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Habrá quien no me crea, pero escribo…

Ángel Sáez García 13 Nov 2025 - 14:00 CET
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HABRÁ QUIEN NO ME CREA, PERO ESCRIBO

SIN TRENZAR CON UN BIC SOBRE CUARTILLA

Habrá quien no me crea (el crédulo, dependiendo de distintas circunstancias espacio-temporales, puede convivir dentro del mismo cuerpo que cubrió, cubre o cubrirá la piel del incrédulo; y el abajo firmante de estos renglones torcidos, sin buscar notoriedad, puede ser reputado un ejemplar o prototipo de lo aseverado), pero también puedo escribir sin tener que trenzar con un BIC sobre cuartilla. Y, hasta cierto punto, lo entiendo, porque, de lo que no me cabe la menor duda es que todo literato (salvo que se dedique al ensayo o a la historia) es un mendaz de marca mayor. Yo, lo reconozco sin ambages ni requilorios, miento mucho en el ámbito de la literatura. En el grueso o la mayor parte de mis urdiduras (o “urdiblandas”), parto de un suceso cierto, real, pero luego lo llevo por donde me interesa, por una vereda que sea verosímil, y lo acomodo a mi antojo. Y, ciertamente, hago tal cosa, sosteniendo la herramienta susodicha entre mis dedos índice, corazón y pulgar, y deslizando la punta del bolígrafo azul sobre el papel. Daré más datos y pistas para que se entienda cuanto acabo de escribir azul sobre gualdo (que luego resultará ser negro sobre blanco).

Suelo escribir por las tardes en la cocina de mi casa. La mesa sobre la que trenzo los párrafos y/o los versos que me inspira mi musa o voy eligiendo, seleccionando, está plagada de periódicos y revistas (que voy retirando, cuando el montón es grande), y las sillas que la rodean están llenas de pilas de libros. No miento. Si mi progenitora, Iluminada, levantara la cabeza, quiero decir, resucitara, como otrora se dice que hizo el ave fénix, de sus cenizas, se volvía, horrorizada, a la urna donde están depositadas, dentro de un nicho, porque no entendería que quien tanto la cuidó y quiso había optado por darle a su piso, que ella lo tenía reluciente, como los chorros del oro, otro fin, servicio o uso, descuidado y con polvo, es verdad, no lo niego, como lo tengo yo. En esta vida cada quien o hijo de vecino, acertada o erróneamente, se decanta por una escala de valores con un inexcusable y peculiar orden de prelación. Yo procuro tener limpios de polvo y paja mis textos (aunque siempre se me pase algún yerro; yo me saqué del magín el club, generación o grupo literario —en el/la que no creo; el escritor siempre está solo, a pesar de las consabidas excepciones, que son las que vienen a confirmar, precisamente, a regla— de los “unierroristas”, que, en algunas ocasiones, deviene en “plurierroristas”, porque son varios los fallos) antes que el piso.

Es verdad inobjetable que escribo con la inestimable ayuda de los útiles mencionados. Y, al día siguiente, por la mañana, paso todo lo escrito a mano al ordenador en una de las computadoras de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, la villa donde resido.

Lo importante, la condición sine qua non para empezar a escribir, es haber cazado al vuelo o pescado sin anzuelo en el ancho mar de las ideas, una sobre la que discurrir o disertar, claro.

Bueno, pues, les confesaré, atentos y desocupados lectores, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, de estos renglones torcidos, algo que últimamente hago con frecuencia; por las noches, durante la madrugada, suelo salir al baño a hacer pipí o popó, o los dos menesteres, uno detrás del otro. Como porto, adheridas a la pared abdominal, una placa y una bolsa de ileostomía (tuvieron que practicarme una colectomía, primero parcial y luego total, porque en mi colon aparecían en cada una de las colonoscopias que me realizaban varios pólipos, que me extirpaban, ya que estos podían cancerizar; así que, en 2002, el jefe de coloproctología del Hospital “Virgen del Camino”, de Pamplona, el doctor Héctor Ortiz Hurtado, una eminencia en dicho campo, a quien di en llamar, por sus iniciales, H2 O, el galeno Agua, a quien le debo, seguramente, seguir estando hoy vivo, me recomendó y convenció la intervención, que él se encargó de hacer, la susodicha colectomía total; y con parte del intestino delgado me hizo un reservorio que no resultó; estuve, tras producirse la inesperada dehiscencia, que cursó con sepsis, más allá que acá, pero sigo entre los vivos), mi popó no es el clásico mojón compacto o zurullo (“zurruto” lo seguimos llamando algunos en Tudela, los que, siendo críos, lo aprendimos a denominar así; luego, un día, consultado el Diccionario de la lengua española, DLE, comprobamos que dicho vocablo, la variante tudelana, no había sido admitida aún, sí la dicción antedicha —y mira que, si tomamos la versión masculina, tudelano, y la descomponemos, tú-del- ano, si lo ponderamos y valoramos en su justo punto, este está más cerca del lugar por donde sale; pido perdón, y hasta me pongo de rodillas, por la ocurrencia escatológica que acabo de verter, de veras—), sino unas heces pastosas.

Bueno, pues, a lo que iba, que me pierdo en mil y un vericuetos. De vuelta a la cama, como me cuesta conciliar de nuevo el sueño, me da por dar vueltas a la “tastarra”, así llamaba mi madre a la cabeza o testa, cuando le dolía. Y suelo escribir mentalmente un soneto o el primer párrafo del próximo escrito en prosa.

Hoy, por ejemplo, he escrito, estando en dicha posición, decúbito supino, en el lecho, en una pizarra imaginaria, mentalmente, una décima, que leeré el próximo sábado 29 del corriente mes en Cabretón (La Rioja), cuando nos juntemos los primos que podamos acudir, los “Tapias” (ese era, en singular, el mote por el que era conocido en el pueblo nuestro abuelo Leocadio). En realidad, no es una composición de diez versos, sino de doce, o sea, es una espinela más dos versos, el estrambote. La he titulado con los dos primeros versos de la misma: “HOY LAS ‘TAPIAS’ NOS JUNTAMOS / PARA CELEBRAR LA VIDA”. Luego, claro, cuando me levanto, escribo esas líneas o versos sobre papel para que no se me olviden ni se las lleve el viento.

Nota bene

Aviso para los ansiosos, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios. Les recomiendo calma, sosiego, tranquilidad. El día de la fecha indicada, 29 de noviembre, aparecerá publicada la duodécima, sencilla, sencillísima, para que la entienda todo el mundo, en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro. Y podrán criticarla a gusto.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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