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Como el cero acarrea desprestigio,…

Ángel Sáez García 27 Ene 2026 - 14:00 CET
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COMO EL CERO ACARREA DESPRESTIGIO,

LO EVITAMOS POR SER MUY LACERANTE

En varias de las urdiduras o “urdiblandas” que llevan mi firma he aducido e intentado reforzar la tesis de que el motivo principal por el que considero que los tres últimos cursos (de Sexto a Octavo, cuya superación supuso que se nos concediera y entregara el primer título académico, el Graduado Escolar) de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor de Navarrete, son mi cielo en el planeta azul, la Tierra, es porque allí los docentes o formadores y, ojo, no conviene olvidar el dato, asimismo, algunos de los condiscípulos que tuve me ayudaron a despertar o espabilar mis aletargadas inteligencias o amodorrados talentos.

Hoy estoy convencido (sin echar en saco roto u olvidar la lección que nos impartió Albert Camus, sin que él pretendiera darnos la clase y nosotros tuviéramos que asistir forzosamente a la misma, que debía seguir a la convicción la duda como una sombra) de que todos los temas sobre los que traten los textos que componga a partir de esta fecha (la de la publicación de esta pieza en mi bitácora, el blog de Otramotro, como otro tanto acaeció, por cierto, con las que urdí antes, claro), están de manera latente, en mi cacumen, y solo necesitan de un estímulo inexcusable, leer algo que las saque de su letargo, verbigracia, para que esos asuntos devengan patentes.

A veces uno, servidor, tiene que leer veinte páginas o durante dos horas para que, por fin, le brote la idea (en unas ocasiones eso pasa antes y en otras después), su Costanza, o sea, eche a volar o a nadar el ave o el pez que me sirva para empuñar el BIC azul y procurar crear literariamente (siempre que la consiga cazar al vuelo o logre pescar sin anzuelo) algo nuevo.

Eso me pasó, por ejemplo, el pasado sábado 24 de enero de 2026, cuando llegué a la página 27 de EL PAÍS y leí la entrevista que le hizo Jessica Mouzo al neurocientífico bonaerense Rodrigo Quian Quiroga, que porta como rótulo una afirmación entrecomillada del susodicho investigador: “El cerebro humano no busca recordar, sino entender”.

El párrafo inicial de la pieza de Mouzo fue un acicate para mí, ya que, en mi media cuartilla gualda anoté: El cerebro humano busca entender y esta acción, una vez alcanzada, lo dirige o encamina a hacer cumbre en otra, recordar.

Luego procedí a leer la interviú entera, pero dicho párrafo me había espoleado ya para escribir lo que sigue.

Jessica tecleó en el parágrafo con el que arranca su entrevista esto: “Hay un poema del escritor Hilario Ascasubi soldado en la memoria del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años). Lo aprendió con 12 años, mientras desayunaba una tostada y un chocolate en su casa antes de ir a clase. ‘Mi madre me quería matar porque no me lo había estudiado para el colegio. Y fue una situación de tanto estrés, porque me iban a poner un cero, que me lo aprendí y me quedó hasta hoy’…”.

¿Qué colijo o deduzco de lo entrecomillado por Jessica Mouzo? Que, así como hay un colesterol bueno y otro malo, mutatis mutandis, el estrés, a pesar de generar cortisol, la hormona que segregan las glándulas suprarrenales, este puede ser negativo y positivo, perjudicial o beneficioso, pues nos ayuda a estar alerta. A Rodrigo, siendo un adolescente, esa situación estresante que padeció, le resultó provechosa, porque logró cuanto pretendía, aprenderse el poema de memoria en un santiamén.

Bueno, pues, la anécdota ajena me ha hecho retrotraerme en el tiempo a una propia, parecida, similar. Estando estudiando Segundo de Bachillerato Unificado Polivalente, BUP, en el “Colegio San Valero”, seminario menor zaragozano, tras haber permanecido tres meses ingresado en el Hospital “Nuestra Señora de Gracia”, tudelano, por haber sufrido un accidente de tráfico, en el que, como consecuencia del mismo, falleció José Javier, mi hermano mayor y mecenas, el primer día que volví a clase, un lunes, el profesor de lengua y literatura, don Agustín, preguntó quién se había aprendido de memoria, durante el fin de semana, el soneto anónimo titulado “A Cristo Crucificado”. Y, como nadie contestó que sí, les reprendió por no haberlo hecho. No me incluyó. Pero, como confiaba en mí más de lo que lo hacía yo, me propuso el reto de que lo asimilara para que lo declamara al día siguiente, demostrando a mis compañeros que eso se podía hacer. No recuerdo ahora si el estrés influyó en mi caso o no, pero sí que al día siguiente me había aprendido los catorce versos endecasílabos de dicho soneto y los recité de corrido.

Recuerdo que don Agustín me puso un sobresaliente en esa evaluación, pero es que yo era proclive a obtener dicha nota en las asignaturas de Letras. En las de Ciencias, sin embargo, flojeaba, debido a la ausencia de tantos días de clase. Por eso escogí continuar el Bachillerato, en Tercero, por Letras, como la misma senda seguí en el COU. Ahora bien, como el ser humano es contradictorio, el trato con los enfermos y ancianos del asilo zaragozano de la calle Cartagena, adonde acudíamos mis colegas de los Camilos y yo, durante las mañanas de los sábados, a fin de echar una mano a las monjas que lo regentaban, realizando un trabajo social, me empujó al año siguiente a estudiar la carrera de Medicina. Fue una opción romántica. Comprobé que mi mente no estaba preparada para dicho menester, y al año siguiente volví al redil que me correspondía, y me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras (en concreto, en Filología Hispánica, y en dicha especialidad que me licencié).

Juzgo que influyó en el aprendizaje de los dos poemas (el de Hilario Ascasubi, en el caso de Rodrigo; y el anónimo, adjudicado a varios místicos, san Francisco Javier, verbigracia, en el mío) el más que probable descrédito que podríamos recibir. Cosechar un cero no estaba dentro de nuestros cálculos. ¡Menudo baldón! Así que, si, para evitar esa mancha o tacha, era necesario invertir un tiempo en el esfuerzo de aprenderse de memoria el poema, lo hicimos con sumo gusto, gratificado, además, con una excelente y satisfactoria nota. Yo también lo recuerdo desde entonces; quedó grabado o soldado a mi cacumen.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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