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Cuando estoy entre amigos, ¿qué constato?

Ángel Sáez García 19 Dic 2025 - 20:00 CET
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CUANDO ESTOY ENTRE AMIGOS, ¿QUÉ CONSTATO?

QUE HAY CIELO EN EL PLANETA AZUL, LA TIERRA,

Y ELLOS SON MENSAJEROS DE IMPAR DICHA

Aparentemente, el ser humano es un fulano simple, de un mecanismo sencillo; ahora bien, si procedes a estudiarlo con detenimiento, de manera concienzuda, adviertes su complejidad, sus rarezas. Así pues, cabe concluir lo obvio, que el hombre (ora sea o se sienta ella, él o no binario) es un tipo raro en potencia que deviene, antes o después, también en acto.

Reconozco, sin ambages ni requilorios, que acarreo una evidente contradicción, o, acaso prefieras esta alternativa, que soy una paradoja andante, pues, como he confesado muchas veces, soy ateo, pero creo, a pies juntillas, que ha habido, hay y habrá, entre mis congéneres o semejantes, personas santas, dotadas de un don para sanar; y siguen pululando entre ellos verdaderos ángeles (y supongo que, asimismo, demonios, pero a estos no los barrunto o intuyo, como eso sí me pasa con los mensajeros de felicidad, luz y paz, que los husmeo o presiento en un santiamén).

Juzgo que no es condición sine qua non o requisito imprescindible que Dios exista para que el hombre sea bueno, probo. Basta con que lo sean los amigos del alma para que el mundo tenga futuro. Son los locos de Dios (léase la última novela de mi quinto Javier Cercas, para hallar testimonio variopinto de lo sugerido), los santos, lentos o súbitos, los que se necesitan para que procuremos ser cada día mejores. Quienes tenemos familia selecta, amigos, hemos sentido la urgencia de serlo y nos esforzamos por alcanzar ese desafío o reto cada día. Es la forma más sencilla de corresponder a sus manifestaciones de empatía a raudales y generosidad a espuertas, que tanto llenan el alma de ese peregrino mundano que acarrea cada quien.

El avezado lector de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro, conoce, porque ha sido un aserto habitual en mis textos en prosa que versaban sobre mi experiencia en el edén o paraíso, que considero que el cielo y el infierno existen, pero suceden en la vida terrenal, no en la de ultratumba que, como desconocemos si la habrá, y carecemos de evidencias que la prueben, algunos la reputamos una engañifa. Mi cielo lo viví, durante los tres años que estuve estudiando en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), los tres últimos cursos académicos de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo.

Cincuenta años después del benéfico trienio de marras, he vivido otros episodios celestiales. Uno aconteció durante la corta estancia, una jornada apenas, que estuve ingresado en la UCI del Hospital “Reina Sofía”, de Tudela (HRS) en septiembre de 2021, donde las enfermeras y médicos que me cuidaron fungieron de ángeles custodios, tras ser intervenido el abajo firmante por el cirujano Iñaki Alberdi y sus compañeros de sección de dos cánceres en un quirófano. Otros han acaecido cada vez que me he juntado con mis amigos del alma, que, cada día que pasa estoy más seguro de ello, son personas normales, pero que mutan y adoptan, tras abrazarlos y besarlos, apariencia de ángeles. No lucen sus alas, pero tú las sientes cuando los saludas y la palma de tu diestra toca sus escápulas u omóplatos.

¿Sabes, atento y desocupado lector, qué estratagema o treta uso para cerciorarme de que son ángeles verdaderos? Tienes que dejar que se expliquen, que hablen y seguro que, si estás concentrado en sus discursos, manifiestan que no son amigos tuyos de veras, sino apegados. Esa es la razón inapelable que viene a demostrar, de manera fidedigna, que son ángeles. Y que no ponen objeción al acuerdo al que manifiestan haber llegado, de consuno, otros mensajeros de dicha, luz y paz.

Decimos y repetimos (sin pararnos a reflexionar lo apetecido sobre lo que proferimos) que el amor solo con amor se paga. Nadie puede negar dicho axioma; aunque unos veamos en el amor más caridad que otra cosa, dadivosidad, sí, que solidaridad.

Ayer, jueves 18 de diciembre de 2025, día en el que cumplió 24 años mi sobrino Jorge y, en el caso de seguir viva (que lo está en algunos sueños y ciertos recuerdos, que van y vienen, pero ya no palpita su corazón), mi señera y señora progenitora, Iluminada, hubiera celebrado su nonagésimo primer aniversario, volví a juntarme con mis amigos del alma, “los Luises” (Calvo Iriarte, y de Pablo Jiménez) y José María (Mari) y comprobé cuanto he dejado escrito arriba, que, amén de lo consabido, son seres que irradian salud (junto a ellos, no tienes el menor dolor de espalda que ayer era meridiano), ergo, mano de santo. Cuando te encuentras entre ellos, sabes que son ángeles porque no sufres ni padeces ni tienes ninguna preocupación, y te ríes a gusto, a carcajada tendida. Nada malo te puede suceder en su presencia. Desde que Luis y Mari me recogieron en Tudela hasta que me despedí, en la estación ferroviaria de Logroño, de Luis de Pablo, constaté cuanto ya sabía, que la influencia benefactora que ejercen o la salud que irradian los amigos del alma resta cualquier ápice o pico de dolor o atisbo o destello de pena que puedas haber porteado o tenido hasta unos breves momentos antes.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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