El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Los españoles el porqué sabemos

LOS ESPAÑOLES EL PORQUÉ SABEMOS

INCLUSO LO CONOCE ÁLEX GRIJELMO

El sábado 3 de octubre de 2026, en la página 10 del suplemento BABELIA de EL PAÍS, leí la columna rotulada “Mucho ático (tras dicho vocablo, hubiera colocado una coma) pero poco aticismo”, que llevaba la firma de su hacedor, Álex Grijelmo.

En el párrafo tercero (y también, por cierto, su anagrama, certero) de la citada LA PUNTA DE LA LENGUA, marbete bajo el que aparecen publicadas cada sábado las colaboraciones del susodicho autor en dicho cuadernillo, se lee, a propósito de la voz ‘ático’, al que en inglés se le llama penthouse, lo siguiente: “Una famosa revista erótica del Reino Unido se denominó precisamente Penthouse, para evocar el ático del varón soltero rico que llevaba allí a sus ligues. Eso se conoce en España como ‘picadero’, los españoles sabrán por qué”. Es una forma u opción de escribir lo ideado o pensado. Otra es la elegida por servidor, la que le sirve para titular este texto.

Cuando leí hasta aquí, me pregunté la razón por la que Grijelmo había optado por esa varilla del abanico abierto, por seguir ese derrotero. Estaba seguro de que el motivo descansaba, estaba, estribaba o radicaba en que se había autocensurado, pero seguí leyendo y, en el sexto parágrafo de su columna, advertí el quid: “Los oradores del Ática que solían actuar en los foros de Atenas mostraban una destacada elegancia, y por eso su estilo se denominó más tarde ‘aticismo’, palabra que sigue en vigor en español y que se lee habitualmente en los libros sobre el mundo grecorromano, y aun sobre la escritura actual. El aticismo se caracteriza —entonces y ahora— por huir de lo vulgar, por buscar la delicadeza y el buen gusto, la finura en el estilo; lo cual casi siempre lleva implícito el esmero en los argumentos”.

Si la libertad es el mayor bien que a los hombres nos legaron los dioses (esto es lo que dejó escrito en letras de molde Cervantes en el capítulo LVIII de la Segunda parte de El Quijote: “—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida (sin embargo, en esta parte del discurso cervantino, discrepo; y sigo el criterio que alega y recoge Jerome David Salinger del psiquiatra austriaco Wilhelm Stekel en ‘El guardián entre el centeno’, donde, como el hombre no tiene siete vidas, como las que proverbialmente se le adjudican al gato, sostiene el parecer de que ‘lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella’), y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”), es normal que, cada vez que me he autocensurado, eso me ha dejado un mal sabor de boca, y he procedido a subsanarlo y, por ende, a corregirme y tomar satisfacción, resarcirme o desquitarme. Son bastantes los casos que cumplen ese requisito en mis textos.

A renglón seguido, daré mi opinión sobre la razón de porqué llamamos al ‘picadero’ así, porque allí se cabalga. Picadero, en castellano, si acudimos a consultar dicha voz en el Diccionario de la lengua española, DLE, este la define, en sus dos primeras acepciones (ofrece cuatro más, seis) de esta guisa: “Lugar o sitio donde los picadores adiestran y trabajan los caballos y las personas aprenden a montar” y “Casa o apartamento que alguien dedica a sus encuentros eróticos de carácter privado”.

Este verano, en la terraza (donde se halla la piscina) del hotel Noelia, en el Puerto de la Cruz (Tenerife), donde estuve hospedado durante diez días, conocí y conversé, el primer sábado y domingo (la pileta se clausuró, porque había que proceder a quitar el césped artificial) con el socorrista, Elián (ignoro si él escribe así su nombre de pila o con ye, Elyán). Le recordé, porque él me confesó que era originario de Cuba, que, en un viaje en tren (volvía a Tudela tras haber acudido a Córdoba para apuntarme allí, en el Departamento de Educación, en la lista de profesores interinos que se acababa de abrir en dicha provincia —el estellés Javier Sanz, mi amigo y excompañero de piso y facultad en Zaragoza, me llamó por teléfono, de manera perentoria, para darme oportuna cuenta del hecho—), una pasajera, que era cubana y doctora de medicina, me confesó algunas de las muchas penalidades o tribulaciones que había tenido que sufrir, incluso la más penosa, que había ganado más dólares como jinetera que como médica en su país. Le pregunté, por desconocer el significado del término usado por ella, qué era eso de ‘jinetera’ y me contestó, pudorosa, ‘la que cabalga’. Comprendí, y le pedí perdón por haberle puesto en la tesitura de tener que revelarme lo que no quería, su esporádica (practicada de vez en cuando) u otra profesión.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído