TODOS LOS ÁNGELES (S)ALADOS SOMOS
“Al amor lo pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”.
Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura de 1922.
Como ya habían pasado, según mi reloj de muñeca, siete minutos sobre la hora pactada (y Ángela era puntualísima), colegí que se había rajado y ya no vendría. Así que, opté por relajarme, porque había notado que llevaba más de media hora tenso. Casi me da un infarto cuando, inesperadamente, escuché sonar tres veces seguidas el timbre de la puerta de mi casa. Nada más abrirla y comprobar lo sospechado, que era ella (solo ella pulsa tres veces el timbre), le he preguntado:
—¿Estás nerviosa?
—Más que nervios, tengo vergüenza —ha contestado.
—¿Por qué?
—Porque ni tú, Fermín, ni yo somos expertos. En realidad, ningún ser humano lo ha sido, ni lo es, ni lo será, me temo; si ha acertado a la primera, ha dejado de ser avezado o ducho para siempre.
Y, tras este primer diálogo, nos hemos quedado mudos, sentados en el sofá, con la mirada perdida o vislumbrando “Las musarañas”, que así hemos dado en llamar al cuadro de la pared del fondo del salón o cuarto de estar, sin firma.
A alguien le parecerá mentira, pero, cuando he recobrado las riendas del presente, he recordado la primera vez que quedé con la primera novia que tuve en la capital maña para conocer nuestras respectivas desnudeces y nuestros ansiados y lubricados recovecos, pues la conversación de aquel debut o estreno fue similar a la que acababa de mantener con Ángela, con la que había acordado que nos suicidaríamos juntos, a la par. No digo la metodología que escogimos para que ninguna otra pareja nos copie la idea, pero, a pesar de la falta mutua de experiencia, ya nos sentimos ambos, Ángela y yo, Fermín, ángeles netos, (s)alados.
Como los dos sostenemos que la vida es un despropósito, un absurdo, el sinsentido va a cerrar el ciclo de nuestras existencias. No buscamos prosélitos. Nos conformamos con que no nos censuréis demasiado. Somos dos octogenarios en nuestro sano juicio.
Ángela y Fermín, dos agradecidos.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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