¿NO SOMOS TÚ Y YO Y NUESTRA CIRCUNSTANCIA?
O SALE SANA Y SALVA O NAUFRAGAMOS
¿POR QUÉ RAZÓN EL TÁNDEM SE VA AL TRASTE?
Aunque abundan, entre los licenciados o graduados y doctores en filosofía (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios) a los que les he preguntado su opinión, quienes le achacan a José Ortega y Gasset, el mejor filósofo español del siglo pasado, la falta de sistema en su mirada sobre el asunto en cuestión, no faltan, entre los tales, quienes sostienen, ponderan y defienden que la frase proverbial, que ha devenido adagio, de su quehacer pensante, base y fundamento de su raciovitalismo, fue una certera epifanía o revelación: “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no la salvo yo”.
Está claro, cristalino, que el sexo es un factor crucial, determinante, una parte fundamental en cualquier pareja. De tal manera que, si uno de los miembros de la misma entiende que el número de coitos es anormal, por exceso o por defecto, o llega a un acuerdo para tenerlo fuera del dúo o matrimonio (con todas las garantías habidas y por haber), en el supuesto de que la pareja esté casada, o puede ocurrir que derive en una separación provisional que, si, transcurrido un tiempo prudente, no se arregla, toma el cariz o derrotero de definitiva y, por ende, convierte o deviene en divorcio.
Como en una pareja haya quien disfrute a tope de los ratos de cama (aunque el sexo se puede hacer en cualquier parte) y quien sufra sobremanera en cada uno de esos encuentros, ya tenemos en ese desajuste un lío de padre y muy señor mío, un problemón morrocotudo, no una bagatela o minucia. Si, tras consultar con un médico especialista, no se hallan defectos anatómicos que influyan, de manera decididamente negativa, a la hora de practicarlo, de esos roces o de la falta de ellos pueden saltar chispas.
Habrá lectores de estos renglones torcidos que se pregunten con razón: ¿Cómo es posible que discurra y/o diserte de sexo quien hace casi dos décadas y media que, salvo cuatro episodios excepcionales, cuatro, que se pueden contar con los dedos de una mano, no lo practica con fémina de carne y hueso de manera regular? ¿Una notoria no es contradicción? Aunque la primera pregunta no me la ha formulado nadie, salvo servidor, y de manera indirecta, me dispongo a responderla con sumo gusto: porque, que no lo tenga, no significa que no lea sobre el particular ni, tampoco, que no escuche con atención a quienes sí lo practican y les chifla perorar sobre el tema.
Recuerdo que, de crío, los sábados, a eso de la una del mediodía, solía acudir, sin falta, a la iglesia de Lourdes, en el tudelano barrio homónimo, si había boda. Si los invitados a la misma no se mostraban generosos con el enlace habido dentro de ella (o sea, no tiraban peladillas o caramelos o dinero, sí, pues este menda recuerda que, tras unos esponsales, inolvidables, logró coger del suelo tres duros, un dineral o fortunón entonces, porque a mí me daban de paga, a la sazón, los domingos uno solo, cinco pesetas), nosotros, la chavalería concentrada a la salida de los recién casados de la iglesia, gritábamos para abaldonar a estos y a aquellos esto: “¡Boda cagada, pues no echan nada!”. Bueno, pues, eso o tres cuartos de lo mismo acaece, mutatis mutandis, aquí y ahora, que, o las parejas echan los polvos que sean (para uno de los elementos de la pareja pueden ser muchos y para el otro pocos, o viceversa), o el matrimonio naufraga o se resquebraja con estruendo, porque el tándem se va a pique, al traste.
Nota bene
Reivindico la (esporádica, habitual, paulatina y/o progresiva; ruego encarecidamente a los lectores que tachen uno, dos, tres o los cuatro adjetivos propuestos, escritos sobre el papel, si en su ponderado parecer, huelgan o sobran, por impertinentes o improcedentes) irrupción del sexo en mi quehacer literario, como muestra de libertad creativa y compromiso incondicional con la realidad pura y dura.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home