EL HUMOR ES LA ADARGA QUE DEFIENDE
DE LA ANGUSTIA QUE TODA DUDA BLANDE
El humor es el mecanismo de defensa que disponemos y usamos los seres humanos para que la afilada angustia existencial, que nos sigue como si fuera nuestra propia sombra (o la sombra que proyecta nuestra sombra, aunque le pasa como a Dios, que pocos creen en ella, por la sencilla razón de peso de que esta, la segunda, como el Ser Supremo, Omnipotente y Omnisciente, es invisible), y que empuña la incertidumbre o la que guarda sus espaldas, si nos hace algo, sean cosquillas. Para hacer soportable, tolerante, nuestro frágil peregrinaje (somos un vaso de cristal, pero no de la marca Duralex; así que, a la primera caída, nos hacemos añicos o rompemos en mil pedazos) por el valle de lágrimas (algunas de ellas no fueron vertidas por haber sentido pena, sino por haber reído a carcajada tendida) que es nuestra existencia en el planeta azul, la Tierra, ser osados, atrevernos a pensar y a reírnos de las conjeturas que pergeñamos puede ayudarnos a ver que lo no terrible de la vida puede resultar maravilloso, que el rato que no sufrimos puede llenarlo de deleite la risa, que, como la brisa marina, si te encuentras a la vera de la costa, viene a mitigar algún grado el sofocante calor que nos depara el cambio climático y su corolario, el calentamiento global.
El humor no solo nos divierte (su gozo nos puede sacar del pozo de la depresión y la tristeza), sino que nos permite objetar dogmas (que devienen, tras la refutación, en “dogmenos”), relativizar experiencias, gratas e ingratas, y comprobar, si somos honestos, desde el punto de vista intelectual, que acarreamos más contradicciones con nosotros mismos que auténticas verdades apodícticas.
El humor ha sido, es y será la herramienta (y no invento ni miento cuando agrego lo que sigue) más útil de la que cabe echar mano el intelecto de cada quien para criticar la labor de los otros, o sea, decir lo bueno y lo malo de una obra y argumentarlo; la espada preparada para abatir de uno o varios mandobles, o “mantriples”, cualquier botón o muestra de dogmatismo o fanatismo, retoños de convicciones con más agujeros que un colador, y de prejuicios, que suelen acarrear su anagrama, perjuicios, sin cuento.
Y, como en el convento de Algaso sigue sin haber un hermano de orden que supere en perspicacia y dicacidad a fray Ejemplo, tomándolo como dechado a seguir, pondré uno:
ME HE AUTOIMPUESTO EL INICIO DE UNA CHARLA
Y ESTOS SON LOS RENGLONES QUE HE TRENZADO
Como todo bachiller español (ora sea o se sienta ella, él o no binario) sabe las canónicas reglas de ortografía, no ignora que se deben escribir con be todas las formas verbales de los que en su infinitivo terminan en la sílaba –bir (como concebir, percibir o recibir, y sus compuestos; excepto tres, hervir, servir y vivir, y sus compuestos). Como tampoco nadie con dos dedos de frente desconoce, la letra inicial de la voz victoria es la uve; y, asimismo, como solo vence quien salva, que también se escribe con uve, eso me ha llevado a rememorar la más célebre locución de José Ortega y Gasset, píldora o comprimido de su raciovitalismo: “yo soy yo y mi circunstancia; y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Como hemos constatado alguna vez que solo el que vence y se vence salva y se salva, eso me ha hecho recordar otra frase proverbial de Madre Teresa de Calcuta: “quien no vive para servir no sirve para vivir”; que es dicho con el que, en ciertas ocasiones, el grueso de ellas (el altruismo hay que promoverlo tanto en los demás como en uno mismo), estoy de acuerdo, pero no siempre, porque también discrepo. La vocación de servicio mal entendida, o sea, la esclavitud, el servilismo, la sumisión y el vasallaje no son propios de estos tiempos.
Me consta que el texto precedente exuda más seriedad que humor, pero me apostaría doble (café o caña) contra sencillo a que se ha sonreído varias veces el lector, mientras pasaba su vista concentrado en sus líneas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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