¿SE HA DE SER FIEL A LA PALABRA DADA?
A pesar de los pesares, porque no han faltado, a lo largo de los más de sesenta años de mi existencia, las ocasiones en las que esa fidelidad cursó por derroteros negativos y obtuvo resultados desastrosos, incluso hubo una que rayó con la experiencia del erebo o infierno, hoy contestaría, sin dudarlo, que sí. ¿Por qué? Porque he constatado que tener la conciencia impoluta, en paz, es la mejor infusión de melisa y tila para dormir. Y tiene, además, otro aspecto beneficioso para la salud mental, que nadie te puede achacar, afear o echar en cara que contravinieras las cláusulas de un acuerdo, el que fuera, firmado o sin firmar (pues acaso bastó con un apretón de manos para sellarlo).
En febrero o marzo de 1993 empecé a trabajar como camarero de comedor en un restaurante de carretera (a cuántos camioneros serví comidas y cenas, y a cuántos guardias civiles, y aun a deshora; la razón que a la sazón me convencía era que se habían desplazado allí para dicho menester, pero no consiguieron llegar a la hora), el “Mojón de los Tres Reyes”, en Valverde (de Cervera del Río Alhama, La Rioja), para dos jefes estupendos, de los que no puedo formular ni una queja, José María y “Asun”.
Aunque me tocó dar los dos turnos, comidas y cenas, disponía por las tardes de varias horas para prepararme las oposiciones a Profesor de Lengua y Literatura. Estando trabajando en dicho restaurante, me presenté a los exámenes correspondientes en Zaragoza y aprobé, pero no obtuve plaza.
Durante el verano del 92 había quedado con Javier en que si la junta del Casino “La Unión”, de Alfaro, le concedía el abastecimiento de la cafetería, pues su cuñado José tenía la intención de dejarlo, seríamos socios.
A mediados de julio o agosto, Javier se desplazó a Valverde para ponerme en antecedentes de que, el secretario de la junta le había asegurado de que él era el mejor aspirante, si yo le acompañaba en dicha tarea.
Como la experiencia es un grado, a pesar de que no lleguemos a aprender todo lo que nos hubiera convenido asimilar, José María pensó que yo estaba descontento con él o que quería cobrar más. Le abrí los ojos, al decirle que la razón se hallaba en otro ámbito. Me avisó, porque me apreciaba, del error que iba a cometer. Me fui a Alfaro con Javier sabiendo que podía salir la apuesta mal, y hasta pésimamente, como resultó, pero le dije que, al menos durante un año, cumpliría la palabra y así lo hice.
Del 15 de noviembre de 1993 al 15 de del mismo mes del año siguiente, un año y un día trabajé en el alfareño Casino “La Unión”, fuente de inspiración para muchos de los textos que he escrito, aunque la localidad se llame Algaso y el casino en cuestión, “La Fuerza”. Fue como una pena de cárcel. Y, como no hay mal que por bien no venga, esa experiencia negativa fue crucial en mi vida, porque luego todo, incluidos los problemas graves de salud, los dos cánceres y demás efectos colaterales, fue positivo. Eduqué o preparé mi mente para escribir todos los días algo nuevo y en esa coyuntura sigo, firmando cada jornada uno o dos textos, en prosa y/o verso, que es el momento del día que me depara más satisfacción personal.
En el año y un día de Alfaro solo pude leer un libro; el déficit de satisfacción fue evidente, pero, a partir de entonces creció, creció y ahora ejerzo el oficio de semidiós con un entusiasmo que se halla rayando las mieles.
Así que, insisto en la respuesta ofrecida, volvería a ser fiel a la palabra dada, mera variante de mi firma.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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