DEVIENE TODA ACCIÓN EN REACCIÓN
TODO EFECTO TIENE UNA O VARIAS CAUSAS
Supongo que el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos ha acudido en numerosas ocasiones, solo o acompañado, a un mercado o supermercado a comprar algunos de los alimentos que allí se exhiben y ponen a la venta del público asistente (ahora también del ausente, que hace el encargo pertinente a través del teléfono o la web), usando diversos recipientes, en sus anaqueles, baldas o estantes, o dentro de vitrinas (para que conserven el frío o no pierdan propiedades organolépticas). Habrá comprobado, por tanto, si ha leído los carteles informativos o las etiquetas correspondientes, que la procedencia de los variopintos productos expuestos es distinta y distante.
Habrá constatado, asimismo, que hay frutas y verduras de kilómetro cero, y otros cuyo origen se halla allende los mares u océanos, en el continente americano, verbigracia. Bueno, pues, otro tanto, o tres cuartos de lo propio, sucede con la fuente de inspiración de los textos que crea un hacedor, ya en prosa, ya en verso, que tienen alfaguaras distantes y distintas.
Tengo claro, cristalino, que, en todo proceso creativo, se pueden advertir dos perspectivas o se dan dos hechos que son compatibles y/o complementarios entre sí, que son, precisamente, los que encabezan estas líneas, en el rótulo y el subtítulo: Deviene toda acción en reacción; y todo efecto tiene una o varias causas, a las que hemos consensuado en llamar concausas, en las que cabe identificar una, principal, y otras, secundarias.
Si en un mercado o hipermercado constatamos que hay una variedad finita (adjetivo al que le tengo un aprecio especial, no por su significado, sino por su significante, porque este coincide con el hipocorístico con el que conocía antaño a la prima carnal que más quise y quiero, María José, a quien ahora llamo “Fina”) de productos comestibles (algunos directamente, sin mondar o tras ser pelados, otros, después de cocidos o fritos), de la punta de un BIC azul también hemos percibido que pueden salir, siempre que usemos como soporte un papel seco, la misma variedad finita de piezas literarias (mayores o menores en su extensión): novelas, ensayos, obras de teatro, de poesía, relatos, etc.
Mi mayor fuente de inspiración, como he confesado en innumerables oportunidades, es la realidad, cuanto me pasa, o hechos de los que soy testigo presencial y/o les acontecen a mis congéneres y recojo (a través de mis ojos, oídos, nariz, papilas gustativas, yemas de mis dedos o piel y sexto sentido, la intuición), con los que luego fantaseo, imagino o sueño (estando despierto o dormido).
Y, como uno fue aleccionado alumno del óptimo docente que catalogué otrora (y sigo considerando ahora, todavía, sí) a fray Ejemplo, pondré uno que sea distintivo, pertinente y relevante, en suma, clarificador.
Ayer, tras leer en “Diarios. A ratos perdidos 5 y 6”, de Rafael Chirbes, las palabras que contienen el párrafo que se inicia en la página 646 (de la editorial Anagrama) y fina en la siguiente, estas: “En Solo los ángeles tienen alas, la película de Hawks, el moribundo siente el miedo que a uno le invade cuando va a hacer algo que nunca ha hecho antes, y le da vergüenza hacerlo mal: pide que lo dejen a solas. Me parece hermosísima la secuencia. Uno de los temas eternos: morir bien y morir mal, qué diablos es eso, pero si en una novela es importante, decisivo, el final que le dé, en la vida ha de ser igual. El final cierra el ciclo y da sentido a lo demás, y, sin embargo, con los avances de la medicina, qué tristeza, qué poca dignidad en esos finales interminables, vidas prolongadas artificialmente, que tienen poco que ver con lo les ocurrió a esos individuos que las padecen cuando vivían su vida verdadera. Cuestión de estética y, como no puede ser de otra manera, cuando hablamos de estética, sobre todo cuestión de ética, Quo usque (sic, un error, pues aparecen los dos vocablos separados, cuando debieran ir juntos) tandem?”, escribí el relato que titulé “Todos los ángeles (s)alados somos”, que pronto verá la luz aquí.
Nota bene
Puede que Rafael Chirbes no recuerde, en el texto entrecomillado arriba, la famosa frase del discurso de Cicerón contra el político romano Lucio Sergio Catilina, que se presentó en el Senado, descubierta la conjuración, sino que haga referencia al título homónimo (coronado no por el signo final de interrogación, sino de admiración) de la obra de Jorge Oteiza, cuando dio por completada su obra escultórica, publicada en 1963, en torno a la estética vasca.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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