Envidia de la Galicia que arde

Miren, a mí me da mucha envidia la Galicia que arde, todos esos bosques en llamas, todos esos pueblos rodeados por el fuego… (Mi programa semanal en Onda Cero Palencia) No, no se me molesten, no se me enfaden, soy consciente de que la ironía en la radio no se comprende bien. Solo quiero resaltar que en cambio, nosotros en Tierra de Campos no tenemos la más más mínima posibilidad de que se nos incendien los bosques, casi ni los pueblos. No quedan árboles que quemar ni, casi, pueblos que destruir. Si exceptuamos los árboles de ribera, allá donde pasan nuestros escasos y menguados ríos, y, si queremos hacer un exceso, si exceptuamos allá por donde pasa el canal de Castilla, no quedan árboles en la meseta. El exceso deforestador de siglos nos ha traído una tierra abandonada, inerte e inerme.

Salvo algunas de las montañas que bordean la meseta, algunas, insisto, o las laderas de los cerros, aprendices frustrados de montaña, Castilla es un páramo muy enfermo y muy necesitado de entrar en urgencias. Galicia, malditos los sinvergüenzas que la están arrasando, es una envidia que siempre tengo presente. O Cantabria, esa Cantabria que siempre había sido Castilla la Vieja hasta que llegó el mostacho vulgar, pueblerino y mezquino de Revilla.

No nos llueve porque no tenemos árboles y no tenemos árboles porque no nos llueve. Vivimos en un enorme desierto, hectáreas y hectáreas dedicadas al cultivo de cereal, digamos, para apenas mantener en pie unos pueblos cada vez más rechazados por sus propios habitantes, que se ven obligados a emigrar, pueblos cada vez con menos servicios que lógicamente cada año son más caros de mantener. Campos vacíos en los que a lo lejos puedes descubrir un tractor de horizonte a horizonte. Carreteras sin tráfico que hay que mantener. Carteros apenas sin cartas que hay que hacer llegar a su destino. Ambulatorios o centros médicos con cuatro enfermos que visitar, todos ancianos y a muchos kilómetros.
Y entre unos y otros, nada, la vaciedad, la planicie uniforme de la meseta, un secarral sin una sombra, sin agua, casi sin vida. Un desierto. Recuerdo haber escrito muchas veces sobre la grandeza, la majestuosidad, la magnificencia de nuestros horizontes. Su inmensidad. Pero también su vacío, sus carencias, sus necesidades inatendidas mientras nuestro cuidado y nuestro esmero corre en pos de los más afortunados y ricos pero también más bullangueros, alborotadores y… “protestadores”. Mejores defensores de lo suyo que nosotros de lo nuestro. Es cierto todo ello, es bella Castilla pero hace años que ha ardido toda sin que nadie le haya prestado atención, sin que nos hayamos rebelado, sin que nadie se haya percatado del ninguneo de nuestras instituciones, sin que nadie ponga remedio a la incapacidad para detener este lento goteo de muerte, esta agonía desesperanzadora. Parece como si los encargados del mantenimiento de este colosal e histórico inmueble no encontrasen jamás la solución y simplemente se dedicasen a entonar la oración de los desesperados: “Señor, que no se caiga mientras estoy yo de guardia”.

Urge reforestar España, sí, pero déjenme que quiera empezar por mi Castilla, por lo que me es más próximo, por esta tierra que parió a una España que se ha desentendido de ella. Urge reforestar Castilla, campos y riberas, llanuras y montañas, valles y cumbres. Urge dedicar nuestros presupuestos del presente a preparar el futuro. Dedicar el suficiente dinero a ello significa crear puestos de trabajo, fijar la población en su medio, evitar la emigración y contribuir a regenerar también el clima, fomentando las lluvias. Llenar, en el tiempo que sea razonable, el vacío de árboles, cambiar la imagen y el futuro, casi inexorable, de nuestros pueblos.

Es una inversión de futuro, no se trata de repoblar con plantas de rápido crecimiento, sino de tener paciencia y dedicarle a la naturaleza el tiempo que la naturaleza requiere. Arde Galicia porque puede y cuatro desgraciados lo han buscado. Aquí en Castilla, salvo contadas excepciones, no hay nada que pueda arder. Nada queda.

Sacamos las banderas a nuestros balcones por una causa justa, que nos une y nos moviliza; alzamos nuestras voces y nos enardecemos porque nuestra vocación es española y universalista, pero a nadie se le ocurre protestar por causas tan justas como la anterior pero más cercanas, más nuestras, que afectan directamente al futuro de nuestros pueblos, de nuestras gentes. Nos solidarizamos con lo lejano, bien está, pero nos olvidamos de lo propio. A lo mejor nos convenía pensar un poco también en nosotros, no vaya a ser que el edificio se venga abajo mientras estamos de guardia.

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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