AGUIJÓN DE UNA ESPUELA ES LA EXPERIENCIA,
MADRE Y MAESTRA DE CONCIENCIA Y CIENCIA
Hoy, lunes 11 de agosto de 2025, cuando va más que mediado el verano, ya sé, a ciencia cierta, lo precipuo o principal, que mis vacaciones estivales serán diez días que no cuadrarán o encajarán este año con dicha estación, porque se pospondrán al otoño. Si, durante las últimas temporadas, las jornadas de asueto las empezaba a disfrutar al final del estío, este año me consta que se retrasarán a los postreros días del mes de septiembre, recién estrenado el otoño, pero serán en el mismo lugar, en el Puerto de la Cruz, Tenerife, e idéntico hotel, el mágico Magec, sito en la calle Cupido de la citada localidad. ¿Por qué? Viajo solo y, como no tengo que pactar qué hacer con un/a acompañante, y, por ende, no depender de nadie, no he de invertir ni siquiera unos minutos de las mismas en planificar mi modus vivendi, por la sencilla razón de que este menda es un animal de costumbres y, por tanto, ya sabe, de antemano, poco más o menos, qué va a coronar o llevar a cabo, si tiene en cuenta los antecedentes, qué hizo en las precedentes vacaciones portuenses.
A pesar de viajar solo, todos los años he compartido experiencias y conocido a gente nueva interesante (por variopintos motivos). Como cultivo (casi) a diario la pasión por la escritura, suelo apuntar en mi libreta (que no suelo llamar diario, aunque lo sea), el grueso de cuanto me ocurre. Para mí, la realidad es la fuente en la bebo para tener asunto o tema sobre el que discurrir o disertar, sea en prosa o en verso, por las tardes.
Salir de casa de viaje es un desafío y, al mismo tiempo, una oportunidad de conocer paisajes y/o paisanajes. No he tenido dos viajes en tren similares ni dos vuelos (de ida y/o vuelta) al archipiélago canario idénticos. De todos ellos he aprendido algo desconocido y extraído lecciones ignoradas.
Como uno es consciente de que durante el viaje pueden acaecer hechos buenos y malos, intenta anticiparse a los últimos obligándose a mantener la calma y a no dejarse arrastrar por la corriente impetuosa de los pésimos acontecimientos. Una óptima actitud personal es condición sine qua non para que el viaje resulte positivo. Iniciarlo con la mente abierta facilita las conversaciones y capacita para estrechar lazos.
Escuchar, observar y dejarse asombrar o sorprender por las ideas que sostienen otros congéneres o la escala de valores que rige el proceder de otros semejantes enriquece, estimula la flexibilidad y despierta la habilidad innata o adquirida, que hemos heredado o aprendido, para adaptarnos y salir airosos de los aprietos o bretes en los que nos coloca la vida.
Ser paciente y saber negociar ayuda a mejorar nuestra autoestima. Aspira servidor a ser un junco, de doblarse capaz, sin doblegarse.
Anotar en un papel cuanto te acontece o has contemplado puede que no te haga sabio, pero no te entontece; suele darte pistas y servirte de inspiración para tu quehacer creativo, si eres un ciudadano libre de la República Literaria.
Se pueden hacer amigos viajando, aunque esas amistades (si he de hacer caso a mi propia experiencia), cogidas por los pelos, con alfileres, suelen quedar pronto en agua de borrajas o cerrajas, si no se cultivan más (por mi dejadez o por la ajena) y aun cultivándolas.
A mí me encanta la soledad, sobre todo, para leer y escribir, pero para el resto de actividades prefiero la compañía (y, si esta es bella e inteligente, pues, miel sobre hojuelas). He ido escasas veces al cine solo, porque lo que más me gusta de la película que haya elegido o pactado ver es comentarla por extenso luego con quien se ha sentado a mi vera.
Y, una vez llegado al colofón, al párrafo que remata este texto, noto que se me impone dar cuenta de tres versos endecasílabos sueltos, estos: Aguijón de una espuela es la experiencia; y, asimismo, una escuela con maestra/o que llama fray Ejemplo a la pizarra.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home