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Hace veinticinco años, ¿dónde estabas?

Ángel Sáez García 11 Sep 2026 - 14:00 CET
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HACE VEINTICINCO AÑOS, ¿DÓNDE ESTABAS?

DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO

Ayer, tras regresar del casino “La Fuerza”, donde, después de comer, tiene por costumbre tomarse un cortado (“con una sola gota de leche”, suele advertirle al camarero nuevo, ora sea o se sienta ella, él o no binario), y, si hay cerca de la mesa que ocupa algún político (sentado, a su vez, en una silla alrededor de otra) con cargo en el Congreso o el Senado, intentar sonsacarle alguna primicia, o sea, procurar que se suelte la mui y cuente (a ser posible, por extenso, con pelos y señales, esto es, detalles o pormenores) algo ignorado en la villa septentrional de Algaso, se pasó por el despacho mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, que es el que me surte, regularmente, de los asuntos más candentes en los diversos mentideros algasianos, desde que una enfermedad rara me tiene postrado (con la significación de debilitado o falto de vigor) en casa. Hechas las formalidades, expresados los saludos de rigor, me ha formulado la pregunta que encabeza estos renglones torcidos: “Hace veinticinco años, ¿dónde estabas?”; sí, un endecasílabo perfecto. No me ha interrogado qué hacía ni con quién, sino solamente dónde estaba. He colegido que su intención era una de dos, o quería pillarme o que me explayara a gusto.

Caí en la cuenta (no su anagrama, en la cuneta, como había escrito al principio) de que hoy era 11 de septiembre de 2026; así que no tuve que hacer un esfuerzo excesivo de memoria, porque, aun habiendo trascurrido la friolera de cinco lustros cabales del 11-S, la proverbial fecha, me acordaba perfectamente, como si hubiera ocurrido anteayer, de dónde estaba, en el cielo, pero no muerto, sino vivo. Ocupaba una cama de la UCI del Hospital “Reina Sofía” (HRS), de Tudela, donde permanecí, aproximadamente, veintitantas horas, un día largo. Bajé al quirófano a las ocho de la mañana y el equipo de cirujanos, encabezado por el doctor Alberdi, me extirpó dos cánceres (salí del quirófano con cuarenta y nueve centímetros menos de intestino grueso), uno, en el colon y, otro, cerca del recto. Cuando terminó, en lugar de subirme a la habitación, me llevaron a la UCI, donde evolucioné bien. Los seres angelicales que cuidaron allí de mí ayudaron a que experimentara una evidente mejoría.

Una colonoscopia que me habían realizado un mes antes en el Hospital Clínico Universitario “Lozano Blesa”, de Zaragoza, los había identificado o descubierto.

Siempre había escuchado (no solo en la casa de mis padres, donde era una cantilena o cantinela habitual, sino en más sitios), esa expresión que dice que “no hay mal que por bien no venga”. Bueno, pues, en el caso que acabo de rememorar se cumplió. A mi padre, Eusebio, le había operado el mismo cirujano, seis meses antes, en marzo del 2001, de cáncer de colon; y, tras coronar la intervención, nos reunió dicho galeno en una sala de la planta a los hijos, que estábamos esperando que culminara su trabajo, para hablar en la habitación del hospital de su paciente; nos recomendó encarecidamente que nos hiciéramos cuanto antes una colonoscopia, para confirmar o descartar que lo de nuestro progenitor era (o no) una poliposis familiar, hereditaria.

Este menda fue el primero al que se la hicieron, como he adelantado arriba, en el Clínico de la capital maña. Bajó conmigo a Zaragoza para acompañarme mi hermano Eusebio. El diagnóstico de la doctora que me la practicó fue aterrador: cáncer de colon. Subí en el tren a Tudela pensando que, como los cánceres se desarrollan más rápidamente en los jóvenes que en las personas mayores, tal vez me quedaba menos tiempo de vida que los dieciocho meses que el doctor Alberdi predijo o presagió que viviría nuestro padre, y no marró.

Al menos, el diagnóstico no fue tan malo, porque luego el examen anatomopatológico de la biopsia concluyó que se habían cogido a tiempo, en sus estados iniciales. A mí no me tuvieron que dar una sesión de quimioterapia ni de radioterapia. Ahora bien, como en cada una de las muchas colonoscopias posteriores (que me hicieron de seguimiento) me tenían que extirpar varios pólipos (ya que estos podían cancerar), el doctor Alberdi juzgó oportuno remitirme al servicio de coloproctología del Hospital “Virgen del Camino”, de Pamplona, donde su jefe, el doctor “Agua”, a quien llamé así por las iniciales de su nombre y apellidos, Héctor Ortiz Hurtado (HOH, H2O), a quien le debo seguir vivo, me recomendó una colectomía total y hacerme un reservorio con parte del intestino delgado. Al tiempo, procedió a hacerme la operación para ver cómo funcionaba el reservorio. Fue otro éxito, pero a la semana se produjo una dehiscencia y tuvieron que intervenirme urgentemente por una sepsis. Sentí una alegría desbordante al mostrarme agradecido de nuevo con el doctor “Agua”. Estuve más de un mes ingresado (diez de ellos en la UCI).

He dejado escrito arriba, negro sobre blanco (aunque antes lo fue azul sobre gualdo), que me hallaba en el cielo, porque la media docena de enfermeras que conocí allí, me cuidaron como si fueran ángeles; al menos, me hicieron sentir como si servidor hubiera estado, de manera provisional, en el tal. Llegué a pensar que alguna, en concreto, era una mera copia o sosias femenina del patrón de las y los enfermeros, san Camilo de Lelis.

Recuerdo que a la que me cuidó como si fuera su único hijo enfermo, como recomendó hacer el mencionado santo, que nació en Buquiánico (Bucchianico, provincia de Chieti, Italia) el 25 de mayo de 1550, que debía ser arcángel, le cité de memoria buena parte del capítulo primero de “Don Quijote” (de 1605, o sea, de la Primera Parte), que había hecho el esfuerzo de aprenderme de corrido. No descarto la posibilidad de que ayudara a tal ejercicio o menester memorístico alguno de los medicamentos prescritos por los doctores, que aguzó, afinó o afiló mi segunda potencia del alma a fin de que esta fuera fiel, fidedigna.

Así que, cuando el celador camero (que conducía mi cama, no camilla) me iba contando, por el laberinto de pasillos y ascensores por el que discurrió nuestra odisea hasta llegar a la habitación, lo que había ocurrido unas horas antes con las Torres Gemelas neoyorquinas, le dije que yo controlaba un montón; ergo, que no siguiera, por favor, con la patraña que me estaba narrando, porque yo estaba en mi sano juicio y cuanto me refería era, amén de ápodo, acéfalo. Me sucedió lo mismo que a santo Tomás, que tuvo que ver para creer.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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