LOS CANES TAMBIÉN TIENEN SUS RUTINAS
Y DEFECAN, COMO ESO HACEN SUS AMOS
Como puede que haya por ahí quienes han olvidado que tienen unas obligaciones extra o añadidas que cumplir a rajatabla como ciudadanos por ser dueños de uno o varios perros, me veo en la obligación de empuñar con los habituales dedos índice, corazón y pulgar de mi diestra la “máquina de escribir” (así llamaban en las tómbolas de las ferias de otrora, hace treinta o cuarenta años, con rebosante e inusitada guasa, sí, los vendedores de boletos al público allí convocado, presente, o transeúnte, meros sacaperras, al bolígrafo BIC azul, regalo habitual antaño) para recordárselas.
Guarro no es el perro que defeca en medio de la acera de una de nuestras calles, no, porque la mascota no es consciente de que se comporta de manera incívica. Guarro es el dueño (ora sea o se sienta ella, él o ni binario) que no lleva la correspondiente bolsa para recoger las heces expelidas por su can o pasa olímpicamente de agacharse para realizar el inexcusable quehacer que le atañe y, por ende, deja en la vía un recado maloliente, susceptible de manchar las suelas de los zapatos de los viandantes. Ser dueño de un animal de compañía acarrea ciertas servidumbres. A él le toca afrontarlas o llevarlas a cabo, si no quiere ser afeado en su conducta, reprensible a todas luces, por otros ciudadanos con mascota (con más razón, quizá, porque ellos sí cumplen con las tareas que prescriben las ordenanzas municipales al respecto) o por las autoridades, que pueden imponerles las multas o sanciones oportunas, o sin can.
Los cánidos tienen las mismas necesidades fisiológicas que sus amos, los seres humanos que asumieron ciertas responsabilidades cuando los compraron o “apadrinaron” (o “amadrinaron”). Cada día que pasa, por cómo se comportan algunos de ellos con sus animales de compañía, estos se diferencian poco de las personas. Los visten, los cuidan, los lavan y peinan (o pagan para que otras personas realicen esos trabajos), los vacunan, les hablan, etc. Las mascotas han devenido animales de costumbres y rutinas, como nosotros. Nunca he tenido un perro, pero eso no quiere decir que no lo tenga. Vivo solo, pero tengo muchos muertos a mi alrededor, con los que disputo sobre esto, eso o aquello. Son libros; así que no descarto la posibilidad de mudar un libro por un can.
Que los canes tienen sus costumbres y rutinas lo sé desde que quedé un día en una de las dos puertas de la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, la que da a la Plaza del Mercadal, con mi hermano Eusebio, que vino acompañado de la mascota de su hija pequeña, mi sobrina Lucía. “Use”, que cuida, cuando puede, de la chihuahua, a quien llaman Coco, conocedor de las urgencias de la perra y sus hábitos, cuando vio que la susodicha daba varias vueltas sobre sí misma, cual derviche giróvago de Konya, no es coña, me dijo que allí iba a ejercer de reina, a colocar su trono, a cagar, y así sucedió, que se puso en posición y allí expelió sus heces caninas. Provisto de su correspondiente bolsa para tal menester, “Use” se agachó, las recogió y las tiró a la basura. Nada extraordinario; cuanto un dueño o delegado debe hacer.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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