen dos recuadros de honor, los del mes de noviembre y diciembre de dicho año. Esto es lo que, firmado por la dirección, cabe leer debajo del primer recuadro: “El salir en este apartado tiene su indudable mérito; más de lo que a primera vista parece. Por eso felicitamos de verdad a aquellos que lo logran y animamos a todos los alumnos a ir desfilando por el ‘Recuadro de honor’”.

¿Por qué, un año después, que fue cuando yo recalé allí, no aparecía dicho recuadro en la revistilla? Los argumentos pueden ser diversos, pero, insisto en los términos de la apuesta que he expresado arriba. Puede que dicho apartado generara una competencia encarnizada y, seguramente, más división que unión en el grupo humano o curso. Y, como es consabido o vox populi, todo quisque sabe qué lema puede leerse en el escudo de la bandera de Haití: “L’ unión fait la force”, la unión hace la fuerza.

Nota bene

   Olvidábanseme de decir dos cosas: una, que, cuando el elogiado está muerto, no acostumbra a propiciar el encomio vertido sobre su persona animadversión entre los vivos (y aún se suele decir y, por ende, escribir, que quien quiera que lo ensalcen que se muera); y dos, que en “Abel Sánchez”, a Federico Cuadrado, un personaje de la susodicha novela unamuniana, cada vez que escuchaba un elogio, le nacía formular la misma pregunta: ¿Contra quién va ese elogio?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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